Anabella Luccini y la flecha del silencio 1.0

4

Seguían detenidos en la playa. El sol era radiante, el calor reconfortaba los escalofríos continuos en el cuerpo de Anabella. Se encontraban recostados debajo de una solitaria palmera. La arena estaba tibia convirtiendo el espacio de descanso en un lugar acogedor. Anabella estaba asimilando la idea que no se reencontraría con su padre. Giró su cabeza hacía Kith, recostado y sus manos entrelazadas sobre su abdomen. Los ojos cerrados mostraban la tranquilidad de volver a casa. Ojalá que Anabella pudiera sentir lo mismo.

—¿Por qué mi mamá se fue de aquí? — dijo Anabella —. Aquí, todos hablan de ella como si fuera una celebridad.

—No estoy seguro — respondió él.

— ¡Ni siquiera sé porque están buscándome! ¡Quieren a mi madre, no a mí! — dijo con enfado.

Kith alzó las cejas ante la reacción desesperante de ella. Las lágrimas de rabia y confusión comenzaron a descender de los grises ojos de la muchacha, bajando por sus mejillas. Se sentía consternada, especialmente, relegada de información acerca de la secreta y verdadera vida de su madre, Elena. Respiró con fuerza, flexionó sus rodillas contra su pecho, el autoconsuelo siempre sirvió para sí misma. Imaginaba, una caja de cristal, donde nada puede lastimarla ni tocarla, solo, ella con su propio dolor e incertidumbre. Apretó los puños, mientras lloraba. Kith dio un suave suspiro notando la pena de la joven. Se acomodó con los codos sobre sus rodillas observando el desahogo de Anabella.

—Los Mensajeros de Nitania, empezaré por ese tema, ¿te parece bien? — propuso Kith. Anabella asintió, limpiando las últimas lágrimas con el dorso de su mano —. Desde que el mundo se creó con animales, ecosistemas y personas de diferentes razas. Los arcángeles eran los mediadores del Creador, su trabajo era comunicar y observar los errores de todos. En particular, los humanos que se revelaban ante cualquier acto de amenaza o desagrado personal.

>>Todos eran un único mundo. Solamente, había humanos. Mejor conocidos, como los Estirados, quienes se peleaban y muchos fallecían en ellas, sin sentido. Entonces, el Creador decidió, a pesar de varios años de vida en el planeta, en dividirlos. Nitania se convirtió en un mundo mágico, y menos violento. En tanto, los otros humanos no dejaron de rivalizar por territorios, disgustos personales y consecuencias de sus propias invenciones. Dios Todopoderoso, los dividió.

— ¿Cómo te eligieron para ser Mensajero? — preguntó, directamente.

—El Arcángel Gabriel fue nuestro mentor. El primer Mensajero, que tuvo el puesto tras ser creado: Nos brindó capacitación a los Elegidos por los Cuatro Reinos de Nitania. Entrenamos en nuestros reinos, cuando llega el día de las pruebas y quienes logran completarlas, son los próximos Mensajeros.

Anabella contempló el mar que estaba en calma, donde las olas seguía llegando a la orilla, y otras, rompían contra la colina de rocas. Volvió a observar a Kith, que se recostó, nuevamente. Totalmente relajado. No quiso molestarlo. Había estado pendiente de ella todo el día, lo mínimo que necesitaba era descansar.

Se incorporó despacio, empezando a caminar por la playa, apreciando debajo de su calzado como la arena cedía en pequeños pozos tras sus pasos, dejando huellas secas.

Sacó la concha de mar de su bolsillo del pantalón, por suerte, no se rompió. Aquel caracol de tonos rosados brillaba bajo los fuertes rayos de sol. Le dio la vuelta, era más oscura y vio una inicial grabada, era el nombre de la sirena. Torció la cabeza, cuando la letra tenía unos reflejos tornasol. Anabella dio un quejido, soltando la concha de mar que cayó frente a sus pies. Giró su cabeza, Kith aún dormía. Contempló aquel elemento marino, se arrodilló estudiándola con sus ojos entrecerrados. Le dio un golpe suave con su dedo índice, apartándose rápido antes que se sintiera extenuada por sus poderes.

No estaba segura que Alia tuviera buenas intenciones con ella; ya la mirada de hambre le daba escalofríos y ahora, su obsequio como bienvenida no le agradaba para nada. Se acomodó el cabello, al momento de tener una idea para la concha de mar de Alia. Se hizo un moño sobre la nuca, recogió la concha de mar rosa e intentó acertar en las puntas secas de su cabello. El regalo de Alia se quedó adherido a su cabeza, manteniendo el peinado con firmeza y fijación.

Una mano cubierta por un guante se posó sobre su brazo, obligándola a colocarse de pie con rapidez. Tiró de Anabella y chocaron sus caderas por el zarandeo. La joven estaba alarmada, dirigió su mirada hacia la palmera donde estaba Kith, tan dormido. La muchacha intentó llamarlo, cuando su cuerpo cayó sobre el suelo, omitiendo su voz. Se giró, a la vez, que una patada iba dirigida hacia ella. Anabella apoyó ambas manos sobre la tierra blanca, recogiendo un puñado en cada una. Se giró, arrojándolos contra la cara del atacante. Este reaccionó, echándose hacia atrás. Las manos del hombre apartaron los granos de arena de su rostro. Anabella lo fulminó con furia, el hombre le dio tiempo que ella se pusiera de pie.

— ¿Qué haces? — dijo la voz de Kith. El hombre se giró hacia él, llevándose la sorpresa que una daga de plata estuviera apuntándolo a su cuello.

— ¿Estás con ella, Osk? — interrogó.

— ¡Me jodiste una buena siesta, Simón! — se quejó Kith, guardando el arma en los compartimientos de su pantalón —. Está conmigo, sí.

—Tienes un excelente Mensajero de tu lado, — replicó el hombre a Anabella, miró a Kith con los ojos entornados —. No es Elena.




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