Los Luccini estaban emocionados por la invitación, estaba todo bien. Anabella estaba en la cocina y la comida estaba casi lista tan pronto llegaran las visitas de Nitania. Anabella esperaba que las papas se enfriaran en la heladera. La música del estéreo se escuchaba en toda la casa. La carne estaba trozada, condimentada y lista para cocinarse, aún no era tiempo tenían que llegar Kith y Aurora. Víctor estaba vistiéndose, hacía un rato terminó de acomodar y limpiar la sala. Todo estaba saliendo bien. Estaba nervioso por la reacción que tendría a ver a su suegra, madre del amor de su vida. Anabella iba cantando en voz baja las canciones que sonaban de su artista favorito, un norteamericano con un género de rap rock. Le gustaban sus letras, tenían un significado en un orden cronológico. Él eran muy buen músico, un chico que Anabella admiraba.
Escuchó unos pasos por el salón, se giró y caminó hacia la entrada de la cocina, viendo que se trataba de su padre con una mirada ansiosa y las manos le sudaban, parecía haber enfermado, ahora sabía lo que esperaba por todos esos años sin la familia de Elena.
—Quizás estoy exagerando — dijo su padre la miró con inquietud —, ¿estoy bien vestido?
—Papá, estás perfecto así ¡Vamos, todo irá bien!
—No lo sé, podré cruzarme con otro de sus familiares y no agradarles — comentó su temor, encogiéndose de hombros. Víctor bufó. Anabella continuaba a la espera de sus invitados.
—Bueno, ¿cómo era el nombre de ellos?
—Aurora. Y, mi amigo Kith Osk.
—Sí, estoy un poco nervioso, bueno, demasiado — admitió, sentándose en una silla de la mesa de la cocina donde estarían todos.
Anabella sacó las papas frías de la heladera después de diez minutos, estaban un poco tibias pero no sería problema para la ensalada de mayonesa y huevo. Víctor se acercó a su hija y le dio la palmada cariñosa en el hombro. Ella tenía el cabello recogido en dos trenzas de estilo romano con dos lazos negros al final. Parecía una dulce niña con el rostro de una adulta. Su padre notó el cambio de niña a mujer de Anabella logrando que se emocione. Ya era el tiempo de soltar la mano de Anabella que demostró que luchar contra una guardiana con grandes poderes y salir sana de eso, consecuencia de sus actos más allá de la valentía indicaba que su círculo de adolescencia de diecinueve años se cerraba.
—Creciste mucho.— dijo él. Anabella se volvió hacia su padre, alzando una ceja— Tengo que aceptarlo. Me diste los mejores días de mi vida, fue hermoso poder ofrecerte todo de esta vida. Tomaste la lección de sobrevivir para poder vivir.
—La verdad que no fue nada fácil, papá. Hubo daños y prejuicios. Perdí la flecha del Silencio, una arma celestial que debía volver con su dueño — replicó Anabella, bajando su mirada —. Solo si hubiese sido más inteligente, habría herido a Zaria y coger la flecha, luchar contra esos demonios y así poder salvar a Riggs. Sin embargo, no lo fue.
—Calma, tranquila. Hiciste lo que estaban en tus manos.— dijo su padre, acercándose a ella para tomar el mentón y alzar su cabeza — Tu amigo sabe que lo importante fue la causa por cual decidió luchar, si no me equivocó fue una misión de gran importancia.
—Sí, papá. Fue una misión que debió cumplirse, pero fallamos…
—Encontraran el modo de recuperarla. Muchas veces la vida nos sorprende y nos ofrece una segunda oportunidad en el momento menos esperado — alentó Víctor, dándole unos golpecitos suaves en la barbilla —. Tienes más potencial que todos en la familia Luccini. Sé que podrás tomar el camino correcto. Confió en ti.
Escucharon el timbre. Víctor retrocedió, mirando a su hija con cariño y admiración. Ella exhalo e inhalo nuevo aire para recibir a sus visitas para la cena. Su padre se dirigió a abrir la puerta a sus invitados. Anabella preparó las papas y colocó los demás ingredientes para la ensalada, al tiempo que Kith y Aurora ingresaban a la cocina para saludarla.
—¡Hola, nieta!—dijo la anciana con un vestido púrpura con el cuello de tortuga y de mangas anchas cayendo por los codos. Se abrazaron con fuerza—. Lamento que Riggs acabara así. Me llegó la noticia.
—Oh, está bien…—susurró Anabella, hizo una mueca tímida. — Toma asiento, abuela. Pronto estará la carne.
Aurora asintió, escogiendo una de las sillas de la mesa. Kith tocó el brazo descubierto de ella, sonriéndole un poco de rubor en las mejillas de él. Víctor llegó a la cocina, ofreciendo a los invitados destapar un vino tinto para beber entre tanto la carne se cocinaba. Vio a la anciana, con su cabello blanco recogido en una corona de trenzas con una flor de plata como adorno. Sus ojos eran color gris perlado, como los ojos de Anabella. Era muy parecida a Elena, excepto la forma de sus ojos, éstos eran más grandes y alargados. Víctor se presentó, estrechando con fuerza la mano de Aurora. Sirvió el vino en las copas de todos, entregando a cada quien.
—Educaste a una gran chica, Víctor—dijo la abuela sonriéndole con amabilidad. El hombre asintió.
—No fue fácil. Anabella es orgullosa y muy atrevida cuando tiene una idea en la cabeza, es casi imposible convencerla de lo contrario—aseguró Víctor.
Anabella le sonrió al Mensajero, escuchando los halagos de sus parientes, provocando que su rostro se pusiera rojo de incomodidad al oírlos tan seguros. Claro que no creía ser muy atrevida. Agregó sal a la carne de cada uno. Su padre bajó el volumen del estéreo para poder conversar entre todos, la música rap rock de Anabella ahora era un susurro en la casa como voces en segundo plano. Kith estaba quieto, inmutado e incómodo de ser un invitado en el mundo de los Estirados. Sabía que el Mensajero tendría esa intranquilidad, de por sí era difícil hacerlo sentir cómodo en algún lugar que desconociera o que no fuese él quien tenga el control ni orden del sitio donde estuviese siendo parte de una reunión de un Estirado. Era un joven muy centrado y dispuesto a mantenerse en actividad. Se acercó más a Anabella.