— ¿Por qué me pides esto? — inquirió Riggs — ¿Acaso no has visto lo que causó, esta Estirada con la aparición de los Volcanos?
Estaban en el comedor. Era el mediodía. Muchos de los guardias de diferentes rangos tomaban sus almuerzos entre charlas y las miradas dirigidas hacia Anabella. Parecía que los Estirados tenían una mala reputación en Nitania. No dejarían de mirarla con esa incertidumbre y recelo.
—Sabes que nada de esto estaría ocurriendo, si no existiera un verdadero motivo para que los zombis y Volcanos aparezcan con formas violentas — tercio Kith.
—Buscaremos la flecha del Silencio, — añadió Anabella. El muchacho clavó su mirada sobre ella — ¿No quieres formar parte de la solución, a un posible levantamiento?
—Me equivoqué contigo — dijo Riggs, sin apartar su escéptica mirada de la joven — No pasaron dos días; sino, ¡dos minutos y provocaste una confrontación después de treinta años!
— ¿Perdón? ¿Acaso te parece que estoy pasándola bien? — replicó ella, frunciendo las cejas negras con coraje —. No puedo volver a mi mundo porque estaré corriendo el doble de riesgo para que me capturen. Y, ¿quién sabe qué pueden hacerme donde me lleven?
Kith alzó su mano callando a Anabella, que puso los ojos en blanco, se giró y terminó de comer lo último de su ensalada. El Mensajero revisó la hora. Creía que lo mejor sería descansar. Tanto como Kith y Alexander Riggs fueron los primeros en recibir más golpes, caídas y quemaduras durante la llegada de los Volcanos. En especial las incómodas muecas del guardia para llevarse bocados de avena a su boca, parecía que pequeños movimientos afectaban sus zonas heridas.
—Alexander, te daré tiempo para que lo pienses — dijo Kith, se incorporó del banco —. Nosotros estaremos hospedados en el Cuartel de Mensajeros de la ciudad.
—Ten suerte en el camino hacia el centro, no sea que te encuentres con algo más — mencionó Riggs con sarcasmo.
—Al menos, aceptamos desafíos. En cambio, tú pareces quedarte en tu confort, soldadito — se burló Anabella.
El Mensajero tiró del brazo de la joven, saliendo del comedor.
— ¡No puedo creerlo! — se quejó Kith, negando con la cabeza —. Intento que Alexander se una a nosotros, ¿acaso no entiendes que significa todo esto que ves y puedes percibir?
— ¡Ese guardia es igual a todos! — se defendió la joven, agitando sus manos como intranquilidad —. A diferencia de Zaria que espero que regrese a despedirse, al menos.
A medida que iban caminando, vieron a los trabajadores de obras reparar los daños del suelo. Rescataban algunos adoquines que permanecieron intactos y otros preparaban los materiales para refaccionar lo perdido. Al menos, estaban ocupados que no levantaron las miradas hacia ellos. En ciertas partes del pavimento estaban manchados de hollín, los aligustres estaban chamuscados y la tierra, pronto recuperaría su estado fértil. Las carretas estaban destruidas por el fuego. Los Volcanos congelados estaban en medio del camino, unos hombres con trajes de servicio examinaban a las bestias.
— Son Mensajeros, ¿no es así? — dedujo Anabella.
—Claro, están buscando algo en específico. Unos fragmentos para estudiarlos, así podrían confirmar el uso de magia negra en ellos. La magia tiene una característica de reconocer a quien la crea y manipula.
Al llegar a la salida, Anabella notó que el orificio del infierno no estaba allí. La tierra quedó revuelta. Los mosaicos del camino estaban enterrados por doquier. El Mensajero se fijó en la expresión de culpa en Anabella. Sujetó su muñeca, tirando con suavidad.
— ¿Tienes alguna idea de dónde podría estar Zaria? — preguntó ella.
—Tal vez, esté en el castillo — contestó vagamente —. No te preocupes. Encontraremos a alguien.
Entraron a la ciudad. Los edificios no eran de más de tres pisos, debajo se encontraban tiendas variadas de servicios como despensas, sastrerías, librerías y otros. Los ciudadanos, igualmente, reparaban los destrozos. Ella pensó que el hechicero no conocía su ubicación exactamente. Prefería arrasar con quienes tuvieran una breve idea o aquello que interviniera en el camino. Terminaron de cruzar las últimas calles del final de la ciudad.
En la plaza central, se alzaba una fuente de agua con grifos disponibles para el uso de los ciudadanos. Había una estatua de un metro setenta, era un hombre con un brazo levantado hacia el cielo, sosteniendo un espada con pequeñas gemas en la empuñadura y también, en el filo. Anabella se detuvo para leer la placa que estaba abajo de la escultura; Benicio I Hondas, primer rey de Valle Holos y héroe de las invasiones de elfos oscuros. Se detuvieron en un edificio de aspecto gótico, de color negro en cada característica del establecimiento. Estaban parados en el porche. Anabella descubrió una placa histórica, volvió a leer. Se enteró que era una de las primeras construcciones de Valle Holos. Las ventanas tenían un vidrio negro, evitando que los curiosos metieran sus narices. Kith apoyó su mano derecha sobre un círculo de plata, de profundidad de unos cinco centímetros instalado en la puerta negra. El circuito se iluminó y la puerta se abrió. Entraron.
Anabella observó asombrada que el hall principal poseía unas cinco columnas del lado izquierdo y del derecho. Eran de mármol genuino, las bases estaban decoradas con láminas de plata, esculpidas por unas cadenas de lirios. No había ruidos del exterior, eran anulados por la magia en el lugar. Kith comenzó a caminar decidido, ya conociendo las habitaciones y salones. Anabella se apresuró a seguirlo, después de contemplar todo detalladamente. En cada paso del Mensajero, una fina nube blanca subía desde sus pies hacia la cabeza hasta ocupar todo espacio de su cuerpo. Así mismo, Anabella estaba siendo cubierta por esta densidad de nubes, similares a las del cielo.