Anabella Luccini y la Espada de la justicia 2.0

11

La espada de Anabella seguía respondiéndole. Derrotaba bastante rápido a Thea durante los entrenamientos con armas. Iban mejorando. Las destrezas de Anabella y Thea era una competencia que llamaba la atención a los otros Elegidos, quienes estaban apostando sobre quién perdería. Tenía un público que no faltaba a sus peleas. Thea tenía una espada, una katana. Con la hoja fina, sus rápidos movimientos y la fuerza de los golpes convertían el enfrentamiento en un espectáculo para los demás. Incluso, ellas se sentían muy poderosas. Entre un duelo amistoso, no había perdedores. Ganaban en la práctica, en reconocer el error de haber vencido al rival. Era un enriquecimiento de fuerza, estrategia y precisión de las decisiones.

—Tu espada no soportará otro encuentro, Thea.—observó Anabella la hoja dañada de los anteriores enfrentamientos amistosos.

—Lo sé, pero me siento más segura al dominar este tipo de arma. Quisiera practicar tiro de arco, si te parece.—dijo el hada, guardando la katana en la funda roja. Tomó su botella de agua, mientras los espectadores pagaban al ganador de la apuesta.

—Claro, me parece bien. Seguramente, practicaré combate cuerpo a cuerpo.—mencionó la Estirada.

Se despidieron. Anabella se quedó ordenando su mochila. Era un día nublado, el frío invitaba a entrar en entrenamientos y tazas de té caliente. Alguien tocó su hombro, captando su atención. Se dio la vuelta, sujetando su mochila. Era Kith Osk. Abrió los ojos confundida de su llegada. Lo abrazó sin pensarlo, sintiendo el cuerpo frio por las temperaturas bajas de mediados de septiembre. Se separó y terminó de guardar sus cosas.

—¿Qué paso?—Le preguntó Anabella, girándose hacia él.

— El director me llamó. Quiere tener una charla.—respondió.

—¿Otra vez, quieren que hable sobre mis Visiones?—dijo Anabella levantó la cabeza y se detuvo.

—¿Qué?

—¿Te sacaron la suspensión? Sé que no podías participar de este caso.

—Vamos a ver a Amiel.—Dijo, afirmando la pregunta de ella.

—Son buenas noticias, ¿verdad?—dijo Anabella. Él asintió.—No podrías ser tú mismo, si te quitaran esta profesión que te apasiona.

—Claramente, no sé quién soy, pero sé quién quiero ser, Anabella.

—Es algo que puedo compartir contigo, Kith.—dijo ella.

Salieron de la sala de entrenamiento. Recorrieron los pasillos, cruzando el vestíbulo del establecimiento. Afuera, el viento era fuerte y frío, sonrojando las mejillas de la joven. Doblaron a la derecha, siguiendo hacia una galería abierta donde había algunos Elegidos que se paseaban por ahí, entre grupos y charlas viendo la lluvia presentarse prontamente sobre Rikuno.

—Sé que hablaste con Will.—mencionó él.

—Me deben respuestas, ¿no lo crees?—dijo ella, tomando la mano del Mensajero.

La joven había sido una pieza infaltable en la misión, sino fuese por su llegada y descubrimiento, Zaria habría causado mucho daño en Nitania. Kith apretó la mano de la muchacha, con calidez y cariño. Esa conexión iba creciendo momento a momento, como dos almas que se reencuentran después de haberse perdido.

—Eres muy importante para mí.—dijo el Mensajero. Ella se sonrojó.—Y, disfruta que lo diga en este momento. No volveré a repetirlo por un tiempo.

—Eres un hombre poco romántico, pero con las palabras justas para ruborizarme.—objeto Anabella. Kith rio.

—Olvídalo. Ya eres la misma de siempre.—dijo divertido.

Se quedaron callados. Su tensión podría romperse en cualquier segundo. Pero, ninguno de los dos parecía querer tomar la iniciativa, porque creían que todo tenía que resolverse antes de concluir lo que sentían en sus corazones.

—¿Cómo te adaptaste en esta semana?—preguntó él.

—Un poco complicado.

—¿Por qué?

—No todos los Estirados son iguales. Hay personas que intentan defender el planeta por los daños y repercusiones de otros que son egoístas y ambiciosos.—mencionó.

—¿Crees que lograrás cambiar esas mentes?—cuestionó. Lamentablemente, Anabella no sabía qué decir.

—No lo sé. Siento que algo se aproximaba para ambos mundos, Kith. Es un pálpito.

Anabella no sabía cómo explicarlo. Tenía las Visiones con más intensidad, tan claras como dos perlas en una misma concha de mar.

—De acuerdo. Vamos paso a paso.—dijo el Mensajero buscando mantener la calma en ella.

Sentía que toda la gente del planeta, entre dimensiones y razas, dependía de la fuerza y las decisiones de ella. Sentía que ello estaba sobre su cabeza, balanceándose para tener el equilibrio. Quería confesarle sobre la Visión, aquella del precipicio y las voces a su alrededor. No estaba segura que fuera el momento de mencionarlo. Había otro asunto más urgente; la otra Visión.

—Salgamos de aquí un rato.—dijo el Mensajero.

—¡Uy, rompiendo las reglas!—Se burló Anabella.

—No empieces…

Se rieron.

Caminaron hacia el río Rikuno, tomados de las manos. El viento sacudía los cabellos negros de Anabella provocando un fastidio en la joven. Decidió recogerlo en una cola. Kith creo una esfera de luz, ya que el sol estaba ocultándose. Alrededor de las seis de la tarde, ellos tendrían un rato para conversar, después se presentarían con Amiel.

—¿Es posible que Víctor venga a visitarme?—preguntó mientras estaban sentados sobre el césped verde frente al río.—Quiero mudarme aquí permanentemente.

—Sí, no habrá problemas.—dijo, sonriéndole.—Lo sigues considerando tu padre, ¿verdad?

—Es lo que es. Siempre será mi papá.

—¿Y, qué piensas de conocer a tu verdadero progenitor?

—Quisiera hacerlo. Sé que tampoco tuvo oportunidad de elegir sobre la decisión apresurada de mamá.—respondió. No estaba muy cómoda con la idea.

Kith comprendió. Ella fue recibida por Víctor sin antes nacer. Sentía algo extraño que sus padres estuviesen ocultando todo eso. Porque, sabía que sus poderes siempre fueron dirigidos hacia Nitania. Como esa vez que vio a los espíritus solares en el jardín de su casa. Elena le dijo que eran amigos del Sol. Eran muy amigables con los niños. Así Anabella jamás le tuvo miedo a esos destellos de luces solares moviéndose entre las plantas.




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