Capítulo 1: El juramento en la montaña
El viento de la noche cortaba como navajas invisibles en la cima del monte Fuji. No era el frío común de las alturas, sino algo más antiguo, más profundo: el silencio helado que precede a las tormentas. Las estrellas titilaban como ojos distantes observando un teatro que apenas comenzaba. Y en medio de ese escenario de roca y cielo, un muchacho de cabello oscro y mirada incendiaria estaba arrodillado sobre la piedra, con las alas extendidas como si quisiera abrazar el universo entero.
Kanade llevaba horas así. Desde que dejó a Haruka en su casa, sintió que algo dentro de él había cambiado. No era solo la urgencia de controlar su poder, sino algo más íntimo: el miedo a lastimarla. El recuerdo de sus ojos asustados la última vez que sus llamas se desbordaron lo perseguía como un fantasma. Por eso había volado hasta allí, a la montaña más alta de Japón, donde nadie pudiera salir herido si perdía el control.
Pero perder el control ya no era una opción. Kanade lo sabía.
Kanade (pensando, con los ojos cerrados): «Haruka me miró como si yo fuera un monstruo. No, no es cierto. Me miró como si yo fuera alguien que necesita ayuda. Y eso es peor. Porque significa que me ve débil. Y no puedo ser débil. No ahora.»
Abrió los ojos lentamente. La luna llena proyectaba sombras alargadas sobre las rocas, y el hielo perpetuo de la cima brillaba con un resplandor fantasmal. Kanade se puso de pie con un movimiento fluido, sintiendo cómo cada músculo de su cuerpo respondía con precisión. Las últimas semanas de entrenamiento solitario habían endurecido su físico, pero su mente seguía siendo un campo de batalla.
Extendió los brazos. De sus palmas brotaron pequeñas chispas, como luciérnagas de fuego que danzaban en la oscuridad. No eran amenazantes, sino casi hermosas. Kanade observó cómo las chispas se elevaban lentamente hacia el cielo, mezclándose con las estrellas, y por un instante sintió paz.
Pero la paz nunca duraba mucho en su vida.
—No puedes esconderte de lo que eres, muchacho —dijo una voz detrás de él.
Kanade giró en un instante, sus manos ya envueltas en llamas. Frente a él, recostada contra una formación rocosa con una indolencia casi provocadora, estaba una mujer. Su cabello largo y oscuro caía sobre sus hombros como cortinas de medianoche, y sus ojos violetas brillaban con una inteligencia antigua y peligrosa. Vestía un manto negro que parecía absorber la luz de la luna, y en sus labios había una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
Kanade no la conocía personalmente, pero su cuerpo reaccionó antes que su mente. Las llamas en sus manos se intensificaron hasta volverse blancas en los bordes.
Kanade (con la voz tensa): «¿Quién eres tú? ¿Cómo llegaste aquí sin que te sintiera?»
La mujer se irguió lentamente, estirándose como un felino después de una larga siesta. Dio unos pasos hacia él, y Kanade retrocedió instintivamente. No por miedo —él ya no sentía miedo como los demás— sino por precaución. Algo en esa mujer le decía que no era humana.
Mujer: «Mi nombre es Morgana. Y he estado observándote desde que naciste, Kanade. Aunque tú no lo sepas, claro. No es fácil rastrear a un híbrido de fénix, pero tampoco es imposible cuando una tiene mis recursos.»
El nombre no le dijo nada. Pero la palabra "fénix" resonó en su pecho como un eco de dolor. Kanade apretó los dientes.
Kanade: «No sé quién eres ni qué quieres. Pero si no te vas ahora mismo, juro que haré de esta montaña tu tumba.»
Morgana rió. No era una risa burlona, sino genuina, como si Kanade hubiera dicho algo realmente divertido.
Morgana: «Oh, me encanta tu espíritu. Tan ardiente. Tan... imprudente. Pero, dime, muchacho: ¿de verdad crees que puedes matarme con ese diminuto porcentaje de poder que has logrado desbloquear? Porque te tengo noticias. Eso que llamas "tu fuerza" no es más que el 2% de lo que realmente puedes alcanzar. El 2%. Como una cerilla comparada con el sol.»
Kanade sintió cómo la sangre hervía en sus venas. No sabía si era ira o vergüenza. Quizá ambas. Bajó las manos, pero no apagó las llamas.
Kanade: «Hablas como si me conocieras. Como si supieras lo que soy. Pero no sabes nada de mí.»
Morgana (inclinando la cabeza): «¿No? Entonces, ¿qué te parece si empezamos por presentarnos como se debe?»
Se acercó aún más. Kanade pudo oler su perfume: ceniza y lavanda, un aroma extraño que no combinaba con su aspecto siniestro. Morgana levantó una mano y, con un dedo, tocó suavemente el pecho de Kanade, justo donde su corazón latía acelerado.
Morgana: «Tu madre se llamaba Sayuri. Era humana, como tú dices. Pero un día, hace veinticinco años, una bruja la encontró muriendo en un hospital. Cáncer. Terminal. Los médicos le habían dado seis meses de vida. Esa bruja le ofreció una salida: convertirla en fénix. Su enfermedad desaparecería, pero su humanidad... bueno, eso se perdería para siempre. Tu madre aceptó. Y tú naciste nueve meses después, siendo lo que eres: mitad humano, mitad fénix. El primer híbrido de su tipo en tres siglos.»
El mundo se detuvo. Kanade sintió cómo el suelo se abría bajo sus pies, cómo el aire se volvía denso y espeso. Sus llamas se apagaron por completo, y por un instante fue solo un chico asustado en la cima de una montaña.
Kanade (con la voz rota): «¿Cómo... cómo sabes todo eso?»
Morgana (con una sonrisa triste): «Porque yo era esa bruja, Kanade. Yo convertí a tu madre. Y ahora he vuelto para arreglar lo que hice.»
El silencio fue absoluto. Ni siquiera el viento se atrevió a soplar.
Kanade la miró. Realmente la miró. Y en sus ojos violetas no vio maldad, sino algo peor: arrepentimiento. Un arrepentimiento tan antiguo y profundo que parecía haberla consumido por dentro durante décadas.
Kanade (susurrando): «Tú... tú eres la culpable. Tú hiciste que mi madre desapareciera. Tú hiciste que yo naciera así. Tú...»