Anabella Luccini y la flecha del silencio 1.0

9

Grishland era una pequeña ciudad rodeada por tres lagos de aguas turquesas, tanto en el día como en la noche, reflejaba la mirada del mundo. La ciudad estaba construida por edificios de madera de roble, pintadas de diversos colores. Había varios puentes entre las calles que unían los caminos. Anabella se fijó en las pocas personas vestidas de blanco donde tenían insignias de un copo de nieve celeste como puntos cardinales. Riggs iba a su lado, cabalgando despacio por las estrechas calles de Grishland. Más adelante, Kith caminaba sin la presencia de Felius.

Era similar a un asilo para ancianos, pero más agradable y menos ruidoso. Aquí todos eran retirados de sus cargos como guardianes y sirvientes de los Cuatro Reinos. Era toda una comunidad.

Alexander Riggs se colocó a la izquierda de la joven.

—Voy a terminar aquí a mis ochenta años, en caso, que lo estés pensando — comentó Riggs. Se detuvo, desmontando de su caballo.

— ¡Qué suertudo! — opinó Anabella, bajando de su yegua — ¿A quién venimos a ver?

—No sé — respondió Riggs.

Anabella observó que el Mensajero se tomaba un minuto para llamar a una casa de color blanco. Las paredes de la fachada estaban cubiertas por gruesas cortinas, evitando las miradas de los demás hacia el interior. Aquella casa buscaba privacidad, a diferencia de las otras. Riggs tocó el hombro de la chica, indicándole que había un viejo parador para los caballos. Luego de amarrarlos, se acercaron a Kith, que seguía meditando si golpear o quedarse el resto de la noche delante de la casa sin nada más que hacer.

—Sabes, que tienes que tocar para que puedas entrar ¿no? — intervino Anabella en los profundos pensamientos del Mensajero, que la miró con recelo —. Solo, digo que no tenemos mucho tiempo para extrañar o recordar, Kith.

Él llamó dos veces a la entrada. Al rato la puerta se abrió. Kith se quedó callado, mirando a la mujer de largo cabello gris que caía en ondas hasta su cintura. Kith se hundió de hombros y para sorpresa de todos, la anciana abrazó al muchacho con agrado y alivio de volver a encontrarlo en Grishland. Luego de aquel reencuentro, Kith presentó a sus compañeros de viaje.

—Escuché varias cosas de ti — le dijo la anciana a Anabella —. Soy Aurora Trivok. Tu abuela materna.

— ¿Qué? — dijo confundida. Miró a Kith que no hizo comentario alguno. Solo se quedó con su expresión seria.

—Entren, aquí afuera está helado.

Riggs cerró la puerta siendo el último. Había un pasillo con unas escaleras de cristal azul y un cuarto debajo de ellas. Por la derecha, se encontraba un salón de tonos cálidos y una decoración discreta. El Mensajero se sentó sobre una silla tapizada cerca de la anciana. Anabella y Riggs intercambiaron miradas e igual tomaron asiento en otras.

— ¿Han cenado? — preguntó Aurora cordialmente.

—Yo comería, de nuevo — aceptó Riggs. Recibió una mirada de reprobación de los otros. El guardia se encogió de hombros.

—Tengo unos excelentes buñuelos de calabaza de mi vecina Glenda — recordó la anciana. Se retiró a la cocina.

Anabella le arrojó un cojín al Mensajero dándole en la cara. Él se hundió de hombros.

—Sigues escondiéndome cosas, ¿qué parte no entiendes así no podremos funcionar como equipo? — reclamó ella.

—Cumplo con los tratos de palabra, Anabella.

— Solo quiero saber la verdad, aunque sepan que no va a agradarme o asustarme.

Aurora apareció cargando un pequeño bol de metal y los buñuelos dentro de ella, le entregó a Riggs que sonrió agradecido de la disponibilidad de la mujer y se sentó junto al Mensajero. Anabella trató de robarle unos buñuelos a Riggs, sin embargo, él alejó el recipiente hacia el otro lado. Hubo una pausa. La anciana contempló los rasgos familiares de Anabella, sonrió emotiva de encontrar un parentesco entre ellas.

— ¡Cada día, me sorprendes, Kith! Has prometido traer a mi hija, a cambio, volviste con mi nieta.

—A mí también me asombró, Aurora. Estaba en el momento y lugar indicado.

— Entonces ¿usted, inició la búsqueda de mi madre? — dijo Anabella.

—Sí, claro. Le pedí a las autoridades que fueran discretos, si sospechaban de alguien solo dieran una excusa para despistarlos — explicó Aurora, con desdén. Luego miró a Kith — ¿Qué sucede?

— ¿No le avisaste que vendríamos? — inquirió Riggs.

—No se preocupen — dijo Aurora —. A estas horas, me encuentran trabajando en algunos casos, que piden mi consulta.

—Aurora, debes disfrutar de tu retiro — regañó Kith. La anciana rio, dándole un pequeño empujón.

—Siempre le daré apoyo a Nitania, hasta mi último suspiro — mencionó con orgullo. Los muchachos entendían que el servicio nunca puede detenerte, porque siempre tienes algo que aportar a la sociedad. Ellos lo sabían.

—Parece que alguien anda en busca de un objeto divino, que solo tenía mi madre— interrumpió Anabella. La mirada gris de su abuela volvió hacia ella, su expresión de alegría por la visita, cambio a un estado de preocupación y alerta —. Al no encontrar a mi madre con vida, han decidido que sea yo quien devuelva lo que ella escondió.




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