La tarde había caído sobre el jardín, y los últimos rayos de sol abrazaban las flores con un matiz dorado. Ana y Joaquín se sentaron en una gruesa manta de hojas secas, rodeados por el silencio acogedor del lugar que habían descubierto. Aún sostenían el diario de Beatriz, sus páginas llenas de sus anhelos y temores, como si fueran las ventanas a un alma que había sido triste pero también profundamente amable.
Ana lo hojeaba con atención, dejando que las palabras la llevaran a un mundo donde el amor y la pérdida bailaban en una fragilidad difícil de expresar.
—Mira esto —dijo Joaquín, señalando un pasaje en la página donde Beatriz había escrito sobre un sueño en el que recorría el jardín a la luz de la luna con Mateo, sintiendo que nada podría interponerse entre ellos.
—Ella realmente creía que el amor podía superar cualquier obstáculo —respondió Ana, sintiendo que su corazón palpitaba a un ritmo más profundo.
—Sí, y a veces, esa fe es lo que necesitamos. —Joaquín se reclinó hacia atrás, su tono ligero, pero sus ojos delataban una verdad más profunda. —Tal vez deberíamos aprender a soñar y a mantener esas esperanzas vivas incluso cuando parece que todo está en contra nuestro.
Ana lo miró, sintiendo cómo esos pensamientos resonaban en ella. Se preguntó si realmente estaban dispuestos a adoptar ese mismo enfoque, a soñar nuevamente incluso cuando el pasado seguía presente.
Tomó una de las cartas de Beatriz, sintiendo una extraña conexión con lo escrito.
—¿Qué crees que le habría gustado a Beatriz saber sobre nosotros? —preguntó Ana, alineando las palabras con su voz.
Joaquín sonrió, y esa chispa ilumino su rostro.
—Apuesto a que le encantaría saber que su historia aún vive en nosotros, que nos inspiran a sanar de nuestros propios dolores y a arriesgarnos a amar… y a vivir.
Ana sintió cómo sus emociones se agolpaban. Un vistazo a la vida de Beatriz ilustraba perfectamente sus propios temores y deseos, y en ese momento, la conexión con Joaquín parecía fortalecer esa percepción. Su voz ya no era un eco de angustia, sino un eco de esperanza.
Pasaron un rato explorando los recuerdos de Beatriz, hasta que una inquietud comenzó a atormentar la mente de Ana. “¿Y si el amor real se escapaba tan fácilmente?”, la pregunta resonaba en el fondo de su conciencia.
—Joaquín... —dijo, dando un suspiro profundo—. A veces siento que, incluso con todo lo que hemos compartido, algo me detiene de entregarme al todo.
Joaquín la miró con preocupación, su expresión cambiando de alegría a seriedad.
—Ana, si hay algo más que te preocupa, deberías decírmelo. Quiero que sepas que estoy aquí para ti, sea lo que sea.
Ella desvió la mirada, sintiendo el peso de la vulnerabilidad ante la sinceridad de Joaquín.
—Es que... el miedo a perderme de nuevo. A no ser suficiente. Ya he experimentado esa pérdida, y aunque ahora siento que puedo abrirme, tal vez no esté lista para dar el siguiente paso.
Joaquín se acercó más, sus ojos llenos de empatía.
—El amor se define por el riesgo, Ana. Puede que haya caídas, pero también hay elecciones que valen la pena. Ya hemos comenzado este viaje. Y no tienes que llevar este peso sola.
Ana sintió que las lágrimas comenzaban a formarse, y a su vez, una oleada de gratitud. Joel había logrado penetrar más allá de sus muros, invitándola a abrazar la vulnerabilidad.
—Cómo consigues que me sienta tan segura… —susurró, sintiendo que su corazón latía con intensidad y que toda su historia estaba a punto de desbordarse.
—Porque estoy contigo —respondió Joaquín, tomando suavemente su mano—. Revivimos nuestras historias, y solo entonces podemos ponernos de pie y forjar una nueva.
Las palabras de Joaquín resonaron con Ana como un eco cargado de promesa. Al contemplarlo, se dio cuenta de que había un vínculo que los unía, algo más profundo que sus propios miedos. Era una conexión que podía florecer en el tiempo, incluso en medio de las sombras.
En un acto de valentía, se inclinó hacia él, buscándolo con mirada decidida.
—Entonces, prometamos enfrentar nuestro futuro juntos. Que cada paso que demos, será un paso hacia lo desconocido, pero juntos.
Joaquín la miró a los ojos, el brillo en su mirada creciente.
—Lo prometo.
Ana sonrió, sintiendo que la confianza había forjado un nuevo inicio entre ellos. Respiró hondo, sintiendo la emoción contrastada entre la angustia y el alivio.
Al borde de la fuente, la luz del día se filtraba a través de las hojas, proyectando sombras danzantes que parecían estar danzando en celebración. Ana y Joaquín, entrelazados en ese espacio sagrado y lleno de historia, supieron que su viaje apenas comenzaba.
Mientras el sol comenzaba a ocultarse, prometieron descubrir juntos no solo más sobre Beatriz, sino también sobre sí mismos. Estaban decididos a crear su propio lienzo, donde cada veredicto de amor y desamor contribuiría al paisaje que estaban dibujando juntos.
La tarde se desvaneció, pero el calor de sus promesas seguía viviendo en el aire, y Ana sintió como si el jardín les otorgara un nuevo comienzo, uno que iba más allá de las sombras, lleno de luz, pasión y una historia que estaba ansiosa por contar.