Anabella Luccini y la Espada de la justicia 2.0

8

Al día siguiente, el doctor Lieff se acercó a la cabaña para entregarles unas pociones. La examinó, comprobando que la herida había sanado, pero aun así los dolores físicos la perjudicaban el viaje. Ante ello, el elfo preparó dos dosis del brebaje. Anabella ayudó al hada a vestirse, después de una ducha y tomar el desayuno, estaban listos para continuar. Thea tenía el espíritu dispuesto a completar las pruebas de los Elegidos.

—Anabella—llamó tocando el hombro.

Recordó su Visión, casi materializándose en ella. El desenfoque de la realidad recreaba los escenarios de aquel bosque dañado. No podía ver más allá que la presencia de energía oscura. Se sentía atrapada. Giró hacia Thea. Su compañera se preocupó por el cambio repentino de la joven Estirada.

—¿Qué pasa?—preguntó el hada.

—No es nada.—dijo.

—Está bien. Sabes que puedes contarme lo que quieras.

—Vamos.

Se dirigieron hacia la puerta.

—Tuviste más suerte que yo en aquel bosque maldito—dijo Thea con una risa irónica.

—Podría no haber salido viva de ahí, la verdad.—mencionó Anabella, caminando fuera de la cabaña.

—¡Eres una futura gran Mensajera, Anabella Luccini!

—¡Ah, solo tuve un poco de suerte! Tengo mucho que aprender, y mucha frustración que manejar en las Pruebas de los Elegidos.

—Tienes razón.—coincidió. Ella tampoco se sentía preparada para enfrentarse a algo mucho más poderoso que el bosque Oclus.

Vieron a Kith entregando una carta al correo mágico. Era una ranura violeta con destellos plateados que tragó la carta y se cerró inmediatamente. Anabella frunció el ceño extrañada. El Mensajero giró. Ella cogió la espada, y en el instante de tomarla, su mano quedó aferrada a la empuñadura liberando una luz plateada alrededor de ella. Fue transportada a otro lugar. Más bien, a su conciencia.

Era un clima seco y árido, razón por cual la vegetación no tenía forma de recuperarse. Era la nueva Visión. Esta vez, podía estar presente con su conciencia y percibir mejor el lugar. Los árboles grandes, con sus ramas gruesas abriéndose en todas las direcciones. El suelo estaba agrietado, nunca llovía. Escuchó unos pasos detrás de ella. Giró despacio. Se llevó un susto cuando vio al hombre. Mejor dicho, a un ángel con los mismos ojos grises que ella. Vestía una armadura diaria perteneciente al Edén. Anabella no sabía que decir.

—¿Quién eres?—preguntó ella.

—Pronto lo sabrás. Recuerda este lugar, te ayudará.—dijo. Su voz era armoniosa y masculina. Confiaba en él.

Era muy alto, alrededor de un metro con noventa. Fuerte, esbelto. De rostro maduro, mentón marcado. Tenía ojos grises como los suyos, al igual que una tormenta de desolación y siembra la esperanza. Entendió que era un ángel. Se preocupó, porque Elena había tenido una última Visión con un arcángel. Esperaba no recibir malas noticias.

—¿Qué pasa?—Le preguntó Anabella.—¿Por qué me trajiste hasta aquí?

—Ya está pasando.

—¿Qué es? ¿Es muy malo?—dijo asustada.

—Todavía, tienes tiempo. —respondió. Bajó la mirada hacia la espada.—Estarás preparada. Confío en ti, Anabella.

Pronto, todo empezó a desvanecerse y un brillo la hizo regresar a la cabaña.

Parpadeó. Sintió su cabeza apoyada sobre un objeto mullido y cómodo. Un almohadón. Su vista se adaptó, vio a Kith, estaba sentado sobre el sillón. Tenía la mano bajo su barbilla, esperándola. La mirada de él era severa. Anabella intento sentarse. Le dio una punzada atrás de la cabeza. El Mensajero se acercó a ella, dándole la mano. Se miraron. A pocos centímetros de sus rostros. Los ojos de Kith parecían haber siendo creado por todas las constelaciones del universo. Eran tan únicos como un mapa del espacio.

—Anabella…

—Perdón, solo…Yo, perdón.—dijo, desviando su mirada, aunque ahora tenía otra razón para sentirse atraída a los misterios del Mensajero.

—¿Desde cuándo? —cuestionó Kith, volviendo a sentarse en el sillón.— ¿Por qué no me dijiste de tus nuevas Visiones?

—No quería darte más problemas.

—Ese es el asunto. Las mentiras o esconder cosas forman los problemas,—replicó con el ceño fruncido.— Lo que no quiero es que haya secretos, que te llenes de toda esa responsabilidad.

—Yo…No iba a ocultarte nada de esto. Estaba buscando más respuestas en la Visión.

—¿Y, entonces?—dijo él, cruzándose de brazos.—Cuéntame.

Anabella se sentó a su lado. El Mensajero permitió que se desahogue, compartiendo sus teorías. No la interrumpió, se mantuvo en silencio con una mirada neutral. Ella acabó. Kith se puso de pie, extendiendo la mano hacia ella. Estaban demorados. Anabella entendió que era bastante información para procesar. El Mensajero necesitaba un tiempo para darle una respuesta. Ella se incorporó. Se reunieron con Thea.

—Vamos, está todo bien.—Le dijo el Mensajero al hada.—Ustedes dos provienen de grandes familias. Empiecen a ser más que amigas o lo que sea mientras no se traicionen.

Kith revisó su mapa mágico para escoger una nueva ruta.

—Lo hiciste enojar, Luccini—murmuró el hada.

—¡Dios…!—suspiró, entendiendo que el viaje no sería tan cómodo.

Iniciaron su camino. Anabella le contó todo al hada, tampoco dijo nada. La situación no era fácil. Era comprensible que al principio sea un impacto muy fuerte, como anunciar la muerte de un familiar. Mantuvieron el silencio durante la ruta, a tres kilómetros de Chimoas. Thea estaba mejor, se recuperó completamente. Sus alas volvieron a tener ese brillo único. Hicieron una parada para comer algo y dejar que los caballos bebieran agua del parador de viajeros.

—¿No tienes más polvos dimensionales?—Le preguntó Anabella a Kith.

—No, usé lo que quedaba en el bosque Oclus.—Le respondió a secas. Estaba apoyado sobre un árbol bajo la sombra. Sin quitarse la capucha. Nunca lo hacía.

—Sería más fácil cruzar todo este viaje, y llegar directamente al campamento.—pensó en voz alta.

—Anabella, sabías que tenía esa reserva.—regañó. Ella alzó las cejas.—Era…Olvídalo.




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