Anabella Luccini y la Espada de la justicia 2.0

4

Anabella cayó de pie por primera vez, junto a Kith. Levantó la cabeza, encontrándose con un bosque donde había una comunidad. Se escuchaban voces y risas de niños jugando por ahí. Entraron a la ciudad; colinas, caminos serpenteantes y muchas diagonales. Era un sitio amplio alrededor de un inmenso bosque lleno de viejos árboles. Más allá se veían las praderas y una ruta próxima.

—¡Bienvenida a Doroas!.—dijo Kith.

Un trasgo se cruzó con una carreta que llevaba leña. Se frenaron a tiempo para no chocar con él. Se fijó que unas mujeres la observaban con desaprobación, junto a la tienda de leñas y carbones. Anabella olvidó esa reacción de Nitania ante su presencia, siendo ella la responsable de perder la flecha del Silencio.

Se acercaron a un hombre de estatura baja, de cuerpo fuerte quien vestía el uniforme de vigilancia. Bufó al mirar a Anabella.

—La Estirada que se nombra mucho por los lares.—observó de forma despectiva. Se cruzó de brazos.—¿En qué puedo servirles?

—Necesito caballos. Le pagaré por ambos.

—Bueno, Mensajero, será un costo un poco más elevado debido a la Estirada.

—¿Está seguro de querer ser imprudente?—inquirió Kith, empezando a ponerse de mal humor.—Haga lo que le pido. Tenga para el comerciante. Usted, quédese con el resto.—Le dijo con el ceño fruncido, soltando una bolsa de tela, llena de gemas azules.

—Tendré sus caballos.—dijo con desgano.

Cruzaron la plaza central. Había cinco diagonales, quizás más. Anabella vio a unas jóvenes mujeres, de la misma edad que ella, sosteniendo una enorme vasija de agua caliente. Detrás, había un trasgo alto y panzón que estaba nervioso por las hadas temía perdieran fuerza. Pasaron junto a ellos.

La calle iba subiendo por una colina de tonos anaranjados, con algunos nuevos helechos creciendo en las esquinas de las casas.

Entraron a un pasaje, tuvieron que separarse debido al estrecho camino. Se frenaron delante de una casa de piedras negras y macetas decorando la fachada sobre los alfeizares de las ventanas. Estaba alejada del centro. Anabella notó que alguien estaba observándolos desde una habitación. Alzó su cabeza hacia el primer piso. Vio a una chica y la saludo con la mano. Fueron recibidos por María. Ingresaron.

—¿Quieren té?—dijo la mujer.

—Claro que sí—contestó el Mensajero.

—¡Thea, baja, ahora mismo! —gritó y se retiró a la cocina.

Las paredes estaban empapeladas de tonos amarillos y anaranjados de tipo vintage. Se olía a pan horneado y el perfume natural de las plantas de la sala de estar. Descubrió los retratos de la familia. En uno, reconoció a su madre acompañada de un hada de piel mateada y ojos saltones. María trajo una bandeja con dos tazas de té. También, unas galletas. La colocó sobre la mesa ratona. Luego, se sentó en su sofá, cerca de la chimenea. Su piel color miel brillaba con la luz del fuego, calentando el ambiente. Tenía unas líneas negras dibujadas en sus brazos terminando en las muñecas. Eran sus alas plegadas.

—Escuché algunos rumores que fuiste en busca de Elena y trajiste a su hija, ¡Ah, no me imagino el dolor que sintió Aurora!—dijo María, dirigiéndose hacia el Mensajero.

—Sí, todos estamos sorprendidos de su muerte.—Se lamentó Kith.

Anabella agachó la cabeza, observando el té. Sus manos temblaban de nervios y nostalgia. Apareció Thea, tenía veinte años. Su cabello le llegaba a los hombros, ondulado y dócil, de un color café oscuro. Su piel era pálida, con alas plegadas sobre sus brazos. El Mensajero se incorporó y se acercó para saludarla con un abrazo cálido.

—Thea, ¿cómo estás?—dijo él, separándose.

—Hola, Kith. Estoy nerviosa por salir de Doroas.

—Estarás bien, lo prometo. Será divertido.—alentó con unos mimos sobre sus hombros.— Te quiero presentar a tu compañera.

Anabella dejó la taza sobre el mueble. Se puso de pie. Ambas se estrecharon las manos. Thea hizo una mueca tímida. Era más bonita de cerca. Tenía ojos expresivos, dulces y de un tono único, como el rubí. También una cantidad de pecas sobre la nariz y los pómulos.

—Soy Anabella Luccini.

—Soy Dorothea Carson. Pero, prefiero que me llamen Thea.




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