Amores y Desamores: El Jardín de los Secretos

Capítulo 15: La Noche de la Exposición

La noche de la exposición llegó con una mezcla de emoción y nerviosismo. Los estantes de la galería estaban decorados con las obras de Ana, cada una resonando con su esencia, su lucha, y su renovación personal. Las luces suaves creaban un ambiente cálido, pintando las paredes con tonos de oro y carmesí, mientras el aroma a flores frescas llenaba el aire.

Ana caminó de un lado a otro, revisando cada detalle. Mientras preparaba el espacio, su corazón latía con fuerza. Era un gran momento, no solo para ella, sino también para su conexión con Joaquín. Esperaba que esta noche no solo celebrara su arte, sino también el nuevo camino que estaban forjando juntos.

—Ana, ¡todo se ve espectacular! —exclamó Miguel, el entusiasmo en su voz reverberando en la galería mientras se movía de un lado a otro, colocando algunas decoraciones.

—Gracias, Miguel. Lo he estado esperando durante semanas. Quiero que todos vean lo que he estado creando —respondió, sintiendo una mezcla de orgullo y ansiedad.

Miguel se detuvo, volviendo a mirar sus obras con admiración.

—Tus pinturas cuentan historias. Cuentan la historia de tu viaje y todo lo que has dejado atrás, y eso es poderoso. No puedo esperar a ver cómo reacciona la gente —dijo, honestamente.

Justo en ese momento, Joaquín entró en la galería, su presencia iluminando el espacio. La camiseta blanca que llevaba parecía resplandecer bajo las luces, y su sonrisa tenía el poder de calmar la tormenta de nervios que se arremolinaba en el pecho de Ana.

—¿Cómo va todo? —preguntó, acercándose a ella con un gesto de confianza.

—¡Es emocionante, pero también un poco abrumador! —respondió Ana, sintiendo que el deseo de compartir este momento con él crecía—. Pero tenerte aquí significa mucho.

Joaquín la miró a los ojos, y en ese instante, Ana sintió que sus miedos se desvanecían.

—Estás lista para brillar. No importa lo que suceda esta noche, lo importante es que tú has puesto tu corazón en esto. —Dijo, sosteniendo su mirada con intensidad.

Ana sonrió, sintiendo que el apoyo de Joaquín irradiaba confianza en sus venas.

—Gracias, Joaquín. Tu apoyo me ha dado fuerzas para enfrentar mis inseguridades. —dijo, sintiendo que cada duda empezaba a desmoronarse.

A medida que la noche avanzaba y los invitados comenzaban a llegar, la galería se llenó de risa y conversaciones sobre arte. Ana presentaba sus obras, disfrutando de cada comentario, cada rayo de entusiasmo. Su corazón latía con fuerza, no solo por el reconocimiento que recibía, sino también por la emoción palpable entre ella y Joaquín.

Un grupo de personas se detuvo frente a una obra que representaba el viaje emocional de Ana: un paisaje en el que se entrelazaban colores oscuros y vibrantes que representaban sus luchas y triunfos.

—Esta pieza es impresionante. Muestra mucha profundidad —dijo una mujer de cabello rizado, observando cada matiz por un momento.

—Sí, se siente como una experiencia emocional completa. ¿Cómo te inspiraste para crearla? —preguntó un hombre mayor, con una mirada de admiración.

Ana sintió que la pasión fluía en sus venas.

—Quería capturar la lucha interna entre el dolor y la esperanza, y cómo, de alguna manera, ambos pueden coexistir —respondió, sintiendo que cada palabra resonaba con fuerza.

La conversación fluyó, y la multitud comenzó a aumentar. Joaquín se movía entre el grupo, sonriéndoles a todos mientras se sentía orgulloso de la mujer que tenía junto a él. La noche se volvió mágica, cada palabra y cada expresión avivando el amor y la conexión que compartían.

Pero no todo era perfecto. Mientras Ana disfrutaba del ambiente, de repente sintió una presión en el pecho, y su mirada fue atraída hacia la entrada. Allí estaba Javier. La figura familiar trajo consigo una oleada de recuerdos —los buenos y los que había tratado de dejar atrás.

Ana sintió su corazón latir más rápido, atormentada por la incertidumbre. ¿Qué estaba haciendo él allí?

Joaquín notó su incomodidad y se acercó a ella, captando el cambio en su respiración.

—¿Qué sucede? —preguntó él, su voz llena de preocupación.

Ana tragó saliva, sintiéndose expuesta.

—Javier está aquí —murmuró, señalando hacia la entrada donde Javier observaba, cargando una mirada paternal.

Joaquín miró en dirección a la puerta y sintió una ola de protección al surgir en él.

—¿Te sientes cómoda? ¿Quieres que lo confronte? —preguntó, su instinto defensivo en plena vigencia.

—No. Quiero hablar con él, pero necesito tu apoyo —respondió Ana, sintiendo que aquel momento sería decisivo para cerrar una puerta que aún le pesaba en su corazón.

Con un gesto de complicidad, Joaquín asintió.

—Estoy contigo —dijo, entrelazando sus dedos con los de Ana.

Juntos, se acercaron a Javier. Ana sintió que el estómago se le revolvía, cada paso le traía tanto miedo como valentía. Cuando llegaron a su lado, Javier sonrió, pero Ana pudo ver la tensión en su rostro.

—Hola, Ana. Te ves increíble —dijo él, su voz suave pero con un tono de nostalgia.

—Gracias, Javier. Estoy emocionada por esta exposición —respondió Ana, intentando mantener la calma mientras la angustia la invadía.

Javier se volvió hacia Joaquín, evaluando la situación.

—Así que, ¿este es el nuevo… interés? —dijo con una sonrisa burlona aunque forzada.

Ana sintió que el aire se volvía pesado. Era el momento de dejar las cosas claras.

—Sí, Joaquín es importante para mí. Y quería que supieras que estoy aquí para celebrar lo que he construido, y he aprendido de mis experiencias. —Ana respiró hondo, sintiendo que los recuerdos se transformaban en una mera anécdota del pasado.

Javier abrió la boca para contestar, pero las palabras parecían atraparse en su garganta. Hubo un destello de dolor en sus ojos, pero rápidamente lo ocultó tras una fachada de indiferencia.

—Quería disculparme por cómo terminaron las cosas. Me equivoqué. Espero que encuentres lo que buscas, Ana.




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