Anabella Luccini y la flecha del silencio 1.0

6

El castillo rococó, de tonos blancos, plata y tornasol eran una de las arquitecturas más bellas que Anabella jamás hubiera visto. Ahora, tenía el gusto y oportunidad de conocer un castillo histórico en Nitania; tanto su exterior elegante como su interior único e inspirador. Nada podía compararse a estas estructuras antiguas, con las post modernas del mundo de los Estirados. Ni siquiera, sus hermosos salones plateados tenían algo ordinario. Era una imitación del Palacio de Versalles; o, quizás fuera al revés. La imagen visual se convirtió en un ensueño para Anabella. Apreciaba cada pared decorada con láminas de plata y pinturas de paisajes de Nitania. Kith le dio una visita guiada a los importantes salones. Ella no olvidaría devolverle el favor. El Mensajero lo hacía para que la muchacha tuviera una razón para olvidarse del peligro que la seguía. Él le contaba algunas historias que recordaba muy bien, como las figuras históricas del reino Valle Holos; el rey Benicio I Hondas que sacó la primera ley de las pruebas obligatorias para los que aspiraban a ser Mensajeros; como la duquesa representante de la ciudad Axia, Savannah Markinen, una de las pocas mujeres de los años veinte que llegó a ser una Mensajera.

— ¡Me encanta todo esto! — dijo la muchacha emocionada.

—Debes descansar, Anabella — dijo. Ella asintió apenada de no quedarse a oír más historias ni continuar conociendo otros salones. Kith volvió a guiarla por los pasillos, la chica observaba, giraba a todos lados, descubriendo y recordando esos candelabros de plata sobre sus cabezas —. Mañana, tendrás una reunión con Mercury, quiere asegurarse de algunas cosas. Tendrás la oportunidad de conocerlo personalmente —dijo, ella volvió su atención a él —. Zaria te ha contado todo acerca de la guerra oscura.

— ¿Vas a sermonearme por saber la verdad? — dijo la chica —. Porque, no vi interés en ti para contarme aquella historia. Por lo menos, puedo fiarme de las palabras de una guardiana orgullosa de Nitania.

—Hay cosas que no deben hablarse en este mundo — le respondió con un tono de voz seco.

—Pero, Zaria...

—Ella era una niña muy pequeña en ese tiempo — le atajó el Mensajero.

Se detuvieron frente a unas escaleras en espiral. El rostro crispado de Kith indicaba que era demasiado tarde para darle más explicaciones. Prefería descansar unas horas antes de volver a relacionarse con ella y todas sus curiosidades. Comenzó a subir, guiando a la joven al siguiente piso donde hallaría su habitación allí. Anabella caminó detrás del hombre, con la túnica danzando sobre sus pasos. No pretendía ser una carga para él, pero lo era, de todos modos. Se chocó contra Kith, estaba tan distraída pensando en lo que podría suceder, que no miró por donde iba caminando. El hombre giró hacia ella, observándola por primera vez. Después de todo, el tiempo que estuvieron juntos, solo se preocupó por su protección. Seguidamente, el Mensajero chasqueo los dedos; las puertas se abrieron en el acto. Anabella no se despidió. Solamente, ingresó y las puertas se cerraron.

Las luces iluminaban una habitación bastante clásica para un castillo rococó. Había tres muebles blancos, dos armarios robustos. Por otro lado, se fijó que las ventanas estaban cerradas, opacando el sonido de la tormenta. Desvió sus ojos, hacia la cama que tentaba al cuerpo sin energías de Anabella. Se quitó las viejas zapatillas, encaminándose con una pequeña sonrisa con la misma idea que todo se trataba de un sueño y mañana, al despertar, estaría en su casa y su padre hablándole sobre las reuniones empresariales. Cayó sobre el colchón, su cuerpo se relajó entre las perfumadas sábanas blancas bordadas con el logo de Valle Holos. Sintió lágrimas de alivio. Acomodó la cabeza entre las almohadas y, rápidamente, dejó que sus ojos grises se cerrarán.

>>Encuéntrame<<

>>Búscame, hija de Elena<<

Un ruido seco se escuchó en el dormitorio. Anabella había caído de la cama, arrastrando las sábanas blancas con ella. Se quejó con murmullos, y se giró a la derecha. Pateó las ropas de la cama de sus piernas, se incorporó. Las ventanas estaban abiertas y las cortinas de encaje estaban recogidas. A unos metros de ella, había una mujer de estatura baja, no más que ella y con un vestido blanco formal, encima tenía un delantal largo y, por último, unas zapatillas cómodas. Era una criada del castillo real. Se observaron por un tiempo. Anabella se fijó que unas intensas luces oscuras girando alrededor del rostro de la criada, también otras líneas más finas rodeaban su cuerpo. La mujer reaccionó y se acercó a un mueble, lo abrió e hizo un gesto para que Anabella comprendiera que, había ropa limpia para que vistiera luego de darse un baño. Seguidamente, la mujer caminó hacia un armario, y allí había tres pares de calzados junto a unos abrigos.

—Gracias, — dijo Anabella. Se encaminó hacia los muebles abiertos, observó unas botas bajas de cuero negro — ¿Sabes a qué hora vendrán a buscarme? — preguntó. No escuchó una respuesta. Miró a la criada, que hizo unos movimientos con sus dedos, formando palabras con estos. Era muda — ¿Hay algún reloj? Así me señalas los números. — dijo Anabella haciendo señas para que ella comprendiera y la mucama asintió con la cabeza.

La mujer metió una mano dentro de su delantal, sacando un pequeño reloj de bolsillo. Le indicó los números; a las ocho y media vendrían a buscarla y llevarla ante el príncipe Mercury. Le quedaba una hora para arreglarse lo mejor posible. La criada se retiró del dormitorio. Anabella volvió su atención a los cajones. Recogió una blusa de cuello redondo y de mangas tres cuartos, anchas por los codos. Tenía un color verde esmeralda. Buscó el resto de las cosas. Nada le favorecía. Tampoco, se acercaban a su estilo de ropa. Se resignó.




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