En el establo prepararon los equipajes. Anabella se acercó al Mensajero. Él miraba el mapa recordando la ruta hacia el campamento. Había sido suspendido luego de perder la flecha del Silencio. Le prohibieron realizar actividades de la Orden. Tampoco utilizar los polvos dimensionales para llegar rápidamente al lugar donde se harían las Pruebas de los Elegidos. Ella tocó su brazo y sintió un cosquilleo en los dedos.
—¿Cómo conociste a las Carson?—preguntó.
— Fue hace dos años, su tía desapareció en la guerra.
—¿Y sus padres?
—Veré si podemos irnos de una vez—respondió para evadir a la joven Estirada. Pegó media vuelta.
Thea se acercó, estudiando las expresiones de Anabella. El hada sonrió, tocando su hombro. Había notado algo en la forma que la Estirada miraba a Kith; le gustaba. Thea dio un suspiro, alzó su cabeza hacia el cielo, observando gran claridad. Estaba completamente despejado y el sol daba calor al otoño.
—No será fácil—dijo Thea.
—¿A qué te refieres?—preguntó Anabella.
—Él lleva mucho tiempo sin enamorarse. Ojalá puedas ablandar el corazón frío de un nefilim.
—¡Ah, eso! La verdad que no pretendo hacerlo aún.—dijo. No entendía cómo logro descubrirlo tan rápido. —Además, no son tiempos para el amor.
—El amor no espera; se mete de golpe y sin avisar.
—Yo quiero concentrarme en las pruebas.—terció Anabella, agachando la cabeza.
Los caballos estaban listos. Anabella se acercó a la yegua y dio un impulso para montarla. Kith convocó al caballo de niebla. Felius apareció entre las sombras del lugar, acercándose a su dueño. Se subió. El caballo de Thea tenía los alimentos, linternas y lo que necesitaban para un viaje de dos días. Estaban listos. Se dirigieron hacia la salida de Doroas. Las praderas se elevaban a un par de kilómetros, se mezclaban con el horizonte azul. La gran claridad de la mitad de la mañana favorecía el viaje.
—¿Estás nerviosa por las Pruebas, Anabella?—preguntó su compañera.
—Bastante.
—También lo estoy. Es la primera vez que salgo de mi ciudad.—mencionó, giró su cabeza—Debió ser difícil ser exiliado del Infierno siendo tan joven. Digo, por Kith.
—No creo que Kith se arrepienta de ello. Parece feliz con la vida que consiguió fuera de ese lugar oscuro y ruidoso. Mi madre se escondió de Nitania por muchos años. Siento que Kith debe entender más que yo esa decisión.
—Tienes razón, Anabella. ¿Cuántos nitanianos están disfrazados de Estirados?—mencionó con una pregunta capciosa.
Dejaron atrás el bosque de Doroas. Enfrente de ellos, estaba el río, que unía a los tres reinos; Valle Holos, Axia y Doroas. Los rápidos chocaban contra las rocas, corrían bajo el puente que debían cruzar. Al otro lado, comenzaba el bosque Oclus. Se dirigieron hacia el puente.
—El bosque Oclus es peligroso. Estén atentas a cualquier cosa.—advirtió Kith. Ellas se miraron preocupadas.— No se desvíen, aunque estén tentadas a hacerlo. Hay una maldición muy poderosa desde la guerra.
—¿Cómo? —preguntó Thea.
—Serán víctimas de las ilusiones del bosque.—respondió.—Se alimenta de sus mayores deseos.
En tanto se acercaban, podían oírse murmullos. El hada se frenó, estaba escuchando lo que deseaba sin antes entrar. Anabella percibía un gran poder oscuro. Se mantuvo cerca de Thea.
—No es real.— Le dijo Anabella.
—Es la canción de mi abuela…
—No es ella. No puedes volverte presa de la magia.
—Su voz...
—Tú, eres más fuerte que ellas.—insistió la joven. Thea asintió en un murmullo débil.
El Mensajero se frenó delante de la entrada, había unas plantas marchitas y quebradas. No eran los primeros en cruzar Oclus. Las chicas respiraron profundo. Ingresaron.
La oscuridad los envolvió. Las ramas crecieron, tapando la entrada. No había salida. El bosque sintió sus presencias y no dejaría que escapen. Anabella miró a su compañera concentrada en los precavidos pasos de Kith. Una rama creció de repente y la golpeó, dejando un rasguño en su mejilla. Soltó un insulto.
—El bosque tiene vida. No se distraigan.—dijo Kith con calma.— Deben seguirme sin importar nada.
—¿Qué cosas sí podemos hacer?—Se quejó Anabella, tocando su mejilla.
—Pueden hablar, respirar y estornudar.—respondió divertido. Thea se rió.
La joven notó que las auras claras de sus compañeros de viaje desaparecieron. La magia negra corrompía todas las almas, llevándolas a la locura hasta que la vida peligre. Tenía los genes nitanianos y su don no serviría en este lugar. Kith encabezaba el camino pequeño y su caballo de niebla desprendía un brillo púrpura. Repelía los poderes del bosque dado había nacido de la oscuridad.
—¿Qué tan lejos está el campamento?—preguntó Anabella.
—Estamos a quince horas. Haremos una parada en una aldea.—respondió—No tenemos otro lugar donde no seamos expuestos.
—¿Expuestos…?—repitió Anabella.—¿Será que no quieres cruzarte con Lucas?
—No es él. Me preocupan los hechiceros nocturnos y la posibilidad que las secuestren.—explicó. Anabella y Thea se miraron con desconfianza. El muchacho comenzó a reírse.— Era una broma.
—Tenes un humor raro.—dijo Thea ofendida.
Una gran raíz creció, atrapando las patas del caballo de Thea provocando que perdiera el equilibrio. Cayeron. El Mensajero se frenó. Pegó media vuelta y se dirigió hacia el hada. De repente, unas enormes ramas crecieron y enredaron el cuerpo de Thea arrastrándola a gran velocidad fuera del camino. Los gritos dejaron confundidos a Anabella y Kith. El hada continuó gritando, pidiendo ayuda.
El cielo se volvió aún más negro, empezó a tronar. Escuchaban a Thea ser arrastrada hacia el interior del maldito bosque.
—Espera acá. No me sigas ni te muevas de donde estás.—ordenó el Mensajero rápidamente.
—Pero…
—¡Hazme caso!
—De acuerdo.
Kith se adentró.
Se quedó quieta. No había nada que no estuviese bajo la oscuridad, como si fuese que la noche apareciera de pronto y todo quedará apagado. Los gritos de Thea se oían más lejos. Anabella miró en todas direcciones. Estaba muy nerviosa y asustada. Sujetó las riendas de su yegua con mucha fuerza. Mordió su labio. No le gustaba esperar. Levantó la mirada, el caballo de Thea estaba cerca de ella. Lentamente, extendió la mano intentando conseguir las cuerdas de éste. Lo atrapó, acercándolo y ató las riendas con las suyas. Los caballos estaban bien.
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Editado: 20.09.2026