Anabella Luccini y la Espada de la justicia 2.0

17

—Anabella—llamó Kith. Ella estaba despierta, se levantó con dolor.—¿Estás bien?

—Sí, estoy bien, Kith.—Respondió dejándolo ingresar al dormitorio.

—Ponte esto. Es el uniforme de Ingresante de la Orden de Mensajeros.—dijo entregándole unas ropas. Y un gafete con su apellido.

Entró al vestidor. Se colocó el uniforme. Consistía en una remera de color verde militar con el símbolo de la Orden de Mensajeros, unos pantalones con bolsillos y un cinto donde colocó su espada. Unas botas de servicio de color negro. Ajustó los cordones de las botas. Abrió la puerta, recogiendo su cabello en un moño.

—Te ves hermosa, Anabella.—halagó él, inclinándose para darle un beso en los labios.

Besó a Kith Osk. Para cada hombre, hay una gran mujer. Se abrazaron sin dejar de besarse. Las manos de Kith acariciaban la espalda, la cintura pequeña y apretó el cuerpo esbelto de Anabella contra el suyo. Ella soportó el dolor debajo de sus costillas. La herida estaba cubierta por unas vendas que encontró en el vestidor. Quería terminar con todo, luego preocuparse por el veneno. Se separaron. Apoyaron sus frentes recuperando el aire del intenso beso. Se miraron a los ojos; el gris perlado de ella y los ojos negros como la noche de Kith.

—Te amo.—Dijo ella.

—También, te amo.

Escucharon que alguien se aproximaba. Salieron. El brazo de Kith rodeaba los hombros de ella. Apareció Will. Se detuvo al verlos.

—Hola, Will.—saludó Anabella.

—Amiel quiere que la espada de la Justicia se quedé aquí.—informó.

—Ya hablamos con él.—Dijo Kith.—La misión para rescatar al ángel tiene que ver con ella. Amiel lo aprobó.

— Tú, ¿estás dispuesta a arriesgar esa responsabilidad por Nitania? — Le preguntó a Anabella.

—Nos vemos luego, Will.—Se despidió Anabella. Se alejaron de aquel Mensajero.

A Anabella no le latía la intervención de ese ángel mestizo. Había algo en él que no le cerraba del todo. Prefería evitar cruzarse con ese Mensajero. Sobre todo, respetando a Kith.

—¿Sabes? Le debo a mi madre todo aquello que tuvo que deshacerse para proteger su mundo.—dijo Anabella.

—Es tu camino ahora.—apoyó él.—Tu madre te dio un destino y te protegió para que puedas hacer tu vida mejor de lo que ella intento conseguir.

—Es cierto.

Llegaron al largo puente de la Ciudad del Edén. Adriano estaba ahí. Los hizo entrar a la Herrería. Pasaron por debajo del puente. Había un río de agua caliente. Eran los residuos del taller.

—Hice un nuevo diseño para Raguel. —mencionó el herrero.—Quiero que se la lleven.

—¿Le hiciste otra arma celestial?—Preguntó Anabella.—¿Por qué?

—La espada de la Justicia es tuya. Ya no le corresponde al ángel.

—¡Eres un genio!—señaló ella con orgullo.

—No quiero ser presumido.—dijo el herrero sonrojado.—Kith, todavía estoy ansioso por ofrecerte ese machete de titanio mágico.

—Mi magia me ayuda mucho en el trabajo.

—Algún día, voy a convencerte.

Fueron a la oficina. El escritorio de metal estaba ocupado con carpetas de libros de tapa roja, algunos de éstos abiertos. El Mensajero observó a la joven. Contemplaba los movimientos de Adriano haciendo espacio para recibirlos, sirvió té para cada uno. Una vez que estaban cómodos y bebiendo el té, Adriano les enseñó el arma celestial era un martillo de madera del bosque Ixeh con un núcleo de poder divino del arcángel. Lo llamó; el martillo del Juicio.

—Hiciste un trabajo excelente.—Le felicitó el Mensajero observando el diseño.

—No solo voy a construir esa arma para él. Le daré una conexión de núcleos conjunto a la espada de la Justicia.—Aclaró Adriano, entregándoles una caja.—Sé que la espada y la flecha de los arcángeles están conectados, se reconocen como hermanas de guerra. Prácticamente, unidas pueden ser muy poderosas rompiendo todo tipo de hechizo o maldición, ya que poseen los poderes de Raguel y Rafael.

—¿Entonces, cuál es el núcleo?—preguntó Anabella.

—Tendrá un núcleo híbrido. El gen del ángel y la destreza de un guerrero de las montañas.—Respondió.—Llévenla. Sus poderes se activaran al estar cerca de la espada de la Justicia. En cuanto, Raguel tomé el martillo le corresponderá por siempre.

—Gracias, Adriano.—dijo el Mensajero.

Anabella colgó el martillo en su espalda. Sintió una energía que conectaba su espada y la nueva arma. Estaban conociéndose, compartiendo sus destrezas y sus poderes. Se despidieron. Anabella le dio un abrazo a su padre. Eso al herrero le emocionó. Se retiraron del taller. El Mensajero giró hacia ella, tomándola del rostro y le dio un pequeño beso en sus labios.

—¡Eres genial!—dijo sonrojado. Anabella le sonrió, también con su rostro ruborizado—Vamos a rescatarlos, ¿te parece?

—¡Claro que sí!




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