La mañana siguiente llegó con un cielo despejado, que parecía prometer nuevas oportunidades. Ana abrió la ventana de su habitación en la pensión de Doña Clara, dejando que la brisa fresca le acariciara el rostro. La ciudad se despertaba lentamente, los murmullos de los transeúntes y el canto de los pájaros llenaban el aire. Sin embargo, en su pecho, había una inquietud que la empujaba a regresar al jardín, a desvelar los secretos que había comenzado a descubrir.
—Hoy será el día —se dijo a sí misma, mientras se vestía con un ligero vestido blanco que dejaba entrever su figura con una elegancia sencilla—. Hoy, Ana, te sumergirás en el misterio de Beatriz.
Al salir, el aroma del pan recién horneado inundó la pensión y la condujo a la cocina, donde Doña Clara estaba ocupada organizando el desayuno. La señora era un torbellino de calidez, y Ana no pudo evitar sonreír al verla.
—Buenos días, querida. Espero que estés lista para otro día en nuestra linda Villanueva —dijo Doña Clara, mientras colocaba un pan crujiente en la mesa.
—Buenos días, Doña Clara. Estoy emocionada por explorar el jardín de nuevo —respondió Ana, sirviéndose una taza de café humeante.
—Ah, ese jardín... Tiene historias que contar. Los ancianos del pueblo dicen que una vez fue un lugar de encuentros secretos entre amantes. —Doña Clara hizo una pausa, observando a Ana con una mezcla de afecto y curiosidad—. ¿Has encontrado algo interesante?
Ana dudó un momento, considerando si compartir su descubrimiento del diario. Finalmente, la curiosidad de la anciana era contagiosa.
—Encontré un diario, Doña Clara, uno que parece pertenecer a alguien llamado Beatriz. Sus palabras son profundamente conmovedoras.
Los ojos de Doña Clara se iluminaron con interés.
—Beatriz... —susurró, como si el nombre despertara recuerdos. —Esa era una mujer de gran pasión, pero su vida fue trágica. Se dice que amó intensamente, pero las circunstancias siempre se interpusieron.
Ana sintió un escalofrío. Cada palabra de Doña Clara resonaba con la historia que había comenzado a leer.
—¿Qué le ocurrió? —preguntó, tan intrigada que casi dejó de comer.
—Ah, cariño, esa es una historia que merece ser contada. La gente murmura que perdió a su gran amor en un trágico accidente. Desde entonces, su espíritu ha vagado por ese jardín, esperando tal vez una resolución o un encuentro.
Ese comentario encendió más la curiosidad de Ana, quien terminó su desayuno con una mezcla de emoción y ansiedad. ¡Necesitaba descubrir más!
Después de despedirse de Doña Clara, se dirigió al jardín. El lugar parecía aún más vibrante bajo el sol del mediodía, con flores que brillaban como joyas. Al entrar, sintió que el aire se volvía más denso, como si cada hoja y pétalo guardara un secreto.
Mientras caminaba por los senderos serpenteantes, los ecos de la conversación con Doña Clara la seguían. Se preguntaba qué había sido de Beatriz y su amor, y cómo su historia se entrelazaba con la suya.
De repente, escuchó pasos detrás de ella. Al darse la vuelta, se encontró nuevamente con Joaquín, que le sonreía. Su mirada era profunda y llena de misterio.
—Veo que has regresado al jardín —comentó él, con una voz suave y melodiosa.
—Sí, no pude resistirlo. Hay algo mágico aquí —respondió Ana, sintiendo que sus mejillas se sonrojaban.
Joaquín se acercó un poco más, y Ana pudo observar mejor sus rasgos: la mandíbula fuerte, el cabello oscuro levemente despeinado, y esos ojos que parecían conocer más de lo que dejaban ver.
—Este lugar está lleno de historias, pero también de recuerdos —dijo, mientras acariciaba una hoja de una planta cercano—. Muchos vienen aquí, pero pocos se atreven a escuchar y descubrir la verdad.
Ana sintió cómo su curiosidad se intensificaba.
—¿Qué sabes de la historia de Beatriz? Doña Clara me ha hablado de ella. Sus palabras eran tristes pero intrigantes.
En cuanto mencionó el nombre de Beatriz, Joaquín mostró una expresión de melancolía profunda.
—Beatriz fue una mujer valerosa, que luchó por su amor y por su libertad. Pero… el destino a menudo se burla de nuestros anhelos. —Hizo una pausa, observando a Ana con intensidad—. El jardín está más vivo de lo que parece, y a veces, los ecos de lo que ocurrió aquí pueden llegar a cambiar el presente.
Ana tragó saliva, sintiéndose como si un misterio la envolviera.
—¿Puedes contarme más? —preguntó, tratando de ocultar su creciente emoción.
Joaquín miró a su alrededor, como si esperara que alguien más estuviera escuchando.
—No es un lugar seguro para contarlo todo —respondió. Sin embargo, sus ojos brillaban con una chispa de emoción—. Pero si estás decidida a descubrir la verdad, puede que haya una manera.
Ana sintió que su corazón se aceleraba.
—Sí, estoy decidida. Quiero saberlo todo.
Joaquín sonrió, y en ese instante, Ana sintió que una conexión se formaba entre ellos, como si compartieran un secreto que les pertenecía solo a ellos.
—Bien —dijo en voz baja—. Mañana al amanecer, volveré. Habrá una reunión en el jardín, donde algunos de los viejos del pueblo contarán historias. Allí, podrás escuchar más sobre Beatriz.
La promesa de ese encuentro llenó de emoción a Ana, pero también una leve preocupación. ¿Qué más podría descubrir? ¿Estaba lista para enfrentarse a los fantasmas del pasado?
Mientras Joaquín se alejaba, Ana se quedó sola en el jardín, mirando cómo se desvanecía la luz del día. Las flores parecían silenciarse, como si el jardín también esperara la revelación de secretos antiguos. Regresó a la pensión con la mente llena de preguntas y el corazón latiendo con esperanza.
Esa noche, mientras leía nuevamente el diario de Beatriz, se dio cuenta de que ya no era solo un relato lejano; había pasado a ser parte de su propia búsqueda de identidad y amor. Cada palabra era más que un eco de la historia de otra persona, eran también sus deseos, sus anhelos y un reflejo de sus propios deseos no cumplidos.