Anabella Luccini y la flecha del silencio 1.0

11

El cementerio de Chacarita. Su deterioro y los fantasmas que se veían a todas horas. Aquí, se encontraba los restos de Elena Trivok. No había visitas y las puertas estaban bajo candados. Había varios carteles. La posibilidad de que los dueños del cementerio tuvieran cámaras activadas, o alarmas era el menor de sus problemas. Más tarde, resolverían aquello que podía meterlos en buenos líos legales. Kith chasqueo los dedos sobre los candados, que accedieron a su magia. Riggs empujó la enorme puerta de rejas, se colaron. Anabella se sentía más vulnerable. Tenían que pasar por el centro de los nichos hasta las galerías de las bóvedas.

En tanto, se acercaban por los estrechos pasajes, que no habían sido bloqueados. Kith y Riggs sujetaban las empuñaduras de sus espadas, poniendo todo tipo de atención en cada rincón o sombra que se moviera en torno a ellos. Capaz que algún gato paseando entre la oscuridad. O murciélagos buscando algo para cazar. Anabella tropezó, otra vez. Los dolores volvieron a someterla. Riggs se acercó a ella, ayudándola a ponerse en pie y tomó la caja.

— ¿No puedes hacer algo por ella? — preguntó Riggs al Mensajero.

—-Ojalá pudiera — dijo apenado —. Los hechiceros tienen una marca activa. Si colocó mi magia en ella, terminaría matándola.

—Genial — bufó incrédulo.

Anabella levantó su mano hacia una esquina, allí estaba la bóveda de los Luccini. El guardia le ayudó a recorrer los pocos metros que faltaban hacia la puerta. El pasillo era algo angosto y una nueva corona de flores amarillas decoraba la entrada. Las pequeñas ventanas tenían un vitro de dos ángeles en vigía. Las manos de Anabella dejaron caer la llave. Kith la recuperó y abrió la puerta. Entraron.

En seguida, la joven escuchó la armoniosa y gentil voz dirigirse a ella. La flecha del Silencio estaba aquí. Kith notó que había algunas velas sin usar con bases, encendió un par iluminando todo el interior. Alexander Riggs se quedó custodiando la entrada. La oscuridad se atenuó. Anabella se acercó al ataúd de su madre, quien pidió que grabaran su placa con el lema de Nitania; De la tierra naces, a la tierra vuelves. Era el deber de Elena en proteger la flecha, como Anabella entregar la flecha del Silencio a Nitania.

—Estás muy vulnerable, lo que tengas pensando; hazlo, ya — ordenó Kith.

—En la visión de la Verdad, me mostró los cuatro elementos que, supongo que abrirán el escondite. Por eso Rosa siguió a mi madre a este mundo. Así que la protegió en mi casa. Por eso, quedaba una esencia pura de la Flecha del Silencio cuando llegamos.

— ¿Estás segura que su amiga no la traicionó? — dijo Riggs.

—No, de hecho los llamados son más claros aquí — contestó ella.

La joven retiró la tapa de la caja, viendo los objetos elegidos para hacer funcionar el contra hechizo de Rosa Palmar sobre el ataúd. Anabella tosió, escupió sangre en su mano.

—Anabella — llamó Kith. La muchacha levantó su mano impidiendo que hablará.

Ella colocó una concha de mar, un obsequio del océano; recogió una porta velas, colocándola junto al elemento del mar. Y, una roca con un símbolo enoquiano. A continuación, sopló sobre el extremo izquierdo del sarcófago a la vez, que apoyaba las manos sobre la madera de roble. Cerró los ojos . Aún no ocurría nada. Estaba confundida, debía haber accedido al escondite. Todo estaba igual.

—No entiendo — dijo ella.

— ¿Venimos aquí para que juegues a ser una bruja? — inquirió Riggs, girándose de su sitio.

— Es que, en la casa de Aurora, recordé donde estaban las cosas que mi madre me entregó. Me dejó un claro mensaje en mi crianza; soy la protectora de la flecha si ella no estaba.

— ¿Cómo puede ser un Estirado protector de algo tan valioso?

—No empiecen — interrumpió Kith.

En ese momento se escuchó unas grandes pisadas que hizo temblar todo el terreno. Kith dio un resoplido, desenvaino su espada. Se acercó a Riggs, vieron a una criatura negra a unos metros de la bóveda Luccini. El Mensajero soltó un insulto. Empujó a Riggs, tomando el coraje de darle tiempo a Anabella.

—Vuelve a intentarlo – dijo, abriendo la puerta.

— ¿Estás jodiendo? — protestó ella

—Nunca es tarde para la victoria.

Y, salió.

Anabella se giró hacia el ataúd. Cerró los ojos. Repitió la misma acción, sintió que la madera comenzaba a escarcharse a gran velocidad y luego, se desplazó por toda la estructura. El hielo quebró la madera en el centro, debajo de las manijas y se desplegó una compuerta.

— ¡Lo hiciste! — dijo Riggs.

—Ya no podrás decir que soy una Estirada, ¿eh?

Anabella introdujo su mano dentro de la cavidad luminosa. Tocó un metal helado. Una energía se trasmitió por todo el cuerpo de la joven. Tiró de la flecha, sacándola y el escondite se cerró. Volvió a la normalidad. Observó las remeras de la flecha del Silencio eran plumas del arcángel Rafael, así identificaba a su dueño. Y, la punta parecía ser letal, tan afilada que destrozaría cualquier blanco. Riggs se acercó a ella rápidamente, al tiempo que una fría neblina aparecía alrededor de la joven. El muchacho tomó el hombro de ella, sabiendo que la flecha del Silencio los transportaría a Nitania. La bruma se hizo más densa, llenando cada rincón y segundos después, entraron al portal que abrió la flecha del Silencio.




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