Anabella Luccini y la Espada de la justicia 2.0

9

Al mediodía, llegaron a Rikuno donde se encontraba el campamento de las Pruebas de los Elegidos. Cuanto más avanzaban, una gran extensión de tierras de Rikuno se alzaba frente a ellos, como colinas y el complejo construido de piedras, ladrillos y otros materiales. El establecimiento tenía varios edificios que correspondían a comedores, baños y duchas, como dormitorios y las aulas de las clases. Había dos guardias junto a las puertas, comprobando a los Elegidos. Evitaban tener intrusos que fingían tener las solicitudes tomando los lugares de otros Elegidos. Solía ocurrir. Se acercaron. Kith reconoció a una mujer. Tenía la tez muy oscura. Su cabello era de fuego. Las llamas ardientes reemplazaban el pelo. Su nombre era Gora Stinker. Tenía descendencia de dioses africanos. Sus rasgos duros y bellos como los de sus ancestros. El Mensajero y las chicas descendieron de sus caballos.

—Gora.—llamó Kith. La Mensajera se giró.

—¿Hace rato que no arruinabas nada, Osk?—dijo la mujer con un tono desaprobatorio. —Y, la Estirada, ¿Qué otra cosa tienes escondida para destruir nuestro mundo? ¿Acaso no es suficiente la destrucción del tuyo?

—No empieces.—dijo Kith.

—Yo no miento. Nunca me equivoqué.

—Siempre haces que las situaciones sean a tu conveniencia.—replicó, cruzándose de brazos.

El guardia del campamento los interrumpió. Anabella notó esa tensión entre ellos. Se conocían desde hacía tiempo. Los Elegidos de Gora entraron, la Mensajera se acercó a ella. La miró con desprecio y la empujó, soltando una risa, haciendo que tropiece con su caballo.

—No te equivoques, otra vez.— Le dijo—La Orden de Mensajeros confía en ti. No sé qué esperan, ya rompiste muchas leyes que te fueron perdonadas, pero pusiste muchas cosas en juego, Estirada.

Ya no quería continuar la discusión. Estaba dispuesta a perfeccionar sus destrezas de lucha y aclarar su Visión. Las cosas no serían fáciles. Gora entró al campamento. Anabella se incorporó con ayuda de Thea. Ingresaron, una vez que todo estaba en orden.

Había mucha gente. Dejaron a los caballos en manos de los ayudantes. Se notaba la diferencia entre Mensajeros y Elegidos. Los primeros usaban uniformes negros, excepto los Elegidos que vestían ropas de civiles. Anabella escuchó que la llamaban entre la multitud. Buscó a esa persona. Era Alia. Venía hacia ellos con una sonrisa resplandeciente. Su cabello estaba corto, por mitad de la nuca. La sirena estaba mojada. Necesitaba estar hidratada para permanecer en la tierra.

—¡Llegaron!—dijo la Mensajera con alegría.—¿Qué paso?

Se saludaron. El Mensajero estrechó su mano con la sirena, y Thea se presentó por primera vez. No era necesario alertar a todos los miembros de la Orden de Mensajeros sobre lo ocurrido en el viaje. Alia no insistió.

—Te ves más fuerte que la última vez.—Le dijo a Anabella. Caminaron hacia el centro del lugar.

—Gracias. Recordé algunos entrenamientos de mi madre, en ese tiempo, solo me parecía un juego infantil.—comentó Anabella.—Siempre supo mi destino.

—Tal palo, tal astilla.—dijo Alia. La Estirada asintió.—Estamos contigo. Descuida, aquí saldrás preparada para cualquier situación.

Los errores de Elena no serían su responsabilidad. El destino de ella era otro. Aún no lo descubría. El tiempo acercaría su propósito. Alia se despidió, uniéndose con sus Elegidos y se mezclaron entre la muchedumbre. En el centro había un escenario. Anabella y sus compañeros fueron abriéndose camino, encontrando un lugar. Puso atención a la gente que la rodeaba. Sus ropas eran diferentes, una de otras. Algunos vestían con túnicas negras y verdes. Otros usaban trajes y vestidos medievales o ropas de época. Sus aspectos eran distintos, de diferentes razas como elfos, hadas, hombre lobo y otros. Incluso, las auras de cada uno pertenecían a una gama de diferentes colores. Quedaba en evidencia que no era de aquí. Se sonrojó, enfocando su atención en el escenario. Tenía que concentrarse en las pruebas de los Elegidos, abarcando dos etapas importantes; la primera era la teoría con un examen final y la última, las pruebas físicas. Algunos tenían la oportunidad de cumplir su primera misión.

Notó que alguien estaba observándola a unos metros. Percibió su gran aura. Lo encontró rápidamente. El muchacho de unos veintiséis años se puso nervioso y se alejó. Pensó ir detrás de él, cuando Kith tocó su brazo, cuestionándola.

—Estoy bien.—Le dijo ella.

—Bueno, presta atención y no hagas nada estúpido—repuso. Todavía, seguía enojado.

—Sí, ya sé, Kith.—bufó.

El Mensajero tenía miedo de dejarla. Podían provocarla. Anabella lo sabía. Tenía el apoyo y la amistad de Thea. Sonaron unas campanas de inicio a la apertura y bienvenida a Las Pruebas de los Elegidos. Poco a poco, el lugar se quedó en silencio. Fueron llegando los Jueces, permanecieron en pie. El director aclaró su garganta.

—Mi nombre es Amiel Moin. Soy el director de la Orden de Mensajeros y encargado del campamento de los Elegidos.—Se presentó en una voz fuerte y clara.— Conocerán a los representantes de los Cuatro Reinos; Will Jones del Edén, el príncipe Gregorio Mercury del Segundo Reino. Natalie Madison de los mares y océanos. Y, la Mensajera, de nuestras más destacadas, Gora Stinker, del Cuarto Reino.—continuo—Nitania es el segundo mundo dividido de quienes llamamos Estirados. Nuestro Creador tomó la medida de separarnos por seguridad y equilibrio entre mundos. Sus primeros Elegidos formaron la armonía, la convicción de un bien mayor y la lealtad en éstos. Cada año, son nombrados a los nuevos. Ustedes serán los próximos miembros. En cuanto, sus exámenes y habilidades sean adecuadas respecto a las normas y exigencias de la Orden de Mensajeros. ¡Bienvenidos!

Anabella miró a Kith que escuchaba atentamente al mayor referente del Creador. El Mensajero giró hacia ella.

—Quiero preguntarte algo.

—Sí, ¿qué es?

—¿Desde hace cuánto no salís con alguien?—preguntó Anabella. El Mensajero ladeo la cabeza curioso.—Te veo distante, pero ¿pasó algo malo?




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