La fiesta de compromiso de Vane e Isolde no terminó con un brindis por su felicidad, sino con un grito que con desgarró la noche.
La mansión del marquesado de Arante vistió sus jardines y salones con una pulcra elegancia para recibir a sus invitados. Isolde, la única hija del marques y la flor de la sociedad, reía mientras bailaba entre los rosales. Vane la observaba desde la distancia, con el corazón rebosante con la certeza absoluta: ella era su destino.
Ante la sociedad, el amor de Vane e Isolde era un monumento a la soberbia, una unión perfecta entre el caballero más joven condecorado y la belleza e la sociedad, una unión que podría decorar el mundo. A pesar de esa imagen, se amaban.
-Míralos, Vane-susurró Isolde, aislados de todos en la terraza del salón. Su vestido de seda champagne se ceñía a su talle con una precisión casi violenta y las joyas en su cuello parecían gotas de luz que resaltaba en su piel débilmente iluminada por la luz de luna-. Se que nos ven como amenaza, pero... ellos jamás podrían comprender lo que sentimos. Nos envidian...eso es seguro.
Vane sonrió, una sonrisa cargada de orgullo que casi parecía una adoración peligrosa hacia ella. Le tomó el rostro, recorriendo con el pulgar la línea perfecta de su mandíbula.
-Eres la única verdad en este mundo, Isi. Yo solo existo para asegurarme de tu felicidad. Nadie más podría entender lo perfecta que eres para mí.
El desastre ocurrió poco después de medianoche, en el Invernadero de los Ancestros, un lugar prohibido en la mansión Arante donde se guardaban plantas traídas desde los confines del mundo, algunas alimentadas con aguas de manantiales mágicos. Isolde, aburrida de los protocolos para los invitados, había arrastrado a Vane hacia allí, buscando un escenario más íntimo para ellos.
-Mi padre me dice que aquí hay una flor que solo se abre cuando siente la presencia de la sangre de un sucesor-mencionó Isolde, trepando por un pedestal de piedra para alcanzar una orquídea negra que colgaba del techo-. Quiero ver si es verdad. Es la única oportunidad que he tenido en años.
-Isi, baja de allí-advirtió Vane-. El erudito advirtió que este lugar tiene corrientes inestables.
-No seas cobarde Vane. Soy una Arante. La magia me reconoce.
Al tocar la flor, un estallido de magia estática recorrió el invernadero. No fue una explosión de fuego, sino una succión de aire. La planta no era una flor; era un nexo, una fisura mal sellada hacia el plano de las almas perdidas, un castigo que la familia había olvidado. El alma de Isolde, en su arrogancia o curiosidad por tocar lo prohibido, fue succionada por el vacío en un parpadeo.
Su cuerpo cayó hacia atrás, pero Vane no pudo atraparla a tiempo. Cuando su cabeza golpeó el suelo de mármol, no hubo sangre. Solo silencio. Un silencio absoluto que pareció devorar hasta la música del salón. Isolde tenía los ojos abiertos, fijos en el techo de cristal. El verde sus ojos se opacó a un gris sin vida. Su cuerpo era un recipiente vació, como una casa sin dueño.
Entonces, el grito desgarrador y desesperado de Vane dio por finalizada esa celebración que terminó en tragedia.
Pasaron siete meses. Siete meses en los que Vane se marchitó junto a la cama de una mujer que respiraba, pero no vivía. Los médicos hablaban de un "vacío espiritual"; el Erudito hablaba de un colapso del alma. Y ninguno fue capaz de hacerla volver.
Su brillante cabello dorado parecía perder su brillo y su cuerpo parecía cada vez más delgado, a pesar de la magia para mantenerla viva parecía que ella estaba perdiendo esa batalla.
Hasta que una mañana de invierno, ella abrió los ojos.
- ¡Isi! - Vane se abalanzó sobre ella, tomando sus manos frías-. Estás de vuelta...Gracias a los dioses, estás aquí.
Contener las lagrimas fue un intento inútil, se había mantenido fuerte todo este tiempo que al verla solo pudo llorar al fin, aunque la incertidumbre fue más grande a la alegría que sentía. La mujer en la cama no apretó sus manos. Se encogió, pegando la espalda contra el respaldo de la madera, mirando la habitación con una confusión aterradora. Sus ojos, que antes eran espejos de confianza y orgullo, ahora eran pozos de un pánico silencioso.
-¿Quién...?-la voz apenas salió de su garganta como un crujido, áspera y pequeña-. ¿Quién eres tú?
Vane se quedó petrificado. No era la amnesia lo que le heló la sangre, sino el gesto. Isolde jamás se habría encogido así; ella era una mujer que reclamaba el su espacio. La mujer frente a él se abrazaba a si misma, ocultando sus manos y su existencia.
-Soy Vane. Tu prometido. Estás en mi casa, Isi. Estás a salvo.
Ella miró sus propias manos, las giró con una extrañeza infinita, tocando la piel suave de sus dedos como si fuera una tela desconocida y costosa. Luego, levantó la mirada hacia Vane. En ese segundo, él lo supo.
Había alguien detrás de esos ojos, pero no era la mujer que amaba. Era una intrusa. Una presencia que olía a ceniza y muerte, una sombra que acababa de usurpar un palacio de carne que aun no comprendía como habitarlo.
Vane retrocedió, sintiendo que el mundo se desmoronaba bajo sus pies. El milagro que había pedido durante meses se sentía, de repente, como la profanación más grande de su vida. La guerra de Vane había comenzado, pero su primer enemigo no era un monstruo, sino la mirada desconocida y suplicante de la mujer que acababa de despertar en un cuerpo equivocado.
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Editado: 28.03.2026