Anabella Luccini y la flecha del silencio 1.0

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Cruzaron los bosques del Este, en gran parte rodeaban a Valle Holos protegiéndolo de amenazas y enemigos. Anabella notó en el camino las presencias de animales salvajes, que se escondían de la caballería. En algunas partes de los bosques, se encontraban unos ermitaños, que vivían cerca del bajo río Migor, quienes reverenciaron a la formación real.

El sol iba cayendo, los débiles rayos eran poco apreciables a estas horas, y la luna ascendía desde el otro lado del cielo. A unos pocos kilómetros, se veían las altas torres de un gran castillo blanco que resaltaba más que otras residencias. Anabella sonrió por encontrarse con aquella arquitectura tan magnifica desde lejos.

Zaria Hondas, la guardiana que acompañaba a Anabella sobre el caballo negro, siempre estaba atenta a todo tipo de ruidos desconocidos; como aquellos hombres acercándose demasiado a la formación y a quienes les pedía retroceder con una gran autoridad. Daba la impresión, que esos individuos no eran grandes inspiradores ni admiradores del príncipe Mercury. No le agradó a Anabella, que ellos tuvieran que seguir siendo marginados del reino donde crecieron y aun vivían a sus alrededores. Seguramente, manteniendo a los vándalos fuera del perímetro de la entrada hacia el reino de Valle Holos.

Los hombres ermitaños eran personas que estaban debajo de otros servicios para recibir una medalla de honor. Eran héroes no reconocidos y nadie le interesaba cuáles fueron sus logros. A Anabella no le parecía justo.

— ¿Cuánto falta para llegar, Zaria?

—Casi media hora. Ya pronto apreciarás nuestro reino — le contestó, colocándose del otro lado del carruaje.

—Tengo una pregunta importante — murmuró sobre el hombro de Zaria —. Mi madre fue Elena Torrent. Simplemente, mencionar su nombre, todos exclaman con asombro y admiración. Lo que quiero saber, es la razón por cuál todos la admiran.

—Ella fue una de las primeras mujeres que hizo una gran diferencia. Aún se siente en Nitania — contestó Zaria con un tono de orgullo — ¿Quieres enterarte lo que logró tu madre?

Anabella asintió, la guardiana decidió contarle la historia.

—Su verdadero apellido es Trivok. Por lo visto, al exiliarse por su voluntad, también decidió cambiar su origen — observó la guardiana —. Elena destruyó la oscuridad que comenzaba a corromper la magia en Nitania.

— ¿Eso significa, que no existiría la magia aquí, si no fuera porque mi madre intervino en eso?

Zaria asintió. La joven comprendió que su compañera de montura estaba armándose de valor para no llorar. Obviamente, todavía quedaban huellas y traumas.

—Nitania fue el segundo mundo. El mundo mágico — dijo, captando la atención de Anabella —. Las ciudades de Nitania empezaron a enfrentarse entre ellas; los elfos dedicados a la protección de la naturaleza y el servicio de conservación ecológica espiaban a los hechiceros que aparecían en sus límites. Durante las noches, estos hombres caracterizados por las túnicas moradas creaban encantamientos de explosivos, siguiendo las órdenes de alguien — explicó, deteniéndose unos segundos para dar una aclaración —. Todos creían que Nitania era el mundo más pacífico, que el mundo de los Estirados, de dónde tú vienes — comentó, dio una risa de burla —. Pero, quienes controlan la magia oscura, ya nada queda de su cordura y persona. Por otro lado, estaban las brujas negras que invocaban a todo demonio con sus rituales tradicionales. De hecho, eran muy antiguos. Los seres oscuros tomaron los cuerpos de personas inocentes. Así empezaron los homicidios en todas las ciudades.

>>- Los líderes de cada región optaron por investigar, por lo cual, esa función correspondía a la Orden de Mensajeros. Directamente, se nombraron a los Elegidos para esta misión de reconocimiento de los desastres en Nitania y la fuerte presencia de oscuridad. Entonces, los Elegidos comenzaron a buscar, investigar y pudieron capturar a un hechicero de magia oscura. Lo interrogaron y nombro al El Señor del Caos.

—Quién sería el causante de todo — advirtió Anabella, la guardiana asintió.

—Entre los Elegidos, estaba Elena Trivok. La mujer de gran aspiración a ser capitana de las tropas del Valle Holos. Llegó una noche de descanso. Elena tuvo una primera visión producida por el arcángel Gabriel, después de muchos años sin aparecerse ante nadie. Elena viajó por los Montes del Silencio y recuperó la flecha legítima de Rafael, perdida desde varios siglos.

La formación de guardianes se frenó ante las inmensas puertas de roble negro del reino Valle Holos. Anabella descubrió unos símbolos raros. El capitán de la formación hizo un gesto a un vigilante que estaba en una de las torres.

— ¿Qué sucedió, luego con esa flecha? — preguntó Anabella.

— Elena debía hallar el modo de devolver al Señor del Caos al Sueño Eterno, del mismo fue que despertó con sed de venganza y gran furia. La guerra se levantó. Los Mensajeros formaron liderazgo con otras órdenes de elfos y tritones, que dieron la batalla con los demonios. Elena venció a la oscuridad, cuando usó la Flecha del Silencio contra el Señor del Caos y lo devolvieron a su celda, en lo profundo del infierno, donde los más poderosos y peligrosos seres oscuros están encerrados bajo un hechizo eterno. La pregunta que todos querían saber, es quién liberó al Caos.

Tras unos minutos de espera, las grandes puertas de cinco metros se abrieron permitiendo el paso a la formación real. Detrás de ellas, se acercó el guardia acompañado de Kith, con su expresión indiferente. Tenía sus cejas fruncidas, probablemente pensando que decirle a su superior sobre traer a una persona del mundo de los Estirados. Sus facciones crispadas no indicaban que sería algo bueno, aun así, lo intentaría para su bien. La joven no confiaba completamente en el Mensajero, sin embargo un sentimiento de empatía impedía alejarse de Kith. Estaba segura que Kith era un hombre decente, confiado y protegía a todos, demostrando que de dónde vinieras, él no te dejaría de lado.




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