Amores y Desamores: El Jardín de los Secretos

Capítulo 35: El Rastro del Pasado

La tarde del festival de primavera se transformó rápidamente en un torbellino de risas, juegos y celebraciones. Ana y Joaquín se unieron a Iñigo y otros amigos en una serie de actividades que iban desde carreras de sacos hasta competiciones de pintura en vivo. La energía en el aire era eléctrica, y Ana sentía que cada momento compartido era un hilo que tejía un vínculo más fuerte entre ella y Joaquín.

Sin embargo, entre todo el bullicio y la diversión, Ana no podía evitar el eco de su conversación anterior. Había un pequeño espacio en su corazón que aún se sentía inquieto, un rastro de lo que había sido y lo que aún necesitaba cerrar.

Mientras el grupo participaba en una divertida batalla de globos de agua, Ana observó a Joaquín, que lanzaba risas y alegría por doquier, sintiendo que cada mirada llena de admiración que él le ofrecía hacía que su corazón se acelerara. Era un símbolo claro de su crecimiento; ella sabía que debía permitir que la luz de lo que compartían ahora borrara las sombras del pasado.

—¡Ana, ven aquí, necesitamos más soldados en esta batalla! —gritó Iñigo mientras se preparaba para lanzar un globo hacia un grupo rival. Ana sonrió, dejando que la diversión la llevara.

Ella corrió hacia el grupo, dejando escapar risas y sintiendo la adrenalina fluir por sus venas. En medio de la hilaridad, la distracción la envolvió, pero había una parte de ella que susurraba que el momento de compartir sus temas restantes estaba gravitando hacia un nuevo encuentro.

La tarde se volvió animada, los globos estallaban en chorros de agua, y las sonrisas se multiplicaban; sin embargo, había un momento en que, mientras todos reían, Ana se dio cuenta de que mucho había quedado por aclarar y abrir un nuevo capítulo. El eco de Javier parecía más presente a medida que los retazos de su pasado se desdibujaban entre la alegría.

Finalmente, cuando el evento se calmó y el sol comenzaba a declinar, las risas comenzaron a disminuir. Joaquín se acercó a Ana, notando que su energía había cambiado.

—¿Todo bien? Pareces un poco distraída —dijo Joaquín, lleno de interés.

Ana sintió que el momento había llegado.

—Sí, sí. Contigo, todo está perfecto... pero creo que tengo que hablar de algo que realmente necesito enfrentar —respondió, sintiendo que su voz se encogía.

—¿Te refieres a Javier? —preguntó Joaquín, su ojo entrenado en su rostro, mostrando una profunda comprensión.

Ana asintió, sintiendo que sus antiguos recuerdos se movían.

—Me he dado cuenta de que, aunque estoy aquí, en este momento, siento que aún hay parte de mí atado a la confusión de esa relación —murmuró, sintiendo que su corazón se encogía—. El festival fue maravilloso, pero también me ha hecho reflexionar sobre hacia dónde me dirijo ahora.

Joaquín, manteniendo su mano, la miró con empatía.

—Tómate tu tiempo. Estoy aquí, y no tienes que cargar con esto sola. Hablar puede ser poderoso. —dijo, su voz sana y segura.

Ana sintió que una conexión profunda se formaba entre ellos, permitiéndole abrirse de manera segura.

—La verdad es que he pensado mucho sobre esa promesa que le hice a Javier, la que simbolizaba el amor que teníamos. No quiero que eso me frene —admitió, con los ojos llenos de pesar.

Joaquín le apretó la mano.

—Te has enfrentado a él y has empezado a solidificar tu amor por mí. Deja que eso sea lo que te motive. Esa promesa no tiene que ser una cadena —dijo, reafirmando su deseo de ayudar a Ana a sanar.

Ana sintió una oleada de gratitud al escuchar sus palabras, pero todavía había algo que anhelaba soltar.

—La realidad es que la última vez que hablé con Javier, se despidió como un eco que me persigue. Tal vez necesito escribir una carta para expresarlo, un acto de liberación final —sugirió, como si la idea empezara a tomar forma.

—Eso suena como algo que podrías hacer. Una manera de enlazar lo que hay entre ustedes y, finalmente, dejarlo ir —asintió Joaquín, su tono firme.

El ambiente del jardín se sentía cargado de posibilidades. Ana decidió que sería el paso exacto que marcaría un giro decisivo en su historia personal.

Cuando se sentaron bajo el roble, Ana se sintió tranquila, con la determinación invadiéndola. Mientras comenzaba a dibujar palabras en su mente, Joaquín la miró con ternura.

—No hay prisa. Escribe lo que necesites y cuando lo tengas claro, estaré aquí para protegerlo —le dijo, sólido como una roca.

Mientras el sol continuaba ocultándose y el cielo se tornaba de un color anaranjado intenso, Ana sintió que la tranquilidad la envolvía. Las estrellas comenzaban a despuntar, y en el aire había una mezcla de esperanza y emoción.

—Esto es solo un capítulo más en nuestro viaje. La promesa de crecimiento y amor sigue viva —declaró Ana, sabiendo que cada paso que daba era un acto de valentía.

Con la decisión de escribir, Ana se despidió del jardín por un momento. A medida que se retiraba, sintió que las estrellas le sonreían desde el cielo, recordándole que el amor y la verdad están intrínsecamente entrelazados y que las promesas no son lo que atrapaban, sino lo que liberaba.

Joaquín la acompañó, su presencia calmada haciéndola sentir segura. Mientras caminaban juntos hacia el futuro, sabían que el eco del cambio nunca se desvanecería, y la transformación sería el camino hacia una nueva vida llena de posibilidades compartidas.




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