Los días posteriores a la ceremonia en honor a Elena transcurrieron envueltos en una nueva serenidad. Ana y Joaquín habían creado un espacio en su vida donde el pasado y el presente podían coexistir, y habían comenzado a explorar su conexión de una manera más abierta.
A medida que se acercaba el fin de semana, el aire en Villanueva se sentía tenso, cargado de promesas y expectativas. Ana había comenzado a trabajar en una pequeña galería de arte local y la invitación a participar en una exposición la tenía entusiasmada. Sin embargo, un pequeño nudo de ansiedad también habitaba su estómago; su obra era personal y cualquiera que la viera podría adivinar mucho sobre ella.
Esa mañana, mientras organizaba algunas de sus piezas en un rincón de la galería, Joaquín llegó, sus ojos brillaban como si portara consigo una alegría inusual.
—¡Ana! ¡No vas a creer lo que descubrí! —exclamó él, acercándose con un pequeño rollo de papel en las manos.
Intrigada, Ana dejó de trabajar y se volvió hacia él, llenándose de curiosidad.
—¿Qué es eso? —preguntó, sintiendo que la emoción en su voz era contagiosa.
—Encontré un antiguo mapa del jardín, uno que perteneció a Beatriz. Dibuja un lugar que nunca hemos explorado. Es en una zona algo más alejada —explicó, desenrollando el mapa con cuidado—. Se dice que hay un "jardín secreto", un área que Beatriz solía visitar para soñar y reflexionar.
Los ojos de Ana se iluminaron con la idea de una nueva aventura.
—¿Un jardín secreto? ¡Suena increíble! —dijo entusiasmada, sintiendo una oleada de emoción ante la posibilidad de descubrir más sobre la historia de Beatriz.
—Exactamente. Y creo que deberíamos ir juntos. Quizás encontramos algo que nos ayude a entenderla mejor, y tal vez también algo sobre nosotros mismos —dijo Joaquín, su voz llena de un genuino deseo de explorar juntos.
Ana sintió que su corazón latía con fuerza ante la idea de descubrir un rincón tan íntimo del jardín.
—Sí, ¡vamos! —respondió, su sonrisa amplia reflejando su entusiasmo.
Se dirigieron a la zona del jardín indicadas en el mapa. A medida que avanzaban, el camino se volvía más angosto, cubierto por las sombras de los árboles. Joaquín la guiaba con confianza, mostrándole lo que había aprendido sobre el jardín y animándola a reflexionar sobre la conexión entre ambas historias.
Pasaron unos minutos, llenos de risas y observaciones, hasta que finalmente llegaron a la entrada del área secreta. Un arco de enredaderas y flores silvestres daba la bienvenida a lo que parecía una pequeña cueva verde, un respiro en la densidad del jardín.
Cuando cruzaron el umbral, un silencio envolvente los recibió. El lugar estaba lleno de una paz casi palpable, y el sonido del agua fluyendo de una pequeña fuente apenas audible.
—Wow... —susurró Ana, mirando a su alrededor maravillada. Las flores eran más vibrantes, como si el tiempo se hubiera detenido. Cada rincón parecía contar una historia.
—Beatriz solía venir aquí para escapar. —Joaquín se acercó a la fuente, su voz solía reverberarse suavemente—. Creo que necesitaba un lugar donde los sueños pudieran florecer y donde podía ser libre.
Ana se sintió atraída por el rincón de la fuente, observando cómo el agua caía suavemente en un pequeño estanque rodeado de piedras y flores. Era un lugar donde la naturaleza parecía haberse detenido para rendir homenaje a la vida y los sueños.
—Siento como si Beatriz estuviera aquí, con nosotros —dijo Ana, sintiendo la conexión tan profunda que el lugar les ofrecía.
Joaquín sonrió, pero Ana también notó que había una sombra en su mirada.
—Es un lugar hermoso, y también es un recordatorio de lo frágil que es la vida. Algunos sueños no se cumplen. —Su voz se tornó grave, como si conformara una verdad que había estado haciendo frente.
Ana se acercó a él, poniendo una mano en su brazo.
—Joaquín, todos enfrentamos pérdidas, pero esos sueños también nos enseñan a vivir. Beatriz vivió, amó y soñó, y eso forma parte de ti.
Los ojos de Joaquín se iluminaron con su sinceridad, y por un momento, el peso de su pasado pareció elevarse un poco.
—Es verdad. —Asintió lentamente—. Quizás este jardín secreto tiene algo más que revelarnos.
Se sentaron juntos junto a la fuente, disfrutando de la paz que los rodeaba. Ana sintió que su corazón latía con fuerza por la cercanía de Joaquín, y por la promesa de este descubrimiento.
—Si Beatriz estaba aquí, seguramente dejó algo más que sueños —dijo Ana, su voz suave—. Quizás hay una respuesta a lo que estamos buscando.
Al mirar con atención, notaron que había un pequeño cofre de madera desgastada, semioculto entre las raíces de un gran árbol al borde del estanque. Ana sintió que la emoción la invadía mientras se acercaban al cofre.
—¿Qué es eso? —preguntó Joaquín, sorprendido.
Ana y Joaquín intercambiaron miradas llenas de emoción y curiosidad.
—Deberíamos abrirlo —dijo Ana, sintiendo que este era un paso importante.
Con manos temblorosas, Joaquín se agachó y levantó el cofre. Al abrirlo con cuidado, el chirrido de la madera resonó como un eco antiguo. Dentro, encontraron cartas y recuerdos cuidadosamente guardados: fotos de Beatriz y Mateo, flores secas de un verano lejano, y un diario desgastado que parecía estar lleno de secretos.
—Esto es increíble —susurró Joaquín, observando los objetos con asombro.
Ana comenzó a hojear el diario, y mientras leía, su corazón comenzó a acelerarse. La escritura de Beatriz revelaba sus pensamientos más íntimos —sus sueños, sus miedos, y las reflexiones sobre el amor que había sentido por Mateo.
Con cada palabra, Ana sentía que el pasado cobraba vida, y su conexión con Joaquín se volvió aún más fuerte.
—Mira esto —dijo Joaquín, señalando una página donde Beatriz hablaba sobre el momento en que sintió que su amor podía superar cualquier obstáculo—. Su fe en el amor es asombrosa, incluso cuando las circunstancias eran adversas.