Anabella Luccini y la Espada de la justicia 2.0

7

Ingresó a la zona del mapa mágico. Había antorchas de fuego azul iluminando la entrada. A unos pocos metros, vio el cartel de madera; Chimoas. Apareció un elfo de veinte años, la estaba esperando.

—¿Eres Anabella?—Le preguntó con precaución. Ella movió su cabeza con afirmación.

—Soy compañera de Thea Carson y Kith Osk.

— Me ocuparé de los caballos.

—Gracias.—dijo, desmontando de Lina. Entregándolos al muchacho.

La acompaño hasta la cabaña. Chimoas se ubicaba al Este entre las rutas hacia la Ciudad Capital y Doroas. Anabella tomó unas prendas limpias y zapatillas antes que el elfo se fuera con los caballos y todo lo demás.

—Descansa, Anabella Luccini.—Se despidió él.

—Gracias por esperarme.

El muchacho hizo una reverencia y se fue. Entró. Las tenues luces de las lámparas de aceite iluminaban el interior de un color anaranjado, realzando todos los tonos de madera con la cual estaba construida la residencia. Kith estaba dormido sobre el sillón. Estuvo esperándola. Anabella cerró la puerta y dejó las cosas sobre el otro sofá. Tocó el hombro del Mensajero. Incluso dormido, era más sereno y despreocupado. Se sonrojó, sin dejar de contemplarlo. Recordó lo que Thea le dijo en Doroas, que Kith hace mucho tiempo no está con alguien ¿Podrían amarse ante todo lo que estaba en juego en Nitania?

—Kith, despierta ¡Arriba!—interrumpió, zarandeándolo del brazo.

—¿Qué pasa? ¿Estás bien?—Soltó el muchacho, sobresaltándose. La miró con una ceja alzada.—Tú, tienes un modo de asustarme muy bruto.

El Mensajero se acomodó.

—Llegaste bien, ¡Eso es increíble!

—¿Ves? Te preocupas demasiado por mí.

—Tengo mis razones para hacerlo, Anabella.

—Porque, soy la hija de Elena Trivok.—dijo con ironía, hundiéndose de hombros.

—No es por eso. Es que…—vaciló. Ella alzó una ceja esperando que acabe su frase, en cambio, Kith se puso de pie.—Te preparé una sopa de pollo.

—Está bien.

Se dirigieron hacia la cocina estaba separada del salón con un arco tallado. El Mensajero deslizó sus dedos sobre las lámparas sobre la mesa. Se encendieron. Anabella se sentó a la isla de la cocina. El muchacho tocó el recipiente de comida produciendo calor desde su mano hacia la cacerola. Poco después, le sirvió el plato a la Estirada y se sentó a su lado.

—¿Tuviste problemas en el camino?—preguntó Kith.

—Me crucé a Lucas. Mejor dicho, a mi hermano mayor.

—¿Qué paso? ¿Se llevó algo?

Anabella le contó lo ocurrido, incluyendo el hecho de liberar al bosque Oclus de la maldición por muchos años. Kith se sentía desconcertado. Tenía una expresión diferente, observando a la joven Estirada, incrédulo de sus hazañas. Le costaba imaginarse a una chica común y corriente, que hace unos meses estaba asustada por un zombi; ahora, su corazón se volvió inteligente y valiente.

—La espada te corresponde, Anabella.—repuso él.

—¿Por qué?

—No es cualquier arma. Posees una reliquia de los ángeles.

—Lo estás suponiendo. No estás seguro, ¿verdad?

—Solo tengo una teoría de la magia que soltó en el bosque.—aclaró. Kith recogió el cuenco vacío de ella, se puso de pie.—Veré que puedo averiguar.

—Si quieres, puedo hacerte un dibujo de ella. La conozco muy bien.—propuso la joven. Él estuvo de acuerdo.

Kith tomó un pergamino y una pluma mágica de un mueble de la cabaña. Ella dibujó la espada con detalles y las inscripciones en otro lenguaje. Era muy buena, por algo estaba estudiando arquitectura, siendo excelente en sus diseños de estructuras y otros bocetos de su niñez. Terminó. Le entregó la hoja al muchacho, la guardó. Anabella aprovechó el momento para quitarse el Llamador. El Mensajero volvió a sentarse, tomando su collar. Estaba intacto. No tenía daños ni percibía otro tipo magia en la joya. El precio de aquella era invaluable a comparación de otros objetos con tal significado de riqueza para los rateros.

—¿Cómo…?

—No me creerías.

—Es que… —balbuceo. Se inclinó hacia ella.—Gracias, Anabella—logró decir. Kith se colocó el collar.— Puedes dormir en la misma habitación donde esta Thea, ¿te parece bien?

—Claro. Quiero verla.

—Descansa, Anabella.

Se durmió. Una nueva Visión apareció, se trataba de un bosque con una gran sequía, cargado de un aura oscura. No solo le preocupaba ese desconocido lugar mostrándose por primera vez, sino la oscuridad y el peligro que representaba en sus sueños.




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