Anabella entrenaba todos los días. De niña, su madre le enseñó artes marciales, preparándola desde temprana edad. Elena sabía del destino de su hija. Los reflejos habían mejorado muchísimo, al igual que las reacciones. No sabía cómo conectarse con sí misma, es como si algo interfiera en su interior.
—Vino Kith.—Le dijo Víctor.
Se dirigió hacia al salón. Kith Osk estaba observando los retratos de la familia Luccini y los trofeos de Anabella en hockey sobre césped. Seguía cubriendo su rostro con esa larga capucha y su atuendo negro de la Orden de Mensajeros; los símbolos representados en color tornasol al ser tocados por un haz de luz. Anabella se acercó hacia él. Tocó su hombro. Giró. Los ojos negros de Kith se fijaron en ella, sonrió. La joven lo abrazó con fuerza.
—Pensé que no volvería a verte.—dijo Anabella con añoranza.
—¡Obvio! ¡Soy extrañable! —bromeo Kith, se separaron y rieron.
Se sentaron sobre el sillón de cuero marrón, con una manta que Anabella usaba para maratonear con las series de televisión. Su padre le trajo un café caliente a Kith, los dejó a solas.
—Quiero contarte algo que decidí.—empezó Anabella con una sonrisa. Nunca se sintió tan cómoda con un chico. Muchos la habían tratado mal, desvaloralizándola como persona y mujer.
—Claro, ¿qué pasa?
—Voy a mudarme a Nitania.
—¿Estás segura? ¿Qué pasa con tu papá? ¿El mundo de los Estirados?
—Tranquilo, primero debo aprobar las Pruebas de los Elegidos.—dijo ella, sin darse cuenta, estaba demasiado cerca de Kith. Se corrió hacia el otro lado, manteniendo una distancia amistosa. —¿Y, tenés noticias sobre ella?—Soltó Anabella.
—No tenemos indicios de su paradero. Su poder tiene la posibilidad de borrar su rastro y de otras personas.
—Sí, lo olvidaba.
—Ni los Lobos de Grishland pueden hallarla. Zaria es inteligente.
—Pero, todos cometemos errores, ¿no?
—Dejaré que te despidas de tu padre.
Anabella entró en la cocina. Su padre se puso de pie y se acercó. Tomó sus manos apretándolas con cariño. Hizo un mohín de tristeza, observando los hermosos ojos de hija. Recordó la intensidad de la mirada de Elena.
—No vas a arrepentirte ahora, ¿no?
—No, papá.—respondió, con una sonrisa de nostalgia.— Las cosas van a cambiar, en cualquier momento.
—Mudarse no es fácil, menos a una dimensión que desconozco.—repuso Víctor.—Solo espero tener noticias tuyas, nada más. Es lo que deseo.
—Lo haré.
Las Visiones y las Pruebas de los Elegidos eran los verdaderos motivos por los que la joven comenzase a vivir en el mundo mágico. Víctor miró a su hija. Apretó los labios, decidiendo ser claro.
—Salva a todos los que lo merecen. Cumple todas las reglas. Sé obediente, aprende a observar y analizar antes de meterte en líos.—Le aconsejó. Soltó una lágrima de emoción. —Eres una gran mujer y eso fue alegría poder verte crecer. Ahora te irás pero no te olvides de tu viejo padre, ¡Qué tengas un buen viaje! ¡Te quiero mucho!
—¡También, te quiero mucho!
Se dieron un último abrazo. Víctor no quiso soltarla, impidiendo que su hija cruzara aquel portal para siempre. Sentía ese dolor, nuevamente. Estaba seguro que Anabella estaba en el camino correcto, pero no era seguro. La soltó, siendo consciente que no podía detener el destino. No quería ser ese tipo de persona. Ella miró a su padre llorar después de mucho tiempo. Le dolía ver esa mirada de tristeza. Fueron muchos años de secretos, escondiendo la verdad a través de Elena. Respiró hondo, miró al Mensajero.
—¡Buen viaje!—dijo Víctor.
Ella buscó su equipaje y colocó la espada en la vaina del cinturón. Se acercó a Kith.
—¿Preparada?—preguntó él.
—Vamos.
Sin mirar hacia atrás, cruzaron el portal.
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Editado: 20.09.2026