Vio el cielo púrpura cambiando el color a un celeste puro comunicándose con el océano. La zona morada arrojaba rayos y relámpagos. Eran tres acontecimientos climáticos en un solo momento. De pronto, se formó una línea infinita causando una grieta en el universo. Era el origen de los portales dimensionales. Se rompían. Anabella tenía una llave plateada en sus manos, brillaba con los destellos de los rayos en el cielo doble. No sabía qué hacer ni decidir.
Abrió los ojos. Estaba en la habitación del hospital de la Orden de Mensajeros, sintió alivio. Bajó de la cama. Estaba mucho mejor. Se dio un baño. Se vistió con nuevas prendas. Salió. Kith entró al cuarto. No tardaron en abrazarse con fuerza y se besaron.
—Realmente, estabas desesperado por verme.
—¡Obviamente, Anabella! Estás internada hace cuatro días.
—Estoy mejor.
—Con mucha suerte.
—Lo logramos.—Le respondió. Anabella le sonrió.
Se quedaron callados unos segundos. La puerta se abrió, entró Aurora. La joven recibió a la anciana con un fuerte abrazo y se alegró mucho de volver a verla.
—¡Ah, nena! Te veo.—Dijo la abuela.
—Ya sé. Me siento bastante idiota.
Aurora terminó de realizar los trámites para la residencia de Anabella. Le ofreció el departamento de Elena en Valle Verde.
—Voy a buscar a tu doctora para charlar sobre tu salud y tu salida de este hospital.
—Está bien, abuela.
—Dejaré que estén en privado, seguro tienen cosas que hablar.
—Gracias, Aurora.—dijo el Mensajero.
La anciana salió.
—Gracias por todo. En soportarme y no rendirte conmigo.—Le dijo la chica, tocando la mano del muchacho.
—Soy tu compañero.
—¿Y, qué más?
—No lo sé. No lo pensé, aún.
—Sí, entiendo. No hubo un momento para decidirlo.—dijo la joven.—Entonces, ¿te gustaría ser mi novio? Algo bueno tiene que ocurrir.
—Tienes razón.—asintió.
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Editado: 20.09.2026