Anabella Luccini y la flecha del silencio 1.0

7

En el establo, ubicado detrás de la entrada principal y cruzando un arco donde los criados entraban. Había unos doce caballos que los guardianes se ocupaban del servicio de custodia de la familia real. Y, el resto de ellos eran utilizados para algunas tareas de los criados. Otros de los animales que vivían allí, eran unas pocas gallinas que corrían en el espacio limitado de sus corrales y unos conejos dormían en sus improvisadas madrigueras de madera, ubicadas delante del gallinero.

Anabella se encontraba sentada en una banqueta de madera, observando a los cuidadores de los caballos, que peinaban a dos. Los cepillos se movían de forma circular sobre los lomos de los caballos, que disfrutaban de la atención de los hombres. La joven había encontrado el camino por su cuenta. Las miradas de los servidores se fijaban en ella con intriga, pensó que solo eran así de chismosos con las personas desconocidas. Todos los nitanianos que la veían se detenían a examinarla de pies a cabeza, otros susurraban con sus compañeros mientras la muchacha se paseaba por el castillo y el establo. No había alguna diferencia que actuarán tan reservados. O, ¿sí? Esto era una costumbre, los Estirados siempre la observaban fijo, como si algo no fuera normal en su cuerpo o en su voz. Anabella apoyó su codo derecho sobre una pierna, y reposó su mentón sobre el puño de su mano. Adaptó un modo pensativo ante los animales que recibían su aseo y cuidados.

En ese momento, sintió una mano sobre su hombro izquierdo. Se despabiló de todos sus pensamientos. Giró su cabeza y levantó sus ojos hacia Kith. De él, se olía un perfume a jabón. Anabella se incorporó de su asiento.

—Espero que no hayas usado mucho de tu ego con el príncipe — dijo Kith.

—Puedo ser agradable si dejas de recriminarme por todo — replicó ella. No recibió una respuesta, solo una fría mirada de advertencia.

El Mensajero pegó media vuelta, caminando fuera de los establos. A los segundos, la joven trotó, colocándose a la derecha de él. Avanzaron hacia la entrada principal, la joven vio a los guardias que ocupaban sus puestos delante de las puertas principales.

—Tengo preguntas, sé que no estás de buen humor para responderlas — dijo la muchacha decidida.

—Veamos que tienes hoy, Anabella.

— ¿Qué significan todos esos signos? Los veo en todas partes; pieles, puertas, vainas.

—Son hechizos de protección, todos tienen unas características diferentes como demonios, magia oscura y también, contra los ángeles caídos. Cuales son otorgadas a los Mensajeros. Veras, algunos de mis tatuajes son palabras en enoquiano. Es decir, el idioma de los ángeles. Cada vez, que cumples con alguna misión puedes tener la suerte de recibir uno como; honor, liderazgo o valentía.

—Y, siendo mitad demonio, ¿no te afecta ese idioma?

—Es lo que me queda, ahora. Luché por este cargo. Y no dejé de buscar mi lugar en Nitania. Sabía que el infierno no me consideraba parte de su reinado, ni siquiera mi madre me trataba como un igual. Hace veinte años, que me exiliaron del Infierno. Así anularon mi poder de teletransportarme, solo los polvos me ayudan a viajar. Y, sobre el control de la magia, es mi naturaleza.

A unos metros de ellos, había un carruaje con unos burros albinos y ojos violetas. Uno de ellos pateaba el suelo con sus cascos. Su dueño, un hombre mayor, estaba contando el dinero de sus ganancias delante del guardia, Alexander Riggs, quien revisaba la mercadería que iba a entrar. Se detuvieron para saludar. Kith estrechó la mano del guardia, y Anabella alzó su mano siendo ignorada por el muchacho. Dejó caer su mano a un lado de su cuerpo. El mercader recibió una aprobación, tirando de las riendas de su carreta y se alejó en dirección del castillo.

—Es increíble que termines siendo nuestra protegida — comentó Riggs, llevaba una mano sobre su espada —. Y, sobre todo, que disimules conocernos.

—Lástima que no puedas ir en contra de las órdenes del reino — dijo ella.

—Te daré dos días para que eches todo a perder, porque los Estirados siempre destruyen.

La joven se adelantó dos pasos, apartando a Kith del medio. El guardia no se movió. No mostraba intimidación por el enfado de la joven que apoyó su dedo índice sobre el uniforme de Riggs.

—Haz valer tu honor como guardia, deja el resto de los asuntos a la gente que le corresponde —le dijo ácidamente. Riggs la miró incrédulo, alejó a la joven delante de él.

—Encárgate de tu foránea, Mensajero — se despidió de ambos. Regresó sobre sus pasos, junto a la garita de seguridad.

El Mensajero tocó el hombro de Anabella, indicando que eso fue innecesario. Continuaron hacia la salida del castillo. Había un sendero en zigzag, con canteros llenos de arbustos. El viento era un poco más fuerte que hacía unos segundos. Levantó su cabeza hacia el cielo grisáceo donde las nubes circulaban con mayor velocidad. Miró a Kith, igualmente notando algo y colocó su mano sobre la empuñadura de su espada, dirigiendo la mirada en cada lugar a su alrededor. Anabella percibió una extraña energía que no podría ser un tornado de estación.

— ¡Cuidado! — gritó Riggs.

La tierra se abrió en grandes grietas, produciendo un gran temblor en todo el lugar. Riggs tiró de Anabella antes que cayera dentro del pozo, que continuaba abriéndose. Kith se acercó a ellos. Las nubes se tiñeron de negro. Los truenos se alzaron en el Valle Holos. A lo lejos, se oían gritos de pánico. El estremecimiento de la tierra proseguía rompiendo el suelo, levantando los adoquines.




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