Anabella observaba los rasgos de él. Le daba unos veintiocho años de edad. Él estaba sentado sobre una roca con musgo examinando las frutas que recolectó. Los ojos grises de la muchacha no dejaban de inspeccionar meticulosamente a Kith con esos particulares tatuajes que significaban algo. Tenía una musculatura de un guerrero, porque resaltaban sus bíceps de su camisa.
— ¿Qué miras? — inquirió Kith.
—¿Qué tipo de nefilim eres?
— De acuerdo, niña — dijo el Mensajero fastidiado, bajó de la roca —. Entiendo, que sientas desconfianza y miedo porque experimentaste las presencias de zombis, absolutamente anormal a tu modo de vida. Tu mundo no tiene magia. El mío, sí. Ahora, yo te parezco una amenaza — replicó Kith —. Los nefilim pueden morir como cualquier humano, solo con la ventaja de poseer magia como demonios.
—Gracias.
El Mensajero le lanzó una fruta de un tono verde. La chica la atrapó rápidamente. Tenía buenos reflejos. Mordió la guayaba. Masticó. Kith no dejaba de comer a gusto, y miraba a Anabella con sus muecas de asco tragar la fruta en su boca. El hombre la miró divertido, ella no podría adaptarse a una acampada. Era chistoso.
— Debemos irnos —concluyó Kith —. Creí que no nos encontrarían. Me equivoqué.
— ¿Dónde iremos?
—Antes necesitas saber que, Los Mensajeros de Nitania ejercemos en ambos mundos. Podemos movernos entre ellos haciendo cumplir las reglas y evitar revelaciones — dijo él —. Iremos al mundo mágico. A Nitania.
— ¿Mi mamá era de ese mundo?
El Mensajero asintió.
—Elena era humana, puedes quedarte tranquila. Tu madre cambió la historia de Nitania. Luego, nadie más supo de ella — contestó Kith, sacó su bolsa de polvos mágicos. Tomó la mano de Anabella, colocándole un poco en ella—. No la sueltes, espera mi señal.
Había un solo viaje. Kith marcó una línea con su pie sobre la tierra. Volvió a observar a su compañera, perdida en sus propios pensamientos. Antes que ella se arrepintiera, el Mensajero tiró el polvo detrás de la línea dibujada en el suelo. Ella hizo lo mismo. Ambos polvos se unieron. La línea dibujada se pintó de un tono violáceo. Anabella contempló que se transformaba en una entrada, iba creciendo a los lados y aumentando la altura sobre ellos. El sonido como un rayo se presentó, indicando que el portal dimensional estaba listo para cruzarlo.
—No digas que la magia no es genial — dijo Kith con una mueca egocéntrica— ¿A las cuentas de tres? — sugirió él con una sonrisa de confianza — Uno, dos... ¡Tres!
Ambos pisaron dentro del portal dimensional, y cruzaron hacia el otro lado. Ya no había vuelta atrás, porque la entrada se cerró. Anabella sintió un fuerte zumbido en su cabeza como si hubiese explotado una bomba a su lado. Había miles de luces, de todos los colores posibles que los ojos de la muchacha no lograran descifrar. Eran demasiados. La velocidad se intensificó y el estruendoso ruido en su cabeza, también. A Kith no le afectaba, aun así, mantenía sus ojos cerrados. Anabella intentó tranquilizarse. Ignoró los sonidos, los colores luminosos y contuvo el aire por unos segundos. Contó. Creía que pasaría rápido, solo era un momento, que no notaría las incomodidades de viajar entre mundos.
Cayó contra un suelo blando, cálido y susurrante. Habían llegado, finalmente. El aturdimiento en sus oídos la dejó con una sordera temporal, sus ojos ardían como si fuera que absorbieron cloro, y su boca estaba reseca. Los efectos secundarios de los portales no eran recomendables para novatos. Las manos de Kith tocaron sus brazos, aferrándose, en un rápido movimiento, Anabella rodó hacia un lado. Ya el lugar cómodo y reconfortante donde aterrizó, no era nada más ni nada menos, que el Mensajero. Ella se inclinó para comprobar que no se haya lastimado. Kith le hizo un gesto para que se apartara de su lado. Ella se incorporó. Descubrió un hermoso y azul cielo, que se extendía en miles de kilómetros, donde el mar calmado se tocaba con él. La arena era blanca, demasiado húmeda y limpia. No había contaminantes extraños a manos del hombre, le agradó que no hubiera colillas de cigarrillos, botellas y bolsas de plástico, comida, papel. Solamente, la naturaleza crecía, tal como era.
A sus espaldas, se alzaban unas palmeras de grandes hojas junto a unos arbustos que marcaban un límite entre estas. Todo lo demás, continuaban siendo palmeras, eucaliptus y otros que Anabella no identificaba. Regresó su atención a Kith, que estaba observando la ubicación, al igual que ella.
— ¿Nos perdimos? — preguntó la joven.
—Sé dónde estamos,— respondió él, mientras retiraba algo de arena de sus ropas— no planeaba llegar a la ciudad de Axia.
—¿Qué significa eso? — dijo, alarmada.
— ¡Muéstrate! — ordenó Kith, observando a todos lados — ¡Sal, ahora mismo!
A su respuesta, el mar habló. Una de las olas, chocó contra las rocas de una pequeña colina. Apareció un cuerpo. La piel brillante, de un tono gris pálido y llena de escamas azules, violetas y verdes relucían bajo los rayos del sol. El largo cabello rubio, adornado con conchas y estrellas de mar. Era una sirena. Tan perfectamente hermosa. Era una sirena con la característica de poder caminar sobre la superficie mientras se mantuviera hidratada. La sirena se incorporó y comenzó a bajar de la colina. Sus movimientos eran elegantes y tan femeninos, llamaban la atención.