Anabella retomó sus actividades nuevamente, asistió a las últimas clases del primer cuatrimestre de la universidad y estudió para sus exámenes en la semana anterior. Algunos compañeros más allegados a ella le ayudaron a ponerse al día. Anabella les mencionó que tuvo que viajar a la provincia de Entre Ríos por una enfermedad muy grave de su tío Jaime – claro que no fue así, era una coartada -, Anabella no estaba segura de continuar estudiando, sus pensamientos siempre se dirigían hacia Nitania. Extrañaba la compañía de Kith y lamentaba que Riggs ya no estuviera presente.
El viernes por la tarde, alrededor de las cinco, su padre regresó del supermercado. Hizo la despensa de la semana próxima, comprando carne y verduras frescas aunque él no era fanático de las verduras, sabía que Anabella comía éstas. Ella se encontraba sentada en la sala, pensó escribir sus pensamientos y sus inseguridades en un cuaderno. Así podría poner las cosas en orden cronológico de su fallo en la misión de la Flecha del Silencio. Víctor saludó a su hija.
—¿Qué haces?— preguntó Víctor dejando las bolsas sobre la entrada, sacudiendo sus manos, las bolsas estaban pesadas.
—Estaba escribiendo. — respondió, girando su cabeza para mirar a su padre — ¿Quieres que haga la cena?
—Solo si tú quieres, claro. Yo no tengo problema.
—De acuerdo. Preparé la cena, entonces.
Víctor se acercó a su hija para darle un beso en su frente y acaricio su rostro con cariño. Cogió las bolsas llevándolas a la cocina, Anabella continuó escribiendo sobre Nitania. Su padre comenzó a tararear una canción muy conocida de una banda de los años ochenta, reconoció el tema y sonrió. The Cramps. Amaba esa banda, comenzó a seguir el ritmo de la canción a su padre que guardaba las compras en la heladera, moviendo su cuerpo en una danza algo inexperta y torpe, ambos no tenían coordinación para el baile. Anabella nunca fue a discotecas ni fiestas porque no le veía el sentido de estar agrupada con muchas personas, sudando y siendo empujada o esos chicos que se creían dioses griegos para venir a coquetearle. No era para ella, absolutamente.
—¡Esa es una gran canción ! — dijo Víctor sonriendo. Se notaba muy animado en el día de hoy, incluso había mejorado mucho la relación con Anabella.
Su padre continuaba con el baile dando paso a paso acercándose a su hija con el objetivo de hacerla bailar. Anabella dejó su cuaderno, comprendiendo la idea de Víctor. Se incorporó del sillón. Empezó a moverse torpemente hacia su padre, hasta llegar a estar cerca uno del otro, bailando sin música solamente la diversión que compartían de entretenerse un rato antes de volver a sus fatigadas rutinas. Víctor tomó el rostro de su hija, llenándola de besos sobre sus mejillas y su frente.
—Te quiero muchísimo, hija. No tienes idea cuánto vales para mí — confesó.
—Lo sé, papá. Yo también te quiero mucho y te admiro. Eres un excelente padre.
—¿Qué cocinarás? ¿Invitarás algún amigo? — preguntó.
—Pensaba hacer carne a la sartén con unas papas hervidas — respondió, volviendo a sentarse—. No vendrá nadie. Solo seremos nosotros dos.
El timbre sonó. Intercambiaron una mirada, no esperaba la visita de nadie. Posiblemente, sea un vecino necesitando algo o adolescentes sin nada más que hacer que molestar a las personas y salir corriendo, solía suceder. Víctor se dirigió hacia la puerta, frunció el ceño. Giró su cabeza hacia su hija.
—Creo que te buscan — dijo él. Anabella giró su cabeza, extrañada que alguien fuese a visitarla. Tenía muy pocos amigos, que andaban trabajando a estas horas —, tu amigo de Nitania. No recuerdo su nombre.
—¿Kith?
—Sí, ese mismo. Está parado fuera con esas ropas tan raras que viste.
Anabella se dirigió hacia la entrada, cogiendo sus llaves para recibir al Mensajero. Abrió la puerta, le sonrió a Kith. Vestía una túnica de color gris oscuro y unos pantalones ceñidos a sus piernas, con las botas que llegaban hasta por encima de los gemelos de sus piernas. Ella camino, cruzando el porche hacia la primera puerta de calle para abrir y dejar ingresar a Kith.
—Hola — dijo ella con una sonrisa —, ¿está todo bien?
—Tengo noticias, Anabella. Vengo para dártelas — respondió directamente. Ella asintió, lo invitó a pasar con un gesto hacia el interior de su casa.
Anabella y Kith ingresaron al salón, su padre estrechó la mano del Mensajero para luego retirarse hacia su habitación dando la privacidad que ellos necesitaban. Quedaron a solas. Anabella hizo un gesto con su mano para que su visitante tomara asiento en el sillón, lo miró. Kith parecía estar más fatigado de lo normal, de por sí tenía esa mirada profunda y severa, aunque su cualidad siempre había sido la prioridad de cuidar a Anabella de los peligros que pasaron cuando se conocieron.
—¿Quieres beber algo?— preguntó ella con amabilidad.
—Solo, agua.
—Sí, claro. Ya vuelvo.
Se retiró hacia la cocina. Tenía un pequeño dispenser de agua allí, cogió un vaso de una alacena y sirvió, regresó con Kith entregándole su bebida. Estaba sediento, vació la bebida de un solo trago rápidamente. Anabella se sentó a su lado, tomando el libro para depositarlo en la mesa ratona del salón, se acomodó para quedar viendo al Mensajero. Su vestimenta era más casual que su original uniforme, debía estar en sus días de descanso.
—¿Cómo estás, Kith? Veo que estás cansado de tu rutina.
—Sí, es cierto, estuve muy ocupado. Hubiese venido antes solo que no tuve el tiempo, recién hoy tengo el permiso de visitarte — respondió. — ¿Cómo estás llevando todo?
—Un poco más atareado desde que volví. Tuve que estudiar con unos compañeros para reintegrarme a la universidad — contestó ella. Kith ponía atención a la joven. — ¿Cuáles son las noticias que tienes?
—De acuerdo, voy a lo primero. — respondió, ella asintió — regresaron el cuerpo de Riggs a la familia. Los Mensajeros del Cuarto Reinos lo encontraron, solo que su alma está pérdida. Su familia hará un funeral. Bueno, solo me dijeron que no sienten remordimiento por lo ocurrido y estás invitada.