Anabella Luccini y la Espada de la justicia 2.0

6

Chimoas, la aldea de los elfos y refugiados. Junto a la ruta había campos de maíz. Los caballos debían estar cansados y hambrientos. La yegua la nombró Lina, Anabella se encariñó de ella. Además, estaba pensando en Thea, ojalá el Mensajero haya logrado salvarla. Tenía sus pensamientos saltando de un tema a otro, cuando notó unos pasos fuertes en el sendero. Vio a dos personas cabalgando en los pichones de pelajes grises y negros, con aquellos grandes ojos saltones. Eran tan veloces que cortaron la distancia hacia ella. Reconoció a Lucas Bell y otro joven. Se acercaron. Ella se detuvo. Quería saber que tramaba su hermano ahora.

—Volviste, forastera.—saludó con un tono entre divertido e irónico.—Nadie puede resistirse a la magia y el encanto de Nitania; a diferencia de tu mundo, debe ser un lugar muy descuidado.

—Tendrías que acostumbrarte, Lucas, porque voy a mudarme aquí.

—Dudó que puedas adaptarte a nuestras tierras. Sigues siendo una Estirada.

—Ahora que nos vemos, creo que tienes algo que no es tuyo.—soltó Anabella, bajando de la yegua de un salto y se cruzó de brazos. Le sonrió con astucia.—Si recuerdo bien, se trataba de una joya de la Orden de Mensajeros; algo que le dicen Llamador, ¿aún no lo vendiste?

Su hermano entendió la estrategia. Dio un paso hacia Anabella, con un dedo señaló la espada. Producía un brillo debajo de los rayos del sol, captando el interés de Lucas. Anabella lo notó. Tuvo una idea.

—Esa espada le pertenece a los Trivok, ¿verdad? ¿Cómo es posible que tú la tengas?—cuestionó. Anabella apoyó una mano sobre la empuñadura, manteniéndola lejos de las manos rápidas de él.—No me equivoco. Soy muy bueno recordando las cosas.

—Sí, Lucas. Es una espada—Le respondió con un tono divertido.—¿Entonces, qué te parece un trato?

—¿Estás segura? Sabes que ya perdiste una vez.—Le recordó su hermano.—Quiero la espada de arqueros, a cambio del Llamador de Kith.

—Lo haremos a mi manera. Te desafío a un duelo, Lucas.—propuso ella.— Quien gane, se queda con la espada de los Trivok y el Llamador.

—Acepto. Será fácil.

Él desenvainó la espada. La longitud superaba el arma de Anabella. Lucas desconocía el poder de la espada; una verdadera ventaja para vencerlo. Notó que el arma pertenecía a las tropas de la familia Mercury. Se colocaron en posición.

—Bueno, esto será divertido, Anabella.

—Y, justo, también.

Su hermano lanzó el primer movimiento sobre la cabeza de ella que rápidamente se agachó y evitó la maniobra artera. Anabella aprovechó a moverse en círculos. Blandían las espadas entre choques y desvíos. Ninguno se daba por vencido. Ambos eran muy buenos. La espada de ella produjo un resplandor, creando una distracción en él que cubrió su cara. Anabella aprovechó para vencerlo, sin embargo Lucas sacó una larga cadena, una segunda arma, arrojándola contra ella. La lastimó en la mano que sostenía la espada, no la soltó. Soportó el dolor. Anabella sintió la vibración. La propia voluntad del arma se dirigió hacia Lucas, dándole un golpe preciso. El muchacho se sorprendió por la destreza de combate de su hermana. Él dejó de humillarse frente a su amigo, y rendirse. Ella era una guerrera nata.

—¡Bien, tú, ganas! —gruñó Lucas. Su amigo no paraba de reírse.—¿Quién te entrenó así? No me digas que los Estirados, porque esos movimientos para decidir un golpe no lo vi en ningún otro lado.

—Elena.—respondió, hundiéndose de hombros.—Quiero el Llamador de Kith.

—La mujer que me abandonó.—comentó el joven, quitándose el collar del Mensajero del cuello y ella lo tomó, colocándoselo.— ¿Qué tienes que ver con mi familia? ¿Quién eres, en realidad?

—Soy tu hermana, del mismo padre y madre.

—¿Qué? ¿Cómo?

—Mamá estaba embarazada cuando se fue de Nitania. De unos pocos meses, no se notaba mucho.—Le explicó.— Somos hermanos de sangre. Soy Estirada de corazón, mis genes y mi sangre son de Nitania.

—No, yo no tengo hermanos. Estás equivocada.

—Aurora me confesó nuestra unión de sangre.—agregó Anabella, cogiendo las riendas de sus caballos.—Eres mi hermano, Lucas. Lamento que nuestra madre haya tomado una decisión como esa.

—¿Estás segura que esa anciana no te mintió?

—Ella quiso recuperar a mamá, pero me encontraron a mí.

Anabella se subió a la yegua, retomando el sendero hacia Chimoas. Lucas quedó derrotado por una Estirada de corazón. Ella observó el mapa mágico. No solo ganó un reto, sino que venció la arrogancia del ladrón.

No estaba segura que hubiese hecho bien en desafiar a Lucas, porque podría haber perdido todo. No fue de sus peores ideas. Por suerte, todo resultó bien. Elena les enseñó todos los trucos, movimientos y predecir a su rival.

La espada fue la que lideró una pelea justa y digna. Comenzó a comprender la propia voluntad del arma que cargaba en su cintura. Era mucho más que un objeto de pelea, era una compañera, que sentía y la protegía. Solo le restaba saber a quién le perteneció.




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