Estaban en el bosque Migor. La noche estaba tranquila. El cielo explotado de miles de estrellas, que eran mucho más brillantes que en el mundo de los Estirados. La luna se ubicaba en medio del firmamento formando un paisaje mágico. El agua del río se iluminaba de un blanco brillante.
Anabella miró a Kith. El rostro de él le causaba esa gran atracción; la madurez y lo asombroso que ella esperaba ¡Lo valía todo! Estaban acostados boca abajo, ocultándose de Zaria. Estaba preparando un espacio para un ritual. Había una mesa de sacrificio, piedras de iniciación y ahora la hechicera estaba encendiendo unas antorchas. Anabella percibió las auras que se escondían allí abajo. Había una gran oscuridad en ese bosque.
—¿Sabes? Tengo miedo de ser más de lo que puedo hacer y no controlarme. Es decir, causar más daños a Nitania.—dijo Anabella. Captó la atención del muchacho. —Me refiero a lo qué podrá ocurrir después de salvarlos.
—El miedo es común. Es el sentimiento que poseemos todos, Anabella. El primer error que uno puede creer, es que, pueda afectarnos. Sin embargo, tú tienes un motivo real para enfrentarlo.
Volvió su mirada hacia Zaria. La hechicera empezó a colocar los polvos dimensionales de color púrpura, combinándolo con otro, de tono oscuro. Un círculo mágico.
—¿Qué es lo que hace ahora?—preguntó Anabella.
—Es un puente entre Nitania y los agujeros negros que sirven para contener un gran poder.
—Eso no suena muy bien, Kith.
—Ellos quieren traer algo mucho más peligroso. Tenemos que detenerlos antes de que el ritual se inicié.
Kith llamó a su caballo de niebla. Se incorporaron y Felius le dio un golpe suave a Anabella. Lo saludó. Notó que tenía un ojo blanco, como una vieja cicatriz. Había perdido un ojo en batalla ¡Era un caballo de niebla muy valiente! Montaron en él. La orden fue dada. El animal dio un gran salto hacia el precipicio, al tiempo que se transportaron. Aparecieron entre los árboles, donde la claridad de la luna y la luz del fuego no los perjudicaba a ser descubiertos.
—¡Avísame en la próxima!—gruñó Anabella. Le dio un golpe en la cabeza a Kith.
—Silencio, Luccini.
El corazón de Anabella latía ansiosamente. Sus ojos buscaban al escuadrón de Mensajeros, logró encontrarlos, gracias a su don de percepción de auras. Había que ser pacientes ahora. Felius se fue. Se quedaron dónde estaban; cerca de Zaria y el círculo de invocación. Anabella sintió una gran energía. Era Raguel. Un Volcano sostenía en brazos al arcángel sometido al Sueño Eterno, tal cual Anabella lo vio la última vez. Apretó su mano alrededor de la espada, conteniéndose de no salir hacia ellos. Detrás, llegaba Thea lastimada. Tenía heridas y quemaduras en sus brazos. Apareció el ejército de Aliados del Caos de diferentes etnias y orígenes. Al final, llegó el Señor del Caos. Tenía una sonrisa complacida por su fuga, gracias a Zaria.
—¡Raguel, el arcángel del Juicio Final! —gritó el Señor del Caos. Su inmensa musculatura y su voz ronca producían un rechazo inmediato en Anabella.—¡Por fin, amigos! Las cosas serán diferentes ahora.
—¡Mi Señor, gracias por confiar en mí!—Dijo Zaria, acercándose con un vestido negro. Hizo referencia a los demás.—¡Hoy existirá un Nuevo Imperio! ¡El mundo será nuestro!
—Así es. Yo seré su Rey. Todos estarán muy bien, serán ricos y felices. Hijos del Nuevo Imperio, ¡Admiren a nuestro sacrificio esta noche!—Gritó el Señor del Caos.
Evidentemente, perder la flecha del Silencio había sido el peor error de la historia en Nitania.
—Está todo listo para comenzar.—Le comunicó Zaria.
—¡Excelente!
Colocaron a Thea y Raguel sobre la mesa de sacrificio. La joven Estirada estaba furiosa, apretando la empuñadura de la espada. La rabia estaba a punto de explotar entre la observación y el momento oportuno para intervenir en el ritual. No tenían idea que estaban planeando lo que querían invocar eran los enemigos encerrados del Raguel. Los Jinetes Apocalípticos.
—Miren con atención, Aliados.—siguió el Señor del Caos.
—Kith, si esperamos más, no podremos detenerlos.—Murmuró Anabella.—Ya quiero romperles la cara…
—Mira a los Mensajeros. Están en posición, Anabella.—dijo, tocando su hombro. Ella estaba ardiendo. Era el veneno, estaba afectándola.—¿Qué tienes?
—Sí, estoy bien. No te preocupes por mí.
Kith activó su Llamador. Era la señal. Una gran cantidad de agua salió disparada desde el cielo hacia los Volcanos provocando que se enfriaran rápidamente. Llamaron la atención de los demonios-murciélagos, -los mismos que atacaron a Anabella-, que volaron en busca de la Orden de Mensajeros. Fueron sorprendidos por una lluvia de flechas. Lograron derribar a un par. Los Mensajeros abrieron la primera línea de batalla contra los Aliados. El Señor del Caos gritó, corriendo hacia la mesa del ritual. Felius apareció, derribándolo a mitad de camino.
—¡Buen muchacho!—Dijo Kith.
Anabella desenvainó la espada. Saltó sobre un tronco, su pie izquierdo la impulsó en el aire y aterrizó frente a Zaria que protegía a los rehenes. Apuntó hacia la hechicera. La mujer gritó de rabia.
—¿Te arruinamos la fiesta, Hondas?—Se mofó Anabella..
—¡Ah, tú, como no lo pensé!—gruñó frustrada.—¡Tendría que haberte matado desde un principio!
—No lo creo.
Zaria lanzó un hechizo. La joven Estirada lo esquivo, agachándose contra el piso y le dio una patada a Zaria, cayendo contra el suelo. En el bosque, se produjeron varios incendios en diferentes puntos. Anabella se acercó a la mesa. Zaria la descubrió, sujetándola de la pierna y le clavó una daga. Anabella gritó. Estaba a unos centímetros de quitare la flecha del Silencio a Raguel.
—¡Maldita mujer jodida!—Gritó, girándose sobre sí misma.—¿Quieres la espada o no?
—Es un poco tarde para ello, Anabella.
—Creo que es el momento perfecto, Zaria.
—¡No te atrevas a hacerlo de nuevo!
—¡Mírame, bruja patética!—Le desafío, dándole una patada en la mano. Se incorporó rápido.
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Editado: 20.09.2026