Anabella Luccini y la Espada de la justicia 2.0

12

Anabella y Kith se encontraban sentados en el living. Allí estaban Will Jones y Amiel. Sobre la mesa, había dos jarras. Una con agua fría y otra de limonada. Los vasos estaban por la mitad. Los nervios de Anabella le obligaron a beberse cuatro vasos de agua.

Kith como Will no se dirigían palabra entre ellos. Amiel estaba sentado en la cabecera de la mesa redonda observando a los otros. La tensión era no muy común, ya que los ex amigos se tenían que tolerar ante Amiel y el respeto hacia la joven que empezaba a sentirse completamente ansiosa por el encuentro.

—Anabella, ¿qué puedes compartirnos?—preguntó el director rompiendo el silencio en la sala.

—No lo sé. Las Visiones van y vienen.—Respondió.

—¿Y, cómo son?

Anabella desvió la mirada, girándose hacia la ventana. Observó a los Elegidos entretenerse y conociéndose. Era el lugar que ella siempre espero conseguir; una adaptación rápida y cómoda. Era una Estirada de corazón, con sangre nitaniana y un linaje de gran éxito. Temía ser la que provocará el fin de los mundos. Sin embargo, ocultar información de las Visiones era una tonta idea.

—Hay un ángel.—dijo Anabella.—Creo que él sabe lo que está ocurriendo.

—¿Cómo se llama?—preguntó Amiel.

—No lo sé…—Contestó, hundiéndose de hombros. Se giró hacia Amiel.—Conoce a los Trivok.

—Los Trivok…—murmuró el director.

—No puedo tener Visiones completas ni controlarlas por mí misma.

Amiel comprendía la frustración de la joven. Estaba claro que Anabella necesitaba encontrar un equilibrio.

—¿Has intentado meditar?—Dijo Will, cruzando sus piernas debajo de la mesa, sin querer golpeo a Kith.

—¿Qué?

—Estás muy nerviosa. Intenta relajarte un poco.—mencionó.—Estás dando todo tu esfuerzo y dedicación al campamento. Tienes un compromiso muy aferrado a Nitania.

—Tengo Visiones que me guían hacia un lugar que desconozco—Insistió, estaba alterándose.

—Y, te resultan tormentas en tu cabeza.—observó Will.

—Anabella, hay algo que quiero decirte.—Dijo Amiel.

—¿Qué es?

—Los Antiguos saben que faltan dos armas celestiales que pueden ser peligrosas en manos equivocadas. La flecha de Rafael fue robada por Zaria Hondas. —Le explicó, colocando un pergamino sobre la mesa que se abrió. Eran las Reliquias de los Arcángeles.—La flecha del Silencio pertenece a otras ocho más que tenemos guardadas. Al activar sus poderes, fluyen. ¿Has tenido alguna conexión con la flecha del Silencio como las otras veces?

Se trataba de intentar recuperar la flecha del Silencio. La número nueve. Nomás que estaban en las manos de Zaria Hondas y el Señor del Caos. Anabella estaba más nerviosa. No lo soportó. Era la guía de sus Visiones hacia el escondite de Zaria, pero a nadie le importaba lo que ella estaba sintiendo. Era suficiente.

—No quiero escuchar más.—Se exaltó tomando sus cosas y salió. Kith se incorporó, siguiéndola.

—Anabella…

La lluvia la atrapó, seguidamente Kith llegó a la muchacha, deteniéndola del brazo y acercándola contra su cuerpo. Ella tenía las mejillas rojas de ira. Lo empujó.

—¡No pueden tratarme como una cómplice de esa bruja!—Se quejó.

—¿Qué?

—No me estorbes, Kith. Me conoces bien.

—Está bien.

Su corazón latía fuerte. Empezó a correr debajo de la lluvia. Empujó a la gente que se cruzaba en su camino.

Era una gran responsabilidad y los riesgos eran demasiados. Enfrentarse a los aliados de Zaria y el Señor del Caos no iba a ser tan fácil. Eran poderosos con la flecha del Silencio.




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