Anatomía de una intrusa

El palacio de Carne

El silencio en la habitación de la mansión no era el de una alcoba real; era el silencio de un mausoleo que se negaba a aceptar a sus muertos. Vane permanecía de pie frente a la ventana, con la frente apoyada contra el cristal frío. El invierno afuera era una mancha blanca y gris que devoraba el jardín de rosales donde, siete meses atrás, Isolde había reído con una arrogancia que él adoraba. Ahora, solo quedaba ceniza de ese recuerdo.

Detrás de él, el sonido de la vida era un insulto.

Escuchaba el roce de las sábanas de seda, un susurro de tela que le recordaba la piel de la mujer que amaba, pero el ritmo de la respiración que provenía de la cama era… incorrecto. Era demasiado rápido, demasiado superficial. Isolde siempre había respirado con una calma soberana, incluso en sueños. Esta criatura, en cambio, jadeaba como un animal herido que acaba de ser arrojado a una jaula de oro.

—Vete… por favor, vete —la voz de Isolde vibró en el aire.

Vane cerró los ojos con fuerza. Era su timbre, su tono aterciopelado, pero la entonación era la de una mendiga suplicante. Esa debilidad le produjo una chispa de odio que le recorrió la columna como una descarga eléctrica. Se giró con una lentitud predatoria, sus botas de cuero chirriando contra el suelo de madera pulida.

La mujer que ocupaba la cama estaba ovillada, intentando fundirse con el respaldo de madera tallada. Sus ojos, que antes eran dos esmeraldas cargadas de fuego y orgullo, ahora eran de un gris ceniciento, dilatados por un pánico que Vane no podía —o no quería— comprender. Ella se abrazaba a sí misma, con las uñas clavándose en sus propios antebrazos, como si intentara comprobar que la carne que tocaba era real.

—¿A dónde quieres que me vaya, usurpadora? —la voz de Vane salió como un rugido contenido—. Estás en mi casa. Usas el nombre de mi prometida. Respiras con sus pulmones y lloras con sus ojos. No tienes derecho a pedirme que me retire del lugar donde ella debería estar.

—No soy… no sé quién es ella —sollozó la mujer. Las lágrimas rodaban por sus mejillas, trazando caminos que a Vane le parecieron senderos de veneno—. Todo me duele. Los huesos… se sienten demasiado largos, la piel me aprieta como si fuera una… Ayúdame

Vane cruzó la habitación en tres zancadas violentas. No hubo delicadeza en sus movimientos. La tomó por las muñecas, tirando de ella hacia arriba hasta que sus rostros quedaron a centímetros. Pudo olerla. No olía a las rosas y almizcle que siempre habían emanado de Isolde. Había algo más profundo, algo rancio, un aroma a ozono y a tierra quemada que parecía emanar de los poros de su piel.

—¡Mientes! —le gritó, sacudiéndola—. ¡Dime dónde está! ¡¿A qué rincón del vacío la arrojaste para robarte su vida?! El Erudito dice que eres una parásita, una sombra que encontró una puerta abierta y se coló para no morir en el olvido. ¡Habla, maldita sea!

En ese momento, la mirada de la intrusa cambió. El pánico desapareció para dar paso a una confusión absoluta, y algo en el aire de la habitación se espesó. Vane sintió que la temperatura descendía drásticamente. De repente, él no estaba viendo a la mujer en la cama.

Una visión lo golpeó con la fuerza de un mazo: vio un desierto de cenizas blancas bajo un cielo negro sin estrellas. Vio miles de siluetas sin rostro caminando en círculos, buscando una salida que no existía. Sintió una soledad tan aplastante que el aire se le escapó de los pulmones. Era el mundo interno de ella. Un caos de recuerdos que no le pertenecían, una amalgama de vidas rotas que se retorcían detrás de esos ojos grises. El dolor de miles de almas perdidas gritó en su mente antes de que la visión se desvaneciera, dejándolo mareado y con náuseas.

Vane la soltó, retrocediendo y tropezando con una silla. Su corazón martilleaba contra sus costillas. Aquello no era magia ordinaria. Era una profanación de la realidad.

—Bruja… —mascó, limpiándose un rastro de sudor frío de la frente—. Has infectado hasta su memoria con tus delirios.

—No son delirios… —susurró ella, cayendo de nuevo sobre las almohadas, exhausta—. Es lo único que recuerdo. El frío… y luego el tirón. Sentí que algo me arrastraba a través de una grieta. Y cuando desperté, estaba aquí. En este cuerpo. Yo no quería esto… ¡Yo solo quería dejar de sufrir!

La puerta de la habitación se abrió con un golpe seco. El Erudito entró, seguido por dos guardias que mantenían la mirada baja. El hombre vestía túnicas pesadas impregnadas del olor a incienso purificador y hierbas amargas. En sus manos portaba un pequeño cofre de plata grabado con sellos de contención.

—Es suficiente de sentimentalismos, Lord Vane —dijo el Erudito con una voz gélida que cortó el aire—. No puedes razonar con un eco del plano de las almas perdidas. Lo que tienes frente a ti es un error biológico. Una entidad que ha ocupado un vacío dejado por el trauma.

El Erudito se acercó a la cama y, sin pedir permiso, tomó la barbilla de la mujer con sus dedos enguantados. Ella intentó apartarse, pero los guardias la sujetaron por los hombros.

—Mírala bien —continuó el anciano, señalando las venas azuladas que resaltaban bajo la piel de su cuello—. El cuerpo está rechazando al alma. La magia de los Arante es de una pureza aristocrática; no acepta a cualquier intruso. Si no extraemos esta sombra pronto, el cuerpo de la señorita Isolde empezará a pudrirse por dentro mientras ella aún respira. Se convertirá en un palacio de carne en descomposición.

Vane sintió un nudo de terror en la garganta. —¿Podemos sacarla? ¿Podemos traer a la verdadera Isolde de vuelta?

—Eso es lo que vamos a averiguar —respondió el Erudito, abriendo el cofre de plata. Dentro había una aguja de cristal negro que parecía absorber la luz de las velas—. El interrogatorio debe ser profundo. Debemos romper la voluntad de la intrusa para que el alma original encuentre el camino de regreso a casa. Si ella está atrapada en alguna grieta de su propia psique, el dolor de este parásito servirá como un faro para que la verdadera Isolde regrese.




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