Anabella poseía un gen. El gen del ángel. Era una razón de las Visiones y sus relaciones externas a los ángeles y sus armas. Regresaron a Doroas. Siempre tuvo la habilidad de percibir diferente el mundo de los Estirados. Al principio, Víctor pensó que tendría algún problema de transtorno autista. Los pediatras estaban convencidos que la niña de ello. Ahora las respuestas siempre estuvieron en Nitania.
Había una ventana alta y grande en la habitación daba hacia el patio trasero; llena de plantas de vegetales y algunos rosales de María. Thea tocó su hombro buscando asegurarse que Anabella este bien entre todo lo que estaba ocurriendo.
—A veces siento que mi madre dejó muchas incógnitas a lo largo de su vida.—dijo Anabella. Giró su cabeza hacia su amiga.
—Porque estaba protegiendo a la flecha del Silencio, y a ti también.
—Es que ahora tengo que andar indagando por Nitania para descifrar los planes de ella.—explicó frustrada.
—No creo…
—No confió en Elena. Algo se esconde más allá de la guerra y voy a descubrirlo.—Terminó Anabella. Salió de la habitación.
Bajó a la cocina para servirse una bebida fresca de la heladera. El Mensajero estaba sentado a la mesa. Se sonrojó. Los ojos negros de él siempre le resultaron tan intrigantes con aquella expresión de seriedad como si fuese que se preocupaba por todo. Anabella se sentó frente a Kith. Extendió la mano y él la sujetó.
—Fue buena idea ir con tu padre.—dijo Kith.-Ahora sabemos más.
—Sí, no habría tenido más piezas para completar mi gran rompe cabezas sino lo hubieras hecho.
—Tu mente y tu puzzle.
Anabella frunció el ceño.
—Kith.
—Lamento que estés pasando por todo esto.—suspiró. Se incorporó, cogiendo la taza vacía.—Tu enojo viene desde un profundo recuerdo. Tienes que enfrentarlo, Anabella. No seguiré con la misión si no resuelves tu ira.
El Mensajero se paró delante del lavabo dejando la taza en el interior. Levantó la cabeza. Miró a Anabella. No podía creerlo.
En la noche. María no estaba. Anabella empezó a preparar unas verduras. Kith observó sus movimientos en la cocina. Contemplaba como ella iba de un lado a otro, escogiendo las cosas para la cena. El Mensajero se acercó. Tomó los tomates dejándolos a un lado, liberando las suaves manos de la joven y entrelazó sus dedos con los suyos acercando a Anabella hacía él. El muchacho se inclinó sobre los labios de la joven.
Se besaron.
Anabella se sentía increíble. Consiguió lo que más quería en su vida; enamorarse de una persona que tuviese la paciencia y la madurez que Kith poseía. Los sentimientos más profundos estaban ahí desde hacía rato desde que se conocieron. El perfume de Kith se impregnaba en su nariz como el aroma más rico en el planeta. Se separaron.
—Estaremos atentos a lo que tengamos que enfrentarnos—Prometió él. Acarició las mejillas rojas de Anabella.
—No quiero que tengas más problemas.
—Nunca fuiste un problema, lamento que te sientas así.—dijo — Estoy enamorado de ti.
Anabella no tenía idea cómo lograrían superar su frustración, ya que Kith no pensaba poner en riesgo a la vida de nadie por el gran enojo de ella.
—Todo lo que Adriano nos reveló es una ventaja para nosotros.—Dijo Anabella. Kith giró. La miró con una ceja alzada. Quería que ella mencione algo acerca del primer beso de ellos.
—¿Por qué?
—Porque va a facilitarme encontrar al arcángel—respondió, lavó sus manos y empezó a cortar los tomates.—Además, el Señor del Caos despertó.
—Descansa un poco, Anabella.—dijo el Mensajero, terminando de colocar la mesa para la cena.— Tomate el té de María esta noche. Luego veremos lo otro.
Kith tenía razón. Llevaba un sentimiento muy pesado en sí misma. Únicamente, podría conducirla al fracaso y arruinar la misión. Continuó cocinando, , él volvía a sentarse y tomar su libro.
La cocina ayudaba a la joven a mantenerse enfocada en ello, disminuyendo su ansiedad y sus pensamientos. Algunas veces era una herramienta que funcionaba.
Fue una cena deliciosa. La salsa de tomate con los fideos frescos que María preparó aquella tarde para ellos. Además el té especial para Anabella. Aprovechó a darse un baño, en tanto los otros se preparaban para irse a la cama.
Tocó sus labios recordando el beso con Kith. No recordaba a otro chico que la besara como lo hizo el Mensajero. Sintió una conexión que se completó en ese instante. Fue dulce y sincero. No abrió sus sentimientos en ese momento, sin embargo agradecía que Kith este enamorado de ella.
La noche caía sobre Doroas, el vapor del baño empañó los vidrios de las ventanas. Anabella se vistió, cepilló su cabello negro y largo, recogiéndolo en una cola. Salió. Bajó a la cocina y bebió el té de María, quien había aprovechado a hacer una visita a unas amigas en Chimoas durante el fin de semana. Se sentó esperando que el té este listo. Luego lo sirvió en la taza. Lo bebió. De repente, sintió que sus auras se conectaban en los recuerdos. El silencio de la noche ayudaba a relajarse. Su pecho subía y bajaba entrando a un estado de meditación.
Llegó un recuerdo, se vio a sí misma en un segundo plano. Ella tenía nueve años. Estaba con su madre en una cafetería de Belgrano.
—¿Harás que me tomé eso que huele horrible?—rezongó Anabella.
Había desbloqueado un recuerdo.
El cabello le llegaba por el mentón, de un negro muy intenso y sus ojos de tormentas estaban furiosos viendo a Elena que insistía en que bebiera ese té.
—Vamos, Ani. No es nada malo. Te hará bien. —Dijo Elena con un tono de voz dulce y calmado. —Lo entenderás por qué hago esto por ti.
—¡No, siempre quieres controlarme todo lo que hago o quiero hacer! ¿Por qué no me dejas en paz?—Gritó, logrando que los ojos de Elena se abrieran.—¡Te odio! Tú y tus entrenamientos, todas tus historias inventadas ¡Te odio!
—Anabella, por favor, cálmate.—pidió. Anabella la miró con gran enojo.—Recuerda, que un día no estaré para cuidarte y debo protegerte de cosas malas, cielo.—Insistió.
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Editado: 20.09.2026