Kith hizo un llamado al cuartel de Mensajeros, quienes aparecieron en la vieja ciudad. Entre ellos, estaba Alia Markinen. El estado de shock en Anabella parecía perderla en todos sus pensamientos. Estaba sentada sobre una silla observando un rincón. No tenía ganas de hablar con nadie. Sin embargo, tenía que dar su testimonio. Era la responsable de que la misión fracasara. Se sentía tan incompetente, maltratada y engañada por las apariencias falsas de Zaria. Su estima por la guardiana, ahora tenía un gran remordimiento. Las manos le temblaban de la impotencia. El resto de los Mensajeros examinaba el lugar, en busca de algunas cosas ultrajadas por los demonios. Alia se sentó sobre la mesa.
—Mataron a Alexander — murmuró Anabella —. Tendría que quedarme con él, no abandonarlo a su suerte.
—Sabes, que él aceptó unirse al equipo.— le dijo Kith.
— ¡Nunca quiso venir, lo forzamos!
—Anabella, no puedes vivir con la culpa por siempre — comentó Alia con suavidad.
— ¿No tienes que volver al agua? — le atajó molesta. La sirena soltó un suspiro y saltó de su lugar, acercándose a ella.
—Si hablas conmigo, podremos hacer que la muerte de Riggs no sea en vano — le alentó.
Anabella gruñó. Dio un puñetazo sobre su pierna, frustrada y agobiada de los procesos de investigación. Los Mensajeros iban tachando elementos a sus catálogos históricos. Incluso, permitió que objetos de gran valor fueran saqueados. Resistió lamentarse, respiró hondo suprimiendo las ganas de llorar de dolor y fracaso. Lo había intentado, sin estar preparada. Pero, ¿para qué situación nos sentimos preparados, realmente? Nunca estamos preparados para enfrentarnos a situaciones de riesgo. Así como desactivar una bomba en zona de guerra, o correr a través del fuego para salvar vidas. Este era el sentimiento que no dejaba de percibir en sí misma.
—Zaria Hondas era la hechicera, estuvo detrás de todos y nadie se dio cuenta de sus fatales planes — reclamó la joven. Le ardía el estómago de la ira al nombrarla, como si aquella mujer fuera la persona más tóxica que pudo cruzarse en su camino —. Usó sus poderes todo el tiempo, nunca logré detectar algo de maldad o sospechar de ella. Pensaba, que estaba siendo amable y agradable. Creía que era una mujer que no miraba las diferencias de razas, que era comprensiva y amistosa ¡Realmente, me equivoque!
— ¿Nuestra mejor guardiana de Valle Holos? — dijo Alia asombrada.
—Ella nos hizo el cuento del tío — aseguró Anabella —. Es decir, nos vendió una cara bonita y gentil. Pero, luego nos quitó la confianza y mostró su arrogancia.
—Kith, ¿no has sospechado nada? — indagó la sirena.
—Éramos buenos amigos en el infierno. Cada quien, hace lo posible para sobrevivir —contestó, estaba parado junto a Anabella —. Algunos mortales que fallecen, o son víctimas de demonios suelen pedir algo a cambio como inmortalidad, poderes o un trabajo menos desagradable.
—Entonces, ¿desde qué Zaria llegó al castillo, tampoco has visto acciones extrañas?
—No, para nada — dijo él —. Zaria mostraba lealtad, ayudaba a los heridos y apoyaba los proyectos del rey Mercury.
— ¡Qué curioso! — sopló Anabella —. Zaria escuchaba todo lo que pasaba en Nitania, así sabría dónde empezar a reclutar a nitanianos.
Era una gran razón. Zaria había formado su capacitación como guardiana para entrar a la cámara de archivos, entre todos los involucrados en la guerra oscura. Estaba todo en sus manos, podía entrar y salir a su voluntad, mentir y engañar si llegaban a sospechar de ella. El uso de su magia era un gran elemento para tapar todo, y convertirse en una simple mujer. Anabella analizaba cada segundo, que la guardiana tuvo todo bajo control. Y, el momento de revelar la verdad no era algo que le interfiriera en lo siguiente. Además, el hecho que Anabella no era tan fuerte ni sabía meterse en una pelea le facilitó las cosas.
— ¿Estás bien? — preguntó Kith.
—Daré el testimonio — decidió.
—Entonces, sígueme — asintió Alia. Le extendió su mano aportándole un poco más seguridad -—. Prometo no morderte.
—Ojalá pudieras darte el gusto — musitó desanimada. Se incorporó.
—Iremos al cuartel general — dijo la sirena, pasó su mirada azul sobre el hombre —. También tienes que informar al director de tu falta en la situación.
—Eso es cierto, casi lo olvidó — dijo Kith.
Anabella y los Mensajeros se dirigieron hacia el gran reino, el primero de todos en gobernar sobre el mundo. El cielo. La joven debía mostrarse más emocionada y curiosa, sabiendo hacia dónde irían. Pero, el dolor y la traición era el sabor más amargo que pudo sentir, desde hacía tiempo. Ya las peleas y malas experiencias a sus dieciocho años no era nada comparado a la falsa amistad con una hechicera inmortal. Salieron de la cueva, sin hablar. Doblaron a la izquierda siguiendo un sendero de piedras grises. Notó que el cielo se había limpiado. Amaneció, con todos sus tonos rojos sobre el desierto infértil.
Llegaron a un antro de columnas intactas, tan blancas y relucientes que parecía ser una nueva construcción en el territorio. Anabella comprendió que eran las puertas al Edén, así es como llegaban los ángeles. Alia le indicó que se detuviera frente a las líneas doradas de la caseta griega. Kith estaba a su izquierda, y del otro lado, la sirena. Ambos extendieron sus brazos hacia el centro de las cruzadas líneas punteadas, Anabella los imitó.
Una fugaz luz bajo del cielo rojizo, iluminaba con gran fuerza alrededor de ellos. En un pestañeo, Anabella percibió que cambiaron de ambiente. El silencio no era solitario, al contrario, estaba lleno de armonía y tranquilidad. Un lugar seguro. Anabella dio dos pasos atrás saliendo de la plataforma celestial. Sus ojos se abrieron más de lo normal. Había un gran jardín de gran follaje, de colores tan vivos y brillantes que creía estar soñando. Se pellizcó el brazo y le dolió. Giró hacia Kith, su ropa estaba desprendiendo un gas oscuro, era el proceso de purificación. Anabella estaba insegura de lograr pasar al gran salón de reuniones, porque nunca fue devota. Pero, aquello parecía no importar. Creer en algo, era suficiente.