Anabella Luccini y la Espada de la justicia 2.0

10

El mismo bosque, con sus árboles moribundos. Algo los mantenían en pie. Notó que los Espíritus solares eran los responsables de darles energía. Miró a su izquierda. Alguien se aproximaba. Sus ojos rojos brillantes e intensos le daban incertidumbre. A este punto estaba comenzando a sospechar de algunos. Intento retroceder. Sin embargo, su cuerpo no reaccionaba. Estaba bloqueada. El hombre medía un metro con ochenta, fornido como un guerrero nórdico. Llevaba una capa larga de color granete y una melena gris que se sacudía con el viento. Debía tener unos sesenta años. Aun así tenía una gran vitalidad en él.

—¿Quién eres?—preguntó ella con voz clara.

—Soy el futuro.

—Tú…eres el Señor del Caos.—descubrió Anabella.

—¡Acertaste!—dijo, de forma burlona.

Él volvió a las sombras. Desapareció. Anabella tenía la sensación que había una conexión en este bosque con lo que estaba pasando en Nitania en este momento. Iba a mejorar sus Visiones y la manera que podría introducirse en ellas. Ya que más tiempo pasaba aquí su poder se fortalecía. Estaba en el lugar indicado para controlarlo a su propia voluntad.

Anabella abrió los ojos. Había amanecido. Estaba cansada. Era la última en levantarse. Tomó el uniforme verde ocre y su gafete. Se dirigió hacia las duchas, aprovechando la ausencia de otros Elegidos. Cuando acabó, se vistió. A continuación, fue por su café.

En el comedor, había algunos Elegidos que estaban sentados en unas mesas. Consiguió un café, ya estaba tibio. Tendría que despertarse a tiempo. Tomó asiento. El Señor del Caos le incomodaba un poco, ¿qué estaba pasando? Sus ojos rubí, tan penetrantes y fríos. Estaba concentrada recuperando información, que no escuchó a Thea que estaba delante de ella.

—¡Anabella!—gritó Thea, logrando que la Estirada se asustara y levantara su cabeza.—Te despertaste muy tarde, ¿qué te paso?

—Bueno, aquellos Elegidos parecen más perdidos que yo.—bromeo. Thea se cruzó de brazos, reprochándole.—Era un chiste…

—Te conseguí tus cosas. Libros, mis apuntes de la clase de Historia y Geografía.—dijo su amiga, sentándose delante de ella.—Los recreos duran quince minutos. A las tres de la tarde, terminan las clases. Son cuatro encuentros de cada una. En total, son diez materias que aparecerán en los exámenes.

Thea percibió el cansancio de Anabella. Las marcas debajo de sus ojos indicaban el mal sueño que tenía desde varias semanas. Su amiga se preocupó. Entendía que las Visiones eran muy recurrentes. Eso ponía ansiosa a la joven Estirada.

—¿Volviste a ver al ángel?—susurró el hada con discreción.

—No, solo estaba el bosque.—mintió—Tú, ¿estás mejor del accidente?

—Claro. Estoy muy bien.

—Disculpen, chicas.—interrumpió el director, acercándose a ellas.—Luccini, ¿puede acompañarme un momento, por favor?

—¿Qué pasa?

—Solo quiero hablar con usted.—contesto Amiel con una sonrisa. Anabella se incorporó.

—Luego, te veo para entrenar.—Se despidió de Thea.

Anabella y Amiel siguieron un camino de madera. Ingresaron a un jardín. Allí, todo tenía tonos verdes, rojos y amarillos. Había varias mesas y sillas, como bancos de cemento, rodeados de las flores crisantemos, rosas y árboles grandes. Will Jones estaba esperándola en una de las mesas. Sobre la cual, había unas tazas y una tetera caliente. Se estrecharon las manos. El director se despidió, dejándolos solos. Anabella se sentó.

—¡Buenos días!—dijo él.

—Hola.—saludó Anabella distante.

Apoyó sus brazos al costado de la silla. Will tenía las orejas horadadas con tres aretes de oro en cada una. Su cabello largo sobre los hombros, de un rubio muy claro y ondulado brillaba bajo los rayos del sol. Era un día agradable, con una calidez radiante. Will sirvió el té, en silencio. Luego, tomó su taza y bebió un poco.

—Quería contarte sobre el caso de Zaria—dijo el Mensajero. Anabella no dijo nada, lo escuchaba mientras bebía el té negro.— Ella tiene la flecha del Silencio y la uso. Los poderes están fluyendo causando algunas líneas alternas en Nitania.

—No entiendo lo que significa.

—Bueno, está afectando a los portales dimensionales, entre otras cosas como las celdas más seguras de nuestro mundo están debilitándose por el uso del poder de la flecha del Silencio.

—¿Por qué la Orden de Mensajeros me necesita?

—Porque si tienes alguna Visión que nos facilite su escondite, serás valorada y recompensada como Mensajera. Tú, fuiste una pieza importante en descubrir lo que pasaba con Zaria y el Señor del Caos.

—Supongo que el director lo decidió, pero está ocupado con otras tareas—dijo ella, dejando la taza vacía sobre la mesa de madera.—Mira, Will, no tengo nada que decir. Quiero trabajar en el desarrollo de mis Visiones porque podría ayudarlos a resolver los problemas con más certeza, ¿entiendes?

—Sí, te entiendo. Son involuntarias, ¿verdad?—dijo él, acercando su silla y se acomodó.

—No puedo controlarlas. Y, eso no sirve para nadie; para mí es sufrir en la desesperación del desconocimiento.—le mencionó, se sirvió más té.—Y, la Orden de Mensajeros no obtendrá resultados positivos con la búsqueda de Zaria; si es que usó la flecha del Silencio es porque despertó al Señor del Caos o lo que sea.

—Tienes razón, Anabella. Creemos que ella está logrando sus planes.—correspondió. La Estirada asintió, bebió de su té.—Bueno, hablaré con el director para que encuentre a una persona que te ayude a aprender de tus poderes, ¿te parece bien?

—La verdad que sería muy útil y un alivio para mí misma.—asintió la chica.

—De acuerdo. Si sabes algo estaré en la casa de pino.—Le dijo el Mensajero.

Anabella se puso de pie, regresando por el sendero de tablones de madera desgastados. Subió la colina llegando al patio central, esperando encontrar a Thea. Si Kith confiaba en los Carson, ella también. Iba caminando, prestando atención a la gente, entre sirenas de largos cabellos de colores y los trasgos con sus orejas puntiagudas.




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