Anata no Chikara

Vol 2

Capítulo 1: El eco del pasado

I. Tres meses después

El sol se filtraba entre las cortinas gastadas de la habitación de Kanade, dibujando líneas doradas sobre el suelo de madera. Afuera, los pájaros cantaban con la alegría ingenua de quienes ignoran el dolor humano. Eran las siete de la mañana de un sábado, y Kanade llevaba despierto desde las cuatro.

No podía dormir. No podía descansar. No podía dejar de pensar.

Desde aquel día bajo el cerezo, desde el beso que vio desde la esquina, desde la nota que nunca leyó, algo se había roto dentro de él. No era solo su corazón. Era algo más profundo. Era la forma en que miraba el mundo, la forma en que confiaba en las personas, la forma en que se permitía sentir.

Ahora todo era gris.

Kanade estaba sentado en el borde de su cama, con la espalda contra la pared y las rodillas pegadas al pecho. Llevaba puesta la misma sudadera blanca de siempre, aunque ahora estaba manchada en las mangas. No era sangre. Era pintura. La noche anterior, sin saber por qué, había tomado un pincel y había pintado sobre la tela blanca. No un dibujo. No algo bonito. Solo líneas negras, caóticas, furiosas.

—Kanade —llamó su madre adoptiva desde el otro lado de la puerta, con voz suave—. ¿Estás despierto?

Kanade no respondió. No porque no quisiera. Sino porque su garganta parecía haberse secado por completo.

—Hijo, llevas tres días sin bajar a comer —continuó su madre, con esa paciencia infinita que solo las madres tienen—. Tu padre y yo estamos preocupados. Por favor… déjanos ayudarte.

Kanade cerró los ojos. Apoyó la frente sobre las rodillas.

Ayudarme —pensó, con amargura—. Nadie puede ayudarme. Yo mismo no sé cómo ayudarme.

—Mamá —dijo al fin, con voz ronca, como si no hubiera hablado en días—. Estoy bien. Solo necesito… tiempo.

Hubo un silencio del otro lado de la puerta. Luego, el sonido de algo deslizándose por el suelo.

—Te dejo el desayuno aquí afuera —dijo su madre, con la voz quebrada—. Por favor, come algo.

Kanade escuchó sus pasos alejándose. Esperó hasta que el silencio fue absoluto. Luego, lentamente, se levantó de la cama.

Sus piernas temblaban. No comía bien desde hacía semanas. Había perdido peso, y su rostro, antes pálido, ahora parecía casi translúcido. Las ojeras bajo sus ojos rojos eran tan profundas que parecían moretones.

Abrió la puerta. En el suelo, había una bandeja con un tazón de arroz, un trozo de pescado a la plancha, sopa de miso y una taza de té verde. Al lado de la bandeja, una nota escrita con letra temblorosa:

"Te queremos, hijo. Pase lo que pase."

Kanade tomó la bandeja, entró a su habitación y cerró la puerta. Se sentó en el suelo, con la espalda contra la cama, y miró la comida durante mucho tiempo.

El arroz humeaba. El pescado olía a limón. La sopa tenía pequeños trozos de tofu que flotaban como nubes.

Su madre se había esforzado. Como siempre.

Kanade tomó los palillos. Llevó un poco de arroz a su boca. Masticó lentamente, sin sabor. Tragó con dificultad, como si cada bocado fuera una obligación, no un placer.

Comer —se dijo—. Comer para vivir. Vivir para… ¿para qué?

No tenía respuesta.

II. El psicólogo

El lunes siguiente, sus padres lo obligaron a ir al psicólogo.

—No es un castigo —le dijo su padre mientras manejaba hacia el centro de salud—. Es una ayuda. Hay personas que estudiaron para entender lo que pasa en la cabeza. Nosotros no sabemos cómo ayudarte, hijo. Pero ellos sí.

Kanade iba en el asiento del copiloto, mirando por la ventana. Los árboles pasaban como manchas verdes. La gente caminaba por las aceras con sus vidas normales, sus problemas normales, sus corazones normales.

Normal —pensó—. Yo nunca seré normal.

El consultorio del psicólogo era una habitación pequeña, con paredes color crema, una estantería llena de libros, y dos sillas cómodas frente a frente. En una de ellas estaba sentado un hombre de unos cuarenta años, con barba canosa y ojos amables. Llevaba una camisa de cuadros y no usaba corbata.

—Hola, Kanade —dijo el hombre, extendiendo una mano—. Soy el doctor Suzuki. Puedes llamarme Suzuki-san, o simplemente Suzuki. Como te sientas más cómodo.

Kanade no tomó su mano. Se sentó en la silla vacía, con los brazos cruzados y la mirada fija en la ventana.

Suzuki retiró la mano sin ofenderse. Anotó algo en su libreta.

—Está bien —dijo, con voz tranquila—. No tenemos que hablar de nada que no quieras. Podemos estar en silencio. A veces el silencio también ayuda.

Kanade no respondió.

Pasaron cinco minutos. Diez. Quince.

Suzuki no dijo nada más. Solo estaba ahí, presente, sin presionar.

Finalmente, Kanade habló.

—¿Cree en el destino? —preguntó, sin mirarlo.

Suzuki inclinó la cabeza, pensando.

—No lo sé —respondió con honestidad—. Creo que hay cosas que no controlamos. Y hay cosas que sí. La dificultad está en saber cuál es cuál.

—Yo creía en el destino —dijo Kanade, y su voz sonó hueca, como un eco—. Creía que estaba destinado a encontrar a alguien. A ser feliz. A tener una vida normal.

—¿Y ahora?

Kanade apretó los puños.

—Ahora creo que el destino es una mentira que nos contamos para no sentirnos solos.

Suzuki asintió lentamente.

—Eso debe doler mucho —dijo—. Dejar de creer en algo que te sostenía.

Kanade no respondió. Pero por primera vez en semanas, sintió que alguien lo entendía.

No del todo. No perfectamente. Pero un poco.

Y ese poco fue suficiente para que, al salir del consultorio, sus piernas temblaran un poco menos.

III. Las noches son las peores

Las noches eran las peores.

Durante el día, Kanade podía distraerse. Podía mirar televisión sin verla. Podía comer sin saborear. Podía caminar sin rumbo. Pero cuando el sol se ponía y la oscuridad envolvía su habitación, no había distracción posible.



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En el texto hay: fantasia, amor, magia

Editado: 20.04.2026

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