Anabella Luccini y la Espada de la justicia 2.0

13

Al día siguiente, Anabella estaba esperando a Kith. Tronaba sus dedos con ansiedad. Se sintió abrumada anoche. Esa charla, sin darse cuenta el daño que le estaban causando emocionalmente. La joven estaba sentada sobre una hamaca, balanceándose, la otra estaba reservándola para el Mensajero. Se trataba de un patio de juegos. Justo lo vio llegar, con la capucha sobre su cabeza y los pasos masculinos dirigiéndose hacia las hamacas. Saltó los escalones del ingreso al pequeño arco donde ella lo esperaba. El Mensajero se sentó sobre el columpio. Pasó una mano por su cara, despabilándose.

—No quería actuar así. Fue…

—Fue el momento.—Terminó él.

—Eso no significa que sea débil, ¿entiendes?—dijo Anabella.—Esperaba que el director crea en mí.

—Amiel tiene mucha presión en el Corte de los Cuatro Reinos.

—Es lo que siento.—Apretó los puños.—Las Visiones son una frustración, Kith. No puedo dormir. Estoy enojada todo el tiempo.

—Quisiera poder quitarte toda esta responsabilidad, Anabella.—dijo acariciando su mejilla.

—¿Alguna vez, estuviste tan enojado por algo tanto tiempo?

—Siempre. Todavía lo estoy.

—¿Cómo lo superaste?

—Aprendiendo a soltar el pasado.—Respondió, hundiéndose de hombros. Se puso de pie, tomó las manos de ella.—Sigue meditando. La clave está en tu mente, lo que estés reprimiendo será la respuesta. Tus poderes podrán potenciarse.

—¿Qué es lo que me bloquea, Kith?

En ese instante, apareció el director de la Orden de Mensajeros, interrumpiéndolos. Kith estrechó la mano con el hombre. Tenía una túnica limpia. Sus ojos serenos venían en busca de disculpas. Sobre todo, quería ver que Anabella esté bien. Kith la miró, ella asintió. El Mensajero se fue. Dejó la hamaca para el director quien se sentó y se balanceo lentamente.

—No queríamos causarte un mal momento, Anabella. No era la idea.—Se disculpó el director, con sus ojos de color de la miel observándola con empatía.—Tienes que confiar en la Orden de los Mensajeros.

—Ustedes piensan que estoy reteniendo información y no es así.—se defendiò.—Quiero tener el control de mis poderes, Amiel. Estoy agotada de sentirme desinformada de las Visiones.

—Agradezco que puedas decirme cómo te sentís.

El clima estaba volviéndose un poco más oscuro. Unas gotas de agua tocaron el rostro de Anabella. Se pusieron de pie, dirigiéndose hacia el interior de una caseta cubierta con dos sillas blancas y una mesa con algunas hojas secas que dejó el viento. La lluvia cayó.

—Nitania es mi nuevo hogar, después que Aurora me confesó la verdad sobre la familia. No tengo raíces en el mundo de los Estirados. Mi madre se escapó siendo que estaba de tres semanas de embarazo.—dijo Anabella.— Víctor es mi padre adoptivo. Estoy segura que estás enterado de mi drama familiar.

—Elena descubrió otra cosa en su última Visión, además de esconder la flecha del Silencio.—Comentó Amiel. La joven suspiró incrédula. Ya no le sorprendía que hubiera más cosas en medio de la vida de su madre fallecida y Nitania.

—¿Qué es lo que descubrió?

—Tu madre no solo tenía que esconder la flecha, tú eras el otro motivo; te quería proteger.—respondió el director.—Fui testigo que Elena viniera a pedirme ayuda para huir de Nitania, entre medio del desastre del Señor del Caos. Lo hice. La ayude a escapar.

Sus allegados escondían estos asuntos que comprometían a otros. No lo hacían por maldad, sino buscaban la mejor forma de vivir con tranquilidad. Anabella no estaba segura que su vida sea normal, después de descubrir Nitania; revelando detalles de su origen. Todas sus preguntas sobre qué le pasaba y por qué tenía esos poderes fueron resueltas con la honestidad de Amiel Moin, ¿Podría confiar en él?

El último día era hoy. Se preparaban los exámenes teóricos. Anabella estaba nerviosa. Temía fallar. En todoo momento intento aprender y estudiar lo más posible. Era un único examen a las diez de la mañana más tres horas continuas para entregarlo. Sentía su estómago revolverse como un tornado violento y cruel. Su mal humor se presentaba como un estallido de nervios y palabras cortantes. Thea estaba aterrada de olvidarse una respuesta. Había una incertidumbre enorme en ambas chicas. Tras terminar la Primera Prueba de los Elegidos podrían regresar a sus casas hasta recibir los resultados en la correspondencia de sus residencias.

Los jóvenes Elegidos iban ingresando al salón de las Pruebas buscando sus asientos por preferencias. Había un reloj gigante ubicado al fondo. Tenían tres horas y un intervalo para completar la Primera Prueba. Eran cuarenta personas, solo quedarían diez como etapa final, luego regresarían para completar la Prueba Física. Las ventanas estaban hechas de arte vitro representando ángeles, paisajes de Nitania, reconocidos reyes y reinas, al igual que importantes Mensajeros retirados o perdurables en la historia del mundo mágico. Anabella y Thea se sentaron distanciadas. Se desearon suerte.

—¡Tú, puedes!—dijo el hada.

—Gracias, tú lo lograrás igual.

—¡Buenos días, Elegidos!—saludó el director Amiel. Las chicas se dirigieron a sus asientos.— La Orden de Mensajeros le complace tenerlos como nuestros futuros miembros. Pueden comenzar, recuerden que tienen tres horas para responder cada apartado. Habrá un intervalo de media hora para que puedan estirarse y comer algo. Si no regresan serán desaprobados, por lo tanto usen muy bien ese tiempo.

Anabella abrió el cuaderno del examen. Inició respondiendo las tres primeras que le resultaron más fáciles. Siguió leyendo, haciendo memoria de lo que estudió. Le temblaban las piernas, comenzando a tener tic de nervios moviendo sus piernas, mordiendo su labio, apretando el puente de su nariz pequeña y redonda. El sudor resbalaba por su frente. Tenía calor. Se sacó la campera del uniforme. Solo llevaba media hora ahí, sintiendo que estaba hace tiempo. Algunos jóvenes parecían entrar en crisis, borrando y volviendo a escribir alrededor de cinco veces.




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