Anabella Luccini y la flecha del silencio 1.0

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>>Anabella. Búscame.

Era un sitio donde el sol siempre brillaba con intensidad y el cielo se teñía de carmín. Las malezas estaban chamuscadas porque permanecía soleado a todas horas. No había noche. El sol era el único dueño de este desierto. Una vieja civilización quedaba como un recuerdo de esos tiempos pasados. Una joven, de diecinueve años, se encontraba parada en medio de la ciudad. Ella estaba pérdida allí. Observó las estructuras de las edificaciones abandonas. Igualmente se mantenían como su primera vez. Al final de todo este lugar antiguo, se escuchaba el llamado de una persona, serena y cálida, dirigiéndose a Anabella Luccini. Esa voz le parecía tan familiar como si hubiese conocido a su dueño. La joven se concentró en oír el mensaje que pedía ser liberada. Anabella sintió la desesperación de encontrarla, miró a todos lados. Sabía que esa persona esperaba que ella siguiera su llamado. Solo que no se animaba a avanzar. La ciudad era antigua con objetos de un metal desconocido en algunas cosas como vajilla y armas.

>> ¡Búscame! Ven conmigo.

Se despertó. Había sido un sueño. Siempre era igual. Y, ella no entendía absolutamente nada. Nunca en su vida había conocido ese desierto ni en Oriente existía, como si fuese de otro mundo. Un mundo tan diferente, único y extraño. Solo un sueño, como cualquier otro. Miró a su alrededor, se quedó dormida en la sala viendo la televisión. Refregó sus ojos grises. Ella era estudiante de Arquitectura. La mayoría de los Luccini eran profesionales. Algunos arquitectos como su padre, otros eran ingenieros o técnicos. Un motivo para que Anabella decida seguir la generación por la idea de no romper la tradición. Se incorporó, paso a la cocina anexo al salón. Abrió la heladera, saco un yogurt y tomó una cuchara de un cajón de la cocina. En cuanto escuchó unos pasos que descendían del piso superior de la casa. No le dio importancia. Su padre aún estaba en su trabajo. Ella se acostumbró a estar a solas en la casa. Quitó la tapa del yogur arrojándola en el cesto de basura. En ese momento, volvió a oír las pisadas, duras y firmes. Se quedó quieta. Esto la puso nerviosa, más que sus extraños sueños. Pasó a la sala de estar, viendo cada rincón y se fijó detrás de las cortinas. Parecía una tonta revisando el lugar. Respiró hondo, sin dejarse llevar por el miedo. Introdujo una cucharada de yogur a su boca, revisando las esquinas del salón, detrás de los sillones y los muebles. Todo estaba como debería estar. Estaba haciéndose ideas extrañas que nunca fueron un problema. Necesitaba dormir. Su estrés estaba afectándole.

El mismo ruido apareció a sus espaldas. No eran imaginaciones de un arduo día de actividades. Alguien estaba metido en su casa. Levantó la cabeza hacia las escaleras que iban al primer y último piso de la casa. Tragó el tercer bocado de yogur con fuerza. Apretó la cuchara de metal entre sus dedos, tratándose de la única arma que pudiera salvarla ¡Cómo si una cuchara de postre pudiera matar! Tardó una fracción de segundos en tomar una decisión. Generalmente, su padre era quien tomaba las riendas de su vida. Un padre demasiado protector después de la muerte de su esposa, se volvió mañoso y controlador. Finalmente, dejó su postre y cuchara sobre la mesa ratona del salón. Caminó paso a paso, sintiendo que el clima se volvía más frío. Evidentemente la temperatura descendió con rapidez. Era otoño, pero ahora parecía haber viajado a la Patagonia. La casa estaba helada. Se detuvo al inicio de las escaleras, alzando la cabeza tratando de descubrir alguna forma humana. Solamente veía oscuridad y silencio. Dio dos pasos hacia atrás. En ese instante, cayó una pelota rebotando por los escalones, rodó hacia ella. Abrió los ojos, a punto de gritar. Los ruidos se volvieron más fuertes, percibiendo objetos que volaban por todas partes del primer piso. La primera idea que cruzó por su mente fue un ladrón, pero no tenía sentido; en tal caso, el desconocido la estaría amenazando con un arma y exigiendo las pertenencias de valor.

—Elena — susurró una voz áspera y fría detrás de ella. Era aterrador— ¡Flecha!

Anabella giró, rápidamente. Quería saber a qué se enfrentaba. Frente a sus ojos grises se encontró con la imagen descompuesta de un hombre. Todo lo que había sido un humano, había transformado una especie de cadáver viviente. Sus cuencas vacías, donde un fuego rojo procedía a ocupar lo que, serían sus ojos penosos y aterradores. Su cuerpo estaba deformado por la descomposición. Ella gritó, retrocediendo. Subió las escaleras como un rayo. Volvió a gritar, escuchando los gruñidos guturales del intruso. Corrió por el pequeño pasillo, tropezando con cuadernos, zapatos y cajas abiertas. El ser extraño buscaba algo en específico. Llegó a su dormitorio. Cerró, a la vez, que pateaba objetos para encerrarse. Miró a su alrededor, encontró un palo de hockey. Solo tenía unos dos metros que separaban su mano y el palo debajo de la ventana. El hombre moribundo arañó la puerta, generando que el peso de su cuerpo podrido hiciera presión. A diferencia del delgado y esbelto cuerpo de Anabella, era una desventaja para protegerse de la situación.

— ¡Elena, muerte! —vociferó él.

La joven perdió la fuerza, retrocedió hacia la ventana cerrada. La puerta se abrió con un golpe violento. Las cuencas ardientes del extraño observaron a Anabella perder la calma. Ella comenzó a arrojar todo lo que tenía a mano; desde un lapicero, cuadernos y una lámpara de lava que se rompió al estrellarse contra la pared, a unos centímetros de él. La criatura ladeó la cabeza. Esa actitud no le agradó. Por lo que, extendió su descompuesta mano con tendones de los dedos caídos.

— ¿Vamos? —pronunció la criatura. Casi una tregua.




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