El día de la ceremonia amaneció nublado, como si el cielo también compartiera el peso del momento. Ana se despertó temprano, sintiendo una mezcla de inquietud y determinación en su interior. En el fondo, sabía que esta ceremonia no sería solo un homenaje a Elena; sería también una prueba para Joaquín y un punto de inflexión en su relación.
Mientras se preparaba, la imagen de Joaquín le llegó a la mente. Era un hombre que había sufrido más de lo que muchos podrían entender. Ella quería ser su apoyo, pero también sentía un temor latente: el temor de que las sombras de su pasado pudieran arrastrarlo de vuelta a un lugar oscuro.
Descendió las escaleras de la pensión, donde Doña Clara la esperaba con una taza de té caliente.
—Buenos días, querida. ¿Estás lista para hoy? —preguntó la anciana con su habitual calidez, aunque su mirada era seria.
—Estoy... creo que sí. Joaquín está nervioso, pero quiero apoyarlo —respondió Ana, tomando un sorbo de té.
—Siempre es difícil enfrentar los recuerdos. —Doña Clara posó su mano sobre la de Ana—. Recuerda que las sombras no tienen que definirlos. A veces, es en la vulnerabilidad donde encontramos la verdadera fortaleza.
Ana sonrió agradecida, sintiendo que las palabras de Doña Clara la empujaban hacia adelante. Finalmente, tras prepararse con delicadeza y un vestido que hacía resaltar sus ojos, se dirigió al jardín, donde la ceremonia estaba a punto de comenzar.
Al llegar, el jardín parecía distinto; las flores estaban adornadas con cintas y velas, todo dispuesto para honrar la memoria de Elena. El ambiente era solemne, pero había un aire de paz. Los amigos y familiares comenzaron a llegar, cada uno con una expresión de tristeza y esperanza en sus rostros.
Entre la multitud, Ana divió a Joaquín, que hablaba con Miguel. Estaba vestido con una camisa blanca y pantalones oscuros; su mirada estaba fija en el suelo, como si cargara el mundo sobre sus hombros. Ana sintió un nudo en el estómago al verlo tan distante.
Se acercó a él, sintiendo que cada paso que daba podía ser el que lo ayudara a sanar o el que lo empujara de regreso al dolor.
—Hola, Joaquín —dijo, tratando de sonreír.
Él levantó la vista, su semblante se suavizó un poco al verla.
—Hola, Ana. Gracias por estar aquí —respondió, su voz un susurro.
Los asistentes comenzaron a congregarse alrededor de la fuente, donde se habían preparado flores blancas, velas y una pequeña altar con fotos de Elena. Cuando comenzó la ceremonia, la atmósfera se volvió más intensa. Un anciano del pueblo, amigo de la familia, se acercó al altar y, con voz profunda, comenzó a hablar sobre la vida de Elena, sus sueños y la luz que había traído a todos.
Ana se sintió conmovida por las historias que fluían, sombras y luces entrelazadas, riendo y llorando, recordando lo que era amar a Elena. Mientras escuchaba, su corazón se llenaba de tristeza, pero también de admiración por la forma en que compartían el amor que había perdurado incluso después de la pérdida.
Joaquín estaba a su lado, su mirada fija en el altar, con una expresión de melancolía.
—Esto es más difícil de lo que pensé —dijo en voz baja, lo que hizo que Ana se volviera hacia él.
—Lo sé. Pero recuerda que también es una celebración de lo que vivieron juntos. Es una oportunidad para honrar su memoria y dejarla ir si es necesario.
Joaquín respiró hondo, y Ana sintió que su corazón se apretaba ante la difícil batalla que libraba.
—No sé si estoy listo para dejarla ir —dijo, casi en un susurro—. Aún me siento atrapado.
Ana tomó su mano, con la esperanza de infundirle valentía.
—Estamos aquí juntos. Puedes buscar la paz y atesorar sus recuerdos al mismo tiempo. Te mereces eso —dijo, su voz llena de sinceridad.
La ceremonia continuó, y los testimonios de amigos y familiares resonaron en el aire, y cada historia parecía sumar un nuevo ladrillo a la estructura emocional que llevaban en sus corazones.
Finalmente, llegó el momento de hacer las ofrendas. Las flores blancas y las velas eran símbolos de amor y recuerdo, y cada asistente se acercó al altar para ofrecer su homenaje. Ana sintió una mezcla de respeto y tristeza mientras observaba a los asistentes dejar sus ramos en el altar, las lágrimas brillando en sus ojos.
Cuando fue su turno, Joaquín la animó a pasar primero. Ella se acercó al altar, conteniendo el aliento. Al ver la foto de Elena, sintió que esas miradas la atravesaban, no con reproche, sino con un entendimiento mutuo.
—Te honro por el amor que compartiste con Joaquín. Y lo que vivió mientras estuviste a su lado. Espero que encuentren la paz que tanto han buscado. —Colocó su rama de flores blancas sobre la mesa y sintió cómo se desbordaba su compasión.
Cuando regresó al lado de Joaquín, él la miró con gratitud.
—Eres increíble, Ana. No sé cómo agradecerte por estar aquí para mí —dijo con sinceridad.
Ana sonrió, sintiendo una calidez crecer en su interior.
—Te lo prometí. No estoy aquí para deshacerte del pasado, sino para ayudarte a enfrentar lo que viene.
Joaquín se acercó a ella y, por un momento, el mundo a su alrededor se desvaneció.
—Ahora es mi turno —dijo, apretando su mano nuevamente con firmeza.
Ana lo observó mientras se acercaba al altar, su expresión sujeta entre la determinación y la vulnerabilidad. Cuando llegó al altar, Joaquín se detuvo, mirando la foto de Elena, y empezó a hablar en voz alta.
—Elena, siempre estarás en mi corazón. Te agradezco por cada momento que compartimos, por tu amor y tu luz. Pero hoy, estoy listo para avanzar. No te olvido, pero quiero permitirme vivir y buscar la felicidad que me enseñaste a encontrar.
El eco de sus palabras resonó en el jardín, y Ana sintió que el ambiente se volvía más ligero, como si las sombras comenzaran a disiparse. Joaquín dejó caer su ramo de flores y, al hacerlo, su expresión se tornó más tranquila, como si un nuevo acuerdo se hubiera articulado en el aire.