Cayeron sobre el arenoso y caliente suelo de los desiertos Rojos. Anabella giró sobre su cuerpo, a su lado los gruñidos y arcadas de Riggs le causó empatía, pues no era la única que debía acostumbrarse a esto. Se incorporaron, contemplando los pequeños caminos marcados en el suelo. Había otras personas, además de ellos. Anabella poseía la habilidad de presentir las auras, y estas no eran buenas. Avanzaron por el camino hacia la ciudad. Kith tenía razón. Había llegado a este lugar por aquello que la diferenciaba de los Estirados.
—Anabella.
— ¿Qué pasa?
—Vas a tener que defenderte, en cuanto lleguemos.
-—Sí, lo sé. Puedo sentir sus auras malas.
— No creo que eso me tranquilice — dijo Riggs.
Entraron a la ciudad de los ángeles. Las lámparas de aceite estaban colocadas en el sendero de concreto ayudando a los chicos a no tropezar y también, llegar más rápido. Riggs miró a su alrededor, decidió sacar su espada y ella lo imitó. A unos metros, observaron la destrozada arquitectura del santuario de los ángeles. Era el ingreso a una cueva.
—Llegaron — dijo una voz femenina —, estaba segura que no ibas a rendirte.
—Nunca mostré lo contrario — aseguró Anabella. La mujer le sonrió.
—Eres ilusa por creer que los Estirados nos agradan — dijo Zaria.
—No entiendo. Tú, desapareciste en el enfrentamiento con los Volcanos.
—Yo fui quien los convocó, necesitaba que tuvieras un incentivo -— dijo con una sonrisa arrogante — Entremos.
—Zaria, ¿es una broma? — inquirió Riggs — ¿Cuándo decidiste darnos la espalda, de este modo tan inmoral? Hiciste un juramento.
— No eres muy bueno para ellos, Alexander. Te falta instinto para ser vigilante, por eso nunca lograrás ascender — dijo despectivamente. Encabezó el camino, y ellos la siguieron a la entrada —. Desde la guerra oscura, mis padres y mis hermanos fueron asesinados. Tenía cinco años en ese momento. Un demonio me tomó prisionera, me llevó al infierno y he crecido allí. A medida que iban pasando los años, algunos sirvientes de los Príncipes del Infierno me daban tareas para obedecer los deseos de cualquier líder del infierno y conocí la prisión más poderosa de todas. Yo era una simple chica.
>> Ese día no fue el último que bajé a ver las celdas de los más fuertes. Escuché su voz, creía que era mi padre. Sin embargo, era el Señor del Caos me ofreció la inmortalidad y controlar la magia invisible, es decir, puedo desaparecer mis energías. Así como todo lo demás que quiera que sea poco perceptible.
—Si te criaste en el infierno, has estado relacionada con Kith — mencionó Anabella.
—El Mensajero desconoce mis relaciones internas en el infierno, fui precavida y astuta al meterme al servicio del Señor del Caos — dijo la mujer, cogió dos antorchas y le entregó una a Riggs.
La cueva tenía una entrada irregular, más rústica y de tiempos pasados. Era notable que nadie habría entrado al lugar, luego de la partida de los ángeles. Las marcas de símbolos en el idioma de los ángeles estaban en algunas piedras. Y, en otras eran plegarias. O, tal vez, fueran informes históricos de los comienzos de Nitania. Anabella se sentía tan decepcionada de la guardiana, había sido amable y comprensiva desde que se conocieron. Incluso, pensó en hacer el viaje a Grishland con ella porque le caía bien. Sentía impotencia de no haber podido descubrirla. Ya todo estaba hecho. Zaria Hondas había sido corrompida desde muy niña.
Las paredes de la cueva se ampliaron. Los tonos rojizos comenzaron a verse más claros, casi anaranjados y detalles en dorado por los viejos jeroglíficos de magia celestial. Era un gran salón, tenía una mesa circular de roble y sillas a su alrededor, donde estaban los demonios de Zaria. Descendieron por unas escaleras. La flecha del Silencio le dio una fuerte sacudida a Anabella que controló el impulso de soltarla.
—Entonces, ¿tú fuiste la que me dio el veneno y me llevó a esa visión? — preguntó Anabella.
—Usé una ilusión, me ha costado trabajo perfeccionar las apariencias.
—Quiero el antídoto, primero — dijo. Zaria soltó una risa de burla —. Era el trato.
-—Cierto, pero no has firmado nada respecto a eso — repuso la guardiana, clavó su espada en la tierra —. Ahora, la flecha.
—Entonces, me espiaste todo este tiempo. Con los zombis y los Volcanos. Y para colmo, me envenenaste para no fallar.
Levantó su espada apuntando hacia la guardiana, volvió a reírse y negó con la cabeza. Alzó sus manos, indicando a dos demonios que se acercarán a su lado. Anabella apretó la empuñadura, marcando sus nudillos. Riggs se colocó en guardia. La guardiana hizo un gesto con su cabeza. Los demonios avanzaron hacia ellos. El demonio de la derecha se lanzó sobre Anabella, derribándola. La flecha estaba aferrada a su mano. Esperaba no tener un calambre, no sería adecuado para estos momentos. Ella le dio un golpe en la cabeza con la empuñadura del arma, alejando a su atacante. Rápidamente, el demonio la sujetó de la túnica arrojándola hacia un muro. La muchacha cayó sobre el suelo a unos metros de él. Se incorporó, al tiempo que su opositor se acercaba a ella con una amarga sonrisa. Riggs mantenía una buena pelea. Sus mandobles eran directos y acertados, venciendo al demonio frente a él. La desventaja es que, los demonios eran duros de vencer.
Anabella recibió una patada en el pecho, provocando que perdiera el equilibrio. Se incorporó con rapidez. Regresó a la pelea. Dio un mandoble, el atacante lo esquivo fácilmente y le dio otra patada en el estómago. Ella se quedó sin aire, tosió. Se recuperó y saltó sobre el demonio donde tuvo la oportunidad de hundir la espada en el hombro de él. Anabella corrió hacia Riggs en su lucha injusta. Evitó que un demonio lo mordiera, clavando el filo de su espada en el abdomen y éste cayó. Se colocó a espaldas de Riggs.
— ¿Tienes la flecha, aún? — preguntó él.
—Sí, siento su energía. Pero, no podré soportarlo por más — contestó, dando una patada a un demonio que intentaba pararse después de darle una puñalada en el pecho.