La lluvia caía sobre Buenos Aires. Cada una de las gotas golpeaba contra las ventanas de la casa de Anabella, fue la primera en aparecer. Tropezó con la alfombra y se recuperó rápido. A continuación, llegaron Kith y Riggs. El último tenía su rostro descompuesto, ya que era su primera vez viajando por portales. El Mensajero cerró la puerta mágica con un deslizamiento de mano. Anabella comenzó a recordar cómo conoció a Kith. Encendió las luces del salón. Riggs dio un gruñido reprobando el hogar de la muchacha. En unas repisas, había fotografías de su madre, con su intenso cabello rojo y rizado, sosteniendo entre sus brazos a una niña de unos tres años, que sonreía felizmente.
—Elena siempre estuvo en la casa. A veces venía una amiga de ella, ambas eran huérfanas, eso les decían a todos — recordó Anabella. Miró un cuadro donde ambas mujeres de unos treinta y largos años estaban abrazadas con grandes sonrisas honestas a su amistad —. La flecha del Silencio se cambió de lugar. No siento su energía aquí.
— ¿Dónde crees que puede estar? — preguntó Kith.
—Mamá no pudo haber resuelto muchas cosas aquí. Pero, sí con su amiga, Rosa Palmar.
—Entonces, ¿qué hacemos aquí? — inquirió Riggs.
—Venimos por algo — respondió Anabella.
—¿Escuchan ese sonido? Viene de afuera — dijo el guardia. Comenzó a desenvainar la espada de su cinto.
—Quédate tranquilo. Es un auto pasando por la calle — dijo Anabella. Los muchachos se quedaron callados, observándola fijamente. Porque, no era cualquier auto, sino que, éste estacionó cerca de la casa, se escuchó que el motor se apagó y luego el golpe de la puerta tras cerrarse — ¡Mi papá!
—A eso me refería, Estirada — dijo Riggs.
Víctor Luccini estaba buscando las llaves para entrar. Los jóvenes no se movieron. La puerta se abrió. Anabella se sonrojó profundamente, pues tenía que dar varias explicaciones. El hombre de sesenta años observó a los muchachos vestidos de una manera peculiar. Nadie se movió, nadie dijo nada. Su padre soltó un gruñido de frustración. Anabella nunca se sintió tan preocupada por él. Víctor volvió a observar a su hija.
— ¿Dónde estabas? — preguntó su padre — ¡He estado como loco buscándote!
—Si te digo la verdad, tendría que demostrarlo para que puedas creer en eso.
— ¡Estuviste fuera de la casa durante días! — gruñó el hombre, sus mejillas estaban rojas de furia — ¡Toda la casa estaba alborotada...y tú, no estabas aquí!
—-Soy Kith Osk — dijo. Extendió la mano para estrechar la de Víctor, quien estaba colérico y confundido de la situación con su hija, ignoró al Mensajero.
—Hice una denuncia, Anabella — comentó su padre.
—Mamá no era lo que creías. Hay otro mundo, aparte de éste. Ellos vienen de allí —continuó ella. Tronó sus dedos, estaba sintiendo una tensión en su mano a causa del veneno mágico—. Aun no puedo quedarme contigo.
— ¿Qué te sucede? Siempre actúas raro como Elena.
—Anabella — llamó Kith.
—Te explicaré todo cuando regrese — se despidió.
Subieron las escaleras. Anabella quería decirle la verdad, confiaba en él, aunque tuvieran ciertas diferencias. El pasillo estaba iluminado por una tenue luz. La joven se metió a su dormitorio, permitió que Kith y Riggs ingresaran. Recorrió la habitación con la mirada.
— ¡Qué pequeño es tu aposento, Estirada! — dijo Riggs, sin evitar tocar algunos muñecos de colección.
— ¿Ahora, te agrado un poco más? — dijo Anabella, encendiendo la lámpara de su mesa.
—No te apresures — respondió Riggs, dejando los muñecos y se acercó a unas repisas de libros.
Anabella miró a su alrededor. Descartó varias cosas a su paso. Se agachó debajo de la cama, entre varias cajas de zapatos ocupadas y unos protectores de deportes que no usaba encontró una vieja y sucia caja ubicada debajo de la cabecera de la cama. La retiró, saliendo despacio para no golpearse. Se incorporó.
—Tu padre está asustado — comentó Kith.
—Lo sé — dijo, sentándose sobre la silla de su escritorio.
Contempló la caja sobre sus piernas. A sus ocho años, su madre le obsequio unos elementos. Le parecieron tonterías, decidió conservarlos por respeto a Elena. Quitó la tapa, ahí estaban todos ellos. Sus pensamientos aparecían a tal velocidad, que mareaban su visión. Estaba colocando todo en orden. De repente, pegó un salto abrupto. La flecha del Silencio, tal representaba su nombre, siempre permaneció bajo la mirada de vigilancia de Elena. Dado que la vida no fue justa con su madre, había dejado instrucciones que únicamente Rosa Palmar conocía. Pero de esta mujer nunca más supo su ubicación. Absolutamente nada. Sin embargo, Anabella estaba segura de encontrar la flecha del Silencio.
—Necesitamos trasladarnos al cementerio. Ahí están los restos de mi madre — acotó rápidamente.
—- ¿Hacer qué? —dijeron ambos, tan sorprendidos. Riggs perdió el poco interés del dormitorio de ella.
—Sé que está prohibido revolver las tumbas, es una falta de ética y moral —se disculpó Anabella. Riggs colocó los ojos en blanco —. Pero, allí hay silencio donde los familiares dan plegarias a quienes perdieron.
—Entiendo — dijo Kith. Se colocó de pie, acomodando su túnica —. La flecha descansa en el silencio, en la calma y se mantiene protegida rodeada por la presencia de los creyentes, cada día.
—Exactamente — concordó Anabella.
—A ver, si comprendo — dijo Riggs. Su expresión mostraba incredulidad, y disgusto, por lo que estaban a punto de hacer en un lugar sagrado, también daba miedo-— ¿Vamos a interferir en el descanso de tu madre, donde estará la flecha del Silencio, la cual conserva sus poderes porque, Dios está más presente en el cementerio, que en una iglesia?
Anabella y Kith asintieron. El guardián soltó una risa burlona, luego, miró la caja que la joven sostenía contra su pecho y se hundió de hombros. Pegó media vuelta, dispuesto a continuar en la búsqueda. La joven siguió a Riggs, y luego se sumó Kith. Bajaron las escaleras.