Capítulo 1: El chico de ojos de fuego
El sol de la mañana se colaba entre los árboles del camino hacia la Escuela Mitsuyo, pero Kanade no levantaba la vista del suelo. Sus zapatillas apenas hacían ruido contra el asfalto, como si caminara sin querer ser escuchado. El aire olía a tierra mojada y a las flores del cerezo que bordeaban la entrada, aunque él no parecía notarlo.
Llevaba la capucha de su sudadera blanca medio subida, pero su cabello —blanco como la leche, pero sin un solo rastro de vejez— sobresalía por los lados. Y sus ojos… dos rubíes encendidos en un rostro pálido. Esos ojos no miraban a nadie, pero todos miraban sus ojos.
—Mira, es el nuevo —susurró una chica de cabello rosa, empujando con el codo a su amiga—. Dicen que se apellida Kanade. ¿Y ese color de pelo? ¿Será teñido?
—No seas ingenua —respondió la otra, bajando la voz—. Mi primo está en su clase y le dijo a mi hermana que… que es mitad fénix.
—¿Mitad fénix? ¿En serio? —La primera soltó una risa nerviosa—. Eso no existe. Es un chico raro, nada más.
Kanade las escuchaba. Las escuchaba todas. Los murmullos se pegaban a su espalda como moscas: “pelo blanco”, “ojos rojos”, “fenix”, “raro”, “raro”, “raro”. Pero no apretó los puños. No se giró. Solo caminó un poco más rápido, sintiendo el peso de una mochila que apenas llevaba libros y sí muchas ganas de desaparecer.
Siempre igual —pensó, mordiéndose el interior de la mejilla—. En cada colegio. En cada ciudad. No importa si salvo a alguien o si me escondo. Siempre voy a ser “el raro”.
Dobló en un pasillo cubierto de anuncios de actividades extracurriculares y clubs. El eco de sus propios pasos lo acompañó hasta la puerta del aula 3-B. Allí se detuvo. Respiró hondo. Sostuvo la manija fría un segundo de más y entró.
El ruido dentro era un muro: gritos, sillas arrastrándose, risas, un chicle que explotaba en algún lugar. Pero en cuanto Kanade cruzó el umbral, ese muro se rompió. El silencio cayó como una losa.
Veintitantas miradas se clavaron en él.
—Ah, el nuevo —dijo el profesor desde su escritorio, sin levantar la vista de un montón de papeles—. Siéntate donde haya espacio.
Kanade asintió sin decir nada y recorrió el salón con la mirada. Todos los asientos estaban ocupados. Todos menos uno: junto a una ventana, al lado de una chica de cabello castaño que en ese momento estaba dibujando un monstruo de tres cabezas en la esquina de su cuaderno.
Ella alzó la mirada justo cuando él se acercaba. Sus ojos eran color avellana, con una pequeña mancha más oscura en el izquierdo. No se asustó. No susurró a sus compañeras. En lugar de eso, esbozó una sonrisa tan amplia que parecía ocuparle media cara.
—¡Hola! —dijo, moviendo su mochila para darle espacio—. ¿Eres Kanade, verdad? Soy Aiko. Bienvenido al caos diario de este lugar.
Kanade se quedó quieto un momento. La chica olía a fresa y a lápices de madera recién sacados. Algo en su tono le recordó a esas personas que se acercan a los perros callejeros con la mano abierta, sin miedo a que los muerdan. Y eso le molestó más de lo que debería.
—No molestes —respondió, dejando caer la mochila al suelo con un golpe seco. Ni siquiera la miró mientras se sentaba.
Aiko, sin embargo, no frunció el ceño. No se ofendió. Al contrario, se recostó un poco hacia él, como si quisiera compartir un secreto.
—¿Entonces eres mitad fénix? —preguntó, en voz baja pero sin ningún cuidado—. Eso suena genial. ¿Tienes alguna habilidad especial? ¿Lanzas fuego? ¿Puedes volar?
—No es asunto tuyo —cortó Kanade, esta vez con un filo más pronunciado. Sus dedos se aferraron al borde de la mesa.
Por qué no se calla —pensó—. Por qué no hace como los demás: mirarme de lejos y susurrar a mis espaldas. Eso duele menos. Eso es más fácil.
Pero Aiko no se calló. Inclinó la cabeza, como si estuviera resolviendo un rompecabezas, y luego cambió de táctica.
—Está bien, está bien —dijo, levantando las manos en señal de paz—. No te preguntaré más. Pero… oye, este lugar puede ser un poco extraño, pero también tiene su encanto. Hay un árbol detrás del gimnasio que florece hasta en invierno. Y la señora de la cafetería te da porciones extra si la ayudas a cargar las bandejas. Si algún día necesitas que alguien te muestre el caos… aquí estoy.
Kanade finalmente giró el rostro hacia ella. Sus ojos rojos se encontraron con los avellana de Aiko. No había miedo en ella. Ni admiración exagerada. Solo una curiosidad tranquila, como si él fuera un rompecabezas que no tenía prisa por armar.
—No necesito ayuda de nadie —respondió, más cansado que enojado—. Ya me tienen harto las personas. Quiero estar en un colegio en paz. Puedo cuidarme solo.
—Vaya —dijo Aiko, y se rió. No una risa burlona, sino una risa genuina, como si acabara de escuchar un chiste absurdo—. Eres todo un misterio. Pero está bien. Si alguna vez cambias de opinión… ya sabes dónde encontrarme.
Y dio vuelta a su cuaderno. Empezó a dibujar de nuevo, esta vez un pájaro con alas de fuego.
Kanade se quedó mirando la ventana un largo rato. Afuera, una hoja de cerezo cayó girando lentamente. Pensó en las últimas tres escuelas. En las últimas seis ciudades. En las últimas once personas que le habían dicho “si algún día necesitas algo, aquí estoy”. Todas se habían ido cuando vieron lo que realmente era.
—No será diferente —murmuró, tan bajo que solo él pudo oírse.
La campana sonó. El ruido volvió a llenar el salón. Y Kanade se sintió, por un momento, como esa hoja cayendo al vacío.
Capítulo 2: El eco de un grito
I. El silencio antes del caos
Los segundos previos al ataque fueron engañosamente tranquilos.
Kanade estaba recostado contra la pared detrás del gimnasio, con los brazos cruzados y la mirada perdida en una nube que pasaba lentamente sobre el cielo despejado. Aiko seguía dibujando en su cuaderno, esta vez un pájaro con alas de fuego que se parecía sospechosamente a él. El sol de media mañana calentaba justo lo suficiente como para que el ambiente fuera agradable, ni frío ni calor.