Anabella Luccini y la Espada de la justicia 2.0

1

Llevaba un tiempo teniendo una Visión. Se sentó sobre la cama, retirando las sábanas del cuerpo. Pasó una mano sobre la cara. Dio un resoplido frustrado. Miró la esquina izquierda. Ahí estaba la espada. Tenía la sospecha que Aurora, su abuela, se la entregó por una razón. Nadie más había aparecido por los portales para darle noticias sobre la flecha del Silencio o Zaria. Esto la tenía preocupada y distraída. La relación con su padre había mejorado.

Miró la hora en el celular. Era temprano, alrededor de las seis y siete minutos. Escuchó pasos por el pasillo. Era él. Estaba listo para ir al trabajo. Bajó de la cama y abrió la puerta. Se detuvo, se miraron. Tenía un traje de color gris petróleo y una corbata perfectamente anudada.

—¡Me asustaste!—Se quejó Víctor.—¿Otra vez, no puedes dormir por esas…pesadillas?

—Visiones, papá. Es así.

—Todavía, no lo entiendo muy bien.—Se disculpó Víctor.

La joven le dio un beso en la mejilla, despidiéndose. Se dirigió hacia las escaleras, se frenó al comienzo de éstas y giró, mirando a Anabella.

—Sabes que si necesitas ir a ese lugar tienes que dejarme una…

—Una nota en la puerta de la heladera.— terminó ella.

—Bueno, ¿quién sabe lo que te puede pasar?—Se defendió Víctor sobre su preocupación durante estos días.

Anabella había llegado al mundo de los Estirados. Las cosas eran diferentes desde su punto de vista. Las amistades se distanciaron. La familia se preocupó por su ausencia. Su padre la aceptó y respeto la decisión final de Anabella, acerca de vivir en Nitania ejerciendo como Mensajera.

Sí, las cosas fueron distintas. No todos eran fiables. Eso lo descubrió con la traición de Zaria Hondas, la guardiana que escapó con la flecha del Silencio. Y, también, entendió la importancia de la lealtad en la persona quien menos te prefiere como amigo, es decir, Alex Riggs ¡En paz descanse!

Anabella no podía ver ningún aura de tranquilidad en su padre. Él estaba esforzándose. Aceptaba el lugar que le pertenecía a ella. En el fondo, quería evitar alejarla.

—Te quiero.—dijo Víctor, al fin.—Eres mi valiente niña.

—Lo sé, papá. Gracias, te amo.

—También, te amo, Ana.

Él se fue.

No sabía de dónde sacaba las fuerzas para seguir hacia adelante. Quería detenerse. Respirar. En la otra persona en quien confiaba era Kith. Esa conexión era el símbolo de la importancia de ser valorada por quién era y cómo era. No dejaba de pensar en él. Además de la Visión que indicaba que su camino recién empezaba, ¿qué le esperaba más adelante? Su mente lograba atraerla al misterio y lo desconocido. Aún por conocer.

Volvió a su dormitorio. Descorrió las cortinas. El amanecer comenzaba a llegar a la ciudad. Buscó su ropa. Tenía una remera negra de una banda británica. La favorita de su madre. Mientras iba vistiéndose, sintió un aura fuerte y marcada en el cuarto. Era la primera vez que percibía algo así, de la misma forma que la otra arma celestial, la flecha del Silencio. Era la espada.

Emitía una vibración para comunicarse con Anabella. Dedujo que tenía una conciencia propia como la otra arma celestial. La magia de los ángeles. Sin dudarlo, respondió al llamado. Levantó la espada. Un temblor recorrió toda su mano. Volvió a dejarla en su lugar. Sintió una adrenalina, de aquellas que se sienten al pelear en una gran guerra. Entonces, supo que podría ser una espada de un arcángel.

Giró para agarrar su teléfono, cayó una carta con un sello de cera dorada. Era de la Orden de Mensajeros. Rompió la apertura con cuidado. Recordó que la potestad de la ciudad del Edén mencionó que estaban esperándola hacía tiempo. Era la nueva generación en las Pruebas de los Elegidos coordinada por la Orden. La carta le daba la bienvenida como participante. Continuó leyendo.

Estaba entusiasmada por entrenar entre los mejores maestros de diferentes disciplinas y poderes únicos. Le gustaría que su mamá estuviera aquí, podrían celebrarlo. En realidad, imaginaba todas las posibilidades de esos momentos que Elena no estaba. La idea de crear escenarios hipotéticos ayudaba a sentirla más cerca de su madre.

Tras llegar la tarde, el sol descendía y la luna ya marcaba su protagonismo en una fría noche de agosto. Víctor volvió a casa. Tuvo un mal día. Anabella lo recibió. Tomó el saco y la mochila, dejándolos en la mesa del salón. Su padre no esperaba la actitud atenta y emocionada de su hija. Sabía que algo pasaba. Se sentaron sobre el sillón con las luces encendidas del living.

—¿Qué pasa, Anabella?

—Tengo una carta de la Orden de Mensajeros ¡Soy una Elegida!—contestó.—¡Llegó!

—¿Estaba en el buzón de casa? No la vi.

—No, los portales dimensionales permiten la entrega de paquetes.

—Y, las visitas de la gente de Nitania. Lo entiendo.—asintió el hombre, se quitó los zapatos y aflojó el nudo de la corbata. —Me da miedo que estés tan lejos.

—Lo sé. Así son las cosas y quiero hacerlo.—Dándole un abrazo.—Te amo, papá. No voy a dejarte, vendré a visitarte en cuanto todo esté en orden.

—Decidiste vivir en Nitania, ¿no?

—Sí, me quedaré luego de los entrenamientos. Y empezaré los trámites de traslado y los cambios en el mundo de los Estirados.

—Está bien. Voy a extrañarte.—Dijo con una mueca de tristeza.—¿Cuándo son esas pruebas?

—Empiezan pronto. Quizás una semana para prepararme.—Le mostró la carta de los Elegidos. Víctor la leyó.

Su relación era inigualable a cualquier otra relación de padre e hija. No quería decepcionarlo.

—Eres mi única hija. Quiero verte bien y que triunfes en la vida. Si eres feliz, eso es suficiente, porque sé que estoy haciendo las cosas bien.

—Todo está bien. No tengas miedo.

—¿Cómo no hacerlo, Anabella? —dijo.—Fuiste importante para que toda mi vida y yo mejoré cuando te vi nacer.—expresó entre lágrimas. —Ah, quiero contarte algo que no sabes. Siento que es el momento de decirlo.

—Claro, ¿qué es?—Dijo Anabella tomando la mano de su padre.




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