Se detuvieron a descansar. Habían dejado atrás Valle Holos. Todavía quedaba unas horas para llegar. La noche se presentó fría y oscura. El fuego ardía sobre las ramas que recogieron del lugar, iluminando a su alrededor y calentando a sus campistas. Riggs estaba durmiendo. Ella se despertó unas tres veces seguidas. Delante de ella, estaba Kith parado observaba la hoja afilada de su espada.
— ¿Crees que todo volverá a la normalidad?— preguntó Anabella, de golpe. Él se asustó dejando caer la espada.
—Deberías estar durmiendo — regañó, recogiendo el arma del suelo.
—Perdón, hay muchas cosas que pasan por mi cabeza, ahora mismo — dijo ella. Se incorporó de su bolsa de dormir. Caminó hacia Kith.
—La verdad que no puedo asegurar que tendrás todo de nuevo. No sabemos dónde nos lleva la Visión ni la flecha.
—Entiendo.
Anabella se cruzó de brazos. Kith apoyó su mano sobre el hombro de la joven. Se miraron. Ahí estaba la expresión de comprensión y empatía de él, nuevamente. Le parecía difícil que él creciera en el infierno, maltratado y golpeado millares de veces. Su esencia nunca cambio, no se contaminó. Era el ejemplo de un nefilim que evita caer en la red de los pecados, en la maldad de los demonios y en la locura de los humanos. Aquellos ojos indicaban que no iba a renunciar tan fácil.
—¿Oíste eso? — preguntó Kith.
—Solo es algún animal.
El Mensajero no le prestó atención. Desenvainó su espada girando sobre sus pies y observó los alrededores. Las figuras turbias del bosque lo confundían. Los sonidos se multiplicaron. Anabella se acercó lo suficiente al Mensajero.
—Voy a despertar a Alex — sugirió ella.
Llegaron unos hombres montados. Vestían con uniformes camuflados. En su mayoría, improvisados con diferentes telas y colores. Anabella se acercó a su otro compañero. Pellizcó su nariz, logrando que se despierte. Riggs miró a la chica con enfado, ella le señalo a los foráneos. Alexander se incorporó, tomando su espada debajo de las mantas y se colocó a Anabella a su lado.
El Mensajero se mantuvo en posición de ataque, en tanto buscaba al líder de estos rateros de Nitania. No tardó mucho en llegar, cabalgando en la criatura de piel negra sin pelaje.
— ¡Por fin, podemos conocernos! — dijo el líder a Anabella. Avanzó dos pasos más, hasta que sus azules ojos se reflejaron en la tenue luz del campamento — Tienes muchos admiradores en tan poco tiempo, Estiradilla — observó, bajo del animal con un salto. Le entregó las riendas a un compañero —. Soy Lucas Bell.
—¿Qué buscas aquí? — preguntó Kith. El ratero se rio por lo bajo.
Lucas hizo una reverencia hacia Kith, en modo de burla. Luego, se enderezó lentamente con los ojos fijos en Anabella. Torció la cabeza, extendiendo una mano a ella, pero la punta de la espada de Kith lo frenó. El pandillero se rio.
—Asique, hija de Trivok. Tienes un gran parecido. Casi una reencarnación.
—Espera un momento, — intervino Kith. Se interpuso entre ellos, envainó su espada — dime que quieres a cambio de los polvos mágicos.
— ¿Quieres hacer negocios, Mensajero? — dijo Lucas, meditando sobre la posibilidad de sacar algo bueno de él.
Anabella se sintió observada. A unos metros, un forastero le hizo un gesto. Se acercó. Le resultó raro que estuviese algo alejado de los otros. La joven dio unos pasos más. No lograba ver su rostro entre la oscuridad del parador.
— ¿Necesitas algo? — preguntó ella.
La mano del forastero tocó su cuello, marcando en su clavícula en forma de zig zag. Ella tardó en reaccionar, apartándose. Llevó una mano al lugar, no estaba herida. Solamente la tocó. El desconocido pegó media vuelta, saliendo al trote y perdiéndose en el denso bosque. No formaba parte de los pandilleros.
—¿Estás bien? ¿Quién era?— preguntó Riggs.
—No lo sé. — dijo, confundida.
—Tenemos que irnos. Kith está de mal humor.
Vio a Lucas jugando con un objeto brillante entre sus manos. El collar de Kith había sido intercambiada por unos polvos mágicos, no parecía contento con ese trueque. Anabella se alejó, cuando el Mensajero le entregó su bolsa de dormir con una mirada de fastidio. Desvió su mirada hacia Riggs, que subió a su caballo tomando las riendas. Ella, también lo hizo.
—Vamos, no perdamos más tiempo aquí — indicó Riggs acercándose al trote—. Y, trata de no ser demasiado curiosa con él. Después de todo, nació en el infierno.