Llegó el último día del campamento de los Elegidos, Anabella y Thea estaban esperando a Kith. Estaban en el establo terminando de preparar a sus caballos. Se despedían de otros Elegidos . Thea estaba alimentando a Storm con manzanas.
—¿Entonces, estás segura que vas a quedarte en Nitania?—preguntó Thea. La emocionaba demasiado.
—Sí, Thea. Deja de preguntarme a cada rato.
—Quizás podrías haber cambiado de opinión.
—No tengo nada que encajé en el mundo de los Estirados, cuando aquí todo parece ser más lógico.—dijo Anabella.
—¿Crees que tus Visiones nos lleven al ángel?
—Así es.—dijo alzando la mirada hacia el hada.— Iremos a rescatar a Raguel.
—A veces desear algo con mucha ansías puede desviarnos de nosotros mismos.—comentó Thea.
—Eso mismo lo escuché de Kith.—Señaló.—Todo tiene una razón. La Orden de Mensajeros está arriesgando muchas cosas en esta misión.
—Entiendo.
Llegó Kith. Se acercó a ellas. Él les explicó que tenían la autorización de la Orden de Mensajeros. Serían un equipo en esta misión. Se confirmó la desaparición de Raguel. Ellas tenían que cumplir los requisitos de la Prueba Física durante la misión bajo la responsabilidad y supervisión de Kith. Estaba hecho. Tendrían su primera misión. La más importante de muchas.
—¿Están listas? ¿Ya prepararon a sus caballos?—preguntó el Mensajero.
—Todo en orden.—respondió Anabella.
—Vamos. Tenemos un mundo que salvar.—apresuró él.
—¡Estoy emocionada!— exclamó Thea con una gran sonrisa.
Salieron del establo. Si fracasaban Kith iba a perder su puesto en la Orden de Mensajeros y la Corte de los Cuatro Reinos se encargaría que no regrese a unirse. Sería lo peor que podría pasarle a Kith Osk.
—Amiel confía en ti. Tienes toda la información ahí, en tu mente.—dijo el Mensajero dirigiéndose hacia Anabella.
—Bueno, la segunda charla con el director fue más convincente.—mencionó.
—Él es el mayor referente al Creador, prácticamente, el Creador confía en ti.—aseguró Kith.—¡Ah! Conseguí los polvos dimensionales, así podremos hacer el viaje completo.
—Eso es mucho mejor. —Sonrió Thea.
Avanzaron. Fueron recibidos por la brisa de inicios de octubre. Los portales aparecían por todos lados.
—Quiero decirles que haremos una parada luego seguiremos a Doroas.—comunicó Kith. Las chicas asintieron.
—¿Quién es?—preguntó Thea.
—Trabaja para la Orden de Mensajeros. Es un gran hombre, muy correcto y dedicado a sus tareas.—contestó. Anabella estaba percibiendo las auras de Kith. Estaba ocultando algo.
—Kith.—llamó su atención. Se miraron.
—Veremos a tu padre. El verdadero.
Esa noticia fue desconcertante. Estaban a punto de cruzar el portal, ¿Cómo iba a reaccionar frente al hombre? ¿Quien estaría más ansioso por el encuentro?
—¿Anabella?—dijo Thea.
—Sí, vamos. Debe estar esperando—dijo la joven.
—Ambos merecen conocerse. Ninguno pudo elegir.— mencionó el Mensajero.
Ciudad Capital era el centro de Nitania. Se hallaban viejas estructuras de épocas medievales con tecnologías de los Estirados. Los nitanianos reparaban esos equipos con magia y volvían a utilizarlos. Observaron la vegetación en cada edificio. Era una ciudad ecológica. Los colores eran muy fuertes y electrizantes combinando los colores en los edificios. El entorno atraía la atención de Anabella. Doblaron en la segunda esquina de Avenida Rafael.
—¿Cómo te sientes, Anabella?—preguntó el Mensajero.
—Estoy nerviosa.— contestó. Las manos le transpiraban.
—Es un gran hombre.
—Pensaba conocerlo en algún momento, pero no esperaba que sea ahora.—confesó.
—Tu padre está emocionado.
Se detuvieron frente a una casa. Tenía una entrada acogedora para los visitantes con una mesa y dos sillas de madera. Las ventanas estaban abiertas permitiendo que la brisa de la tarde ingrese. Amarraron a los caballos en el parador. Kith tocó la puerta. Anabella estaba más inquieta a cada segundo que transcurría. Miles de pensamientos confusos pasaban por su mente, desenfocándola de la realidad. Escuchó una voz masculina y madura, levantó la cabeza. Era el hombre que le dio la vida. Tenían los rasgos más parecidos a Lucas. Era alto, casi de un metro con noventa. Tenía los ojos azules, pequeños y cansados. Su piel mateada y marcas de vejez en su rostro le daban alrededor de unos cincuenta y ocho años. Los saludó a todos, invitándolos a pasar.
—¿Cómo estuvo el campamento de Elegidos? Cada vez expulsan a más jóvenes que no cuadran con las característica de la Orden de Mensajeros.—dijo.
—Muy bien, por mi parte.—contestó Thea.
El hombre le sonrió. Tenía los dientes torcidos y manchados de tabaco. Se dirigieron hacia el salón. Se sentaron. Thea hablaba sobre el campamento porque Anabella no encontraba las palabras.
—Soy Adriano Bell.
—Mi nombre es Thea Carson de Doroas.
—Soy Anabella.
Adriano notó las facciones de la joven comparados con Elena, que eran tan mencionados. La nariz pequeña y redonda. Los ojos grises como su madre y la abuela Aurora. El hombre estaba conmovido.
—Lo siento.
— Tienes el derecho de llorar.—dijo Anabella.
—Sé que te adoptó un Estirado.—comentó.
—Sí, se llama Víctor.
—Eres una mujer muy valiente, lo heredaste de los Trivok.
—Ella será una Mensajera, ¡La mejor de todas!—Apoyó Thea.
—Estoy muy seguro que así será.—dijo Adriano, guiñándole a su hija.
Adriano les convidó unas galletas y té caliente, charlaron sobre el mundo de los Estirados donde Anabella nunca imagino que creer que su verdadero hogar era Nitania. Ella quería introducirse un poco más a la vida del hombre, interrumpiendo a Thea.
—¿Entonces, tú, trabajas con la Orden de Mensajeros?
—Soy el herrero a cargo en la Orden de Mensajeros. También, realizó trabajos particulares—contestó Adriano.—Me especializó en armas celestiales. Soy nato. Es mi mayor don.
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Editado: 20.09.2026