Anabella Luccini y la Espada de la justicia 2.0

16

Había un cartel de ruta, viejo y oxidado; Bienvenidos al parque Migor. Estaba a unos setenta kilómetros de Valle Holos. La magia oscura de la guerra había afectado irremediablemente el bosque. A unos cinco metros, distinguió a una mujer saliendo de una escotilla escondida entre un montón de hojas y ramas. Era Zaria. Solo habían pasado dos días desde la revelación de los recuerdos de su madre.

—Zaria, ¿dónde vas?—gruñó el Señor del Caos.—¡Me sacas de quicio, mujer caprichosa!

—Alguien nos delató, ¿no lo ves? La Estirada tiene la espada de la Justicia. Y, no puedo encontrarla…—Le explicó la mujer, pegando media vuelta. —Tú protege nuestro escondite. Tienes experiencia en estar encerrado.

—No me fastidies, Zaria.

—Tengo todo bajo control.—prometió. Anabella no la soportaba.

Zaria abrió un portal y se fue. El Señor del Caos se dirigió hacia el río, sentándose sobre una gran roca. Reflexionando sobre su propósito. Anabella tenía que ser rápida y sigilosa. Corrió. Se detuvo delante del escondite. Bajó las escaleras. Ella no era visible tras esconder sus auras, al igual que el poder de Zaria. Escuchó varias voces en la siguiente habitación. Los aliados estaban reunidos en un juego de cartas, muy entretenidos y apostando gemas azules y oro. Un susurro la hizo detenerse. Esa voz la conocía muy bien. La flecha del Silencio. Pegó media vuelta. Encontró otras escaleras a unos treinta metros. Bajó al último piso. Allí había celdas vacías. Excepto, una.

—Raguel.

>>Libéranos, Anabella Luccini.

Le suplicó la flecha del Silencio. Estaba clavada en la pierna del arcángel, produciéndole el Sueño Eterno. Anabella se acercó más, extendiendo su mano entre las rejas y tocó la mano de Raguel.

—¿Qué te hicieron?—dijo angustiada.— Vendré pronto. Aguanta un poco más, guerrero.

Su promesa sería honesta. La mano de Raguel apretó la suya. Se acercó. El ángel intento decir algo solo salió un suspiro.

—¡Juro, por Nitania, que todos lo pagaran!—dijo Anabella.

Decidió darle fin a la Visión.

Ahora sabía el dónde, cuándo y cómo. Sentía la presión sobre sus hombros. La mayoría de las personas cargan con mochilas ajenas, propias y de cosas insignificantes; ella tenía un poco de todo. Lo que más importaba era liberar al arcángel y recuperar la última flecha del Silencio, la nueve. Kith estaba esperándola. Anabella se incorporó. Tenía la cabeza sobre las piernas de él. Se sentó sobre el sillón. Aún no salían. Pasaron dos días después de desbloquear sus poderes. Planeaban la intervención en los planes de Zaria y el Señor del Caos.

—Raguel está vivo, pero está en el sueño Eterno. Lo tienen secuestrado en los viejos calabozos de Valle Holos.— informó Anabella. Tomó el vaso de limonada para refrescar su garganta.—Por alguna razón, quieren la espada de la Justicia.

—Bien hecho, Anabella.

—Tienen aliados. No solo demonios, sino ladrones del mercado negro y otros hechiceros. Protegen los calabozos.—Siguió ella. —Serán unos cien. Quizás siguen reclutando.—Prosiguió. Se acomodó, mirando a Kith que la observaba orgullosamente.—Hay una escotilla camuflada cerca del claro y dos árboles negros en forma de cruz.

Kith se incorporó, desplegando su mapa mágico y se extendió. Apareció el territorio del bosque Migor. Anabella tomó unas gemas de su bolsa de dinero, colocando una sobre la ubicación del escondite del Señor del Caos. A setenta metros del río Migor.

—Están en una zona lunar. Suelen hacer eso para invocar algo.—Dijo Kith.

—¡Chicos! Acaban de llamarnos para evacuar Doroas.—Intervino Thea ingresando al living.—¿Qué es eso?

—Es el mapa de Kith… ¿Dijiste evacuar?—dijo Anabella.

—¿Qué pasa?—preguntó el Mensajero.

— Alguien delató una redada en una hora ¡Vamos, rápido!

Salieron rápidamente. Anabella cogió la espada de la Justicia, colocándola en el cinto. Corrieron colina abajo, tocando las puertas de las casas y evacuando a la gente de Doroas, apresurándolas a ingresar a los portales dimensionales. Anabella entendió que el Señor del Caos y Zaria estaban desesperados por hallarla, sin importar volver a causar pánico en Nitania. Ni siquiera importaba cuántas personas tendrían que salir perjudicadas.

La redada de Zaria no había esperado nada. Aparecieron en veinte minutos, saliendo de otros portales dimensionales y los setenta Mensajeros respondieron la amenaza de los enemigos. Kith se giró hacia las chicas.

—No olviden sus entrenamientos. Peleen sin miedo, defiendan los honores y a Nitania.—Dijo, dándoles aliento a demostrar sus destrezas.

Thea sacó su katana. Abrió sus alas. Brillaron en tornasol y destellos blancos. Se alzó en vuelo, recorrió el cielo para defenderlo. Anabella y Kith bajaron las colinas hacia el centro de Doroas. Los hechizos se cruzaban de aquí y allá de otros Mensajeros defendiendo a las personas que no habían logrado huir a tiempo. Había un grupo de Volcanos prendían fuego las cabañas y la gente huían de ellas a gritos, algunos prendidos fuego en sus ropas tirándose al piso para apagarlas. Anabella sacó la espada de la Justicia. El filo cayó sobre un Volcano que retenía a unos ancianos. Lo golpeó en el brazo logrando llamar su atención. El brazo del Volcano se convirtió en hielo destrozando el resto de cuerpo. La espada de la Justicia había escogido una estrategia mágica para vencer a su enemigo.

—Luccini—dijo un demonio. Giró rápido.—Tienes algo que nos interesa.

—Pierden su tiempo.—mencionó Anabella. Saltó sobre él, derribándolo. El demonio le clavó las garras en el abdomen causándole una herida profunda que hizo gritar a la joven Estirada.—¡Dios!

—Eres débil. Tu sangre es poderosa, pero te falta práctica, Estirada.—Se burló.

Anabella le clavó la punta de la espada sobre las manos. Sintió el ardor del demonio. El veneno del demonio se introdujo en su interior. Giró la punta de la espada rompiendo los músculos del demonio, dio el último grito de vida. Se redujo a cenizas. Anabella cayó sobre el suelo, retorciéndose del dolor en las costillas. Apareció Thea. Le dio la mano a Anabella, incorporándola.




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