El pasillo de la mansión era un túnel de sombras interrumpido solo por la luz vacilante de los candelabros de plata. Vane no se había movido de la puerta. Sus manos permanecían apretadas, intentando contener el temblor de sus músculos. Al otro lado de la madera de roble, los gritos habían cesado, reemplazados por un murmullo rítmico y monocorde: la voz del Erudito recitando las letanías de exhumación espiritual.
Vane cerró los ojos y, por un instante, el rostro de la verdadera Isolde cruzó su mente. La recordaba bajo el sol, con su cabello dorado como hilos de luz pura y esa sonrisa que siempre parecía decir que el mundo entero le debía pleitesía. "Eres mío, Vane", le había dicho una vez, "y yo soy el centro de tu universo. No lo olvides".
Un gemido agudo, cargado de una agonía casi inhumana, lo devolvió al presente.
—¡Basta! —rugió Vane, abriendo la puerta de par en par.
La escena dentro de la habitación era una pesadilla de alquimia y dolor. El aire estaba saturado de un humo azul eléctrico que se pegaba a las paredes como una red de araña incandescente. La mujer estaba sujeta a la cama por correas de cuero que no estaban allí antes. El Erudito, con la aguja de cristal negro clavada apenas unos milímetros en la base del cráneo de la Intrusa, ni siquiera se inmutó ante su entrada.
—La interrupción es peligrosa, joven caballero —dijo el anciano sin desviar la vista—. El alma parásita se resiste. Se ha aferrado a las terminaciones nerviosas de la señorita Arante como una enredadera espinosa. Cada vez que intento tirar de ella, el cuerpo reacciona como si estuviera siendo desollado vivo.
Vane se acercó a la cama. La mujer tenía el rostro empapado en sudor y lágrimas. Sus ojos grises estaban en blanco, mostrando solo la esclera, mientras su cuerpo se arqueaba en espasmos violentos.
—Dime quién eres —exigió Vane, inclinándose sobre ella. El olor a ozono y ceniza era tan fuerte que le escocían los ojos—. ¡Dime tu nombre real antes de que el Erudito te borre de esta existencia!
La mujer abrió los ojos. Pero no eran sus ojos. Eran dos pozos de una oscuridad absoluta que parecían succionar la luz de la habitación. De su garganta salió un sonido que no era una voz, sino el crujido de mil ramas secas rompiéndose al mismo tiempo.
—No... hay... nombres... —susurró ella, y el frío en la habitación se volvió insoportable—. Solo hay hambre. Solo hay... el frío que nunca termina. Vane... el jardín... las rosas blancas... las que pisamos cuando nos prometimos... me pinché el dedo y tú me dijiste que mi sangre era más roja que los pétalos...
Vane retrocedió como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago. Ese recuerdo era privado. No había testigos aquel día en el jardín trasero de los Arante. Nadie más sabía lo que se habían dicho bajo el sol del mediodía.
—¿Cómo sabes eso? —preguntó él, su voz apenas un susurro quebrado—. ¡¿Cómo puedes saber eso si eres un monstruo del vacío?!
—Porque están aquí... —ella sollozó, y su voz volvió a ser la de la asustada intrusa—. Sus memorias... son como cristales rotos en mi cabeza. Me cortan cada vez que intento pensar. Ella está aquí, Vane... está gritando en un sótano oscuro dentro de mi mente... y yo soy la puerta que no puede abrirse.
El Erudito soltó un bufido de desprecio y presionó la aguja un poco más. La mujer gritó de nuevo, desgarrando el silencio de la habitación.
—No se deje engañar, Lord —advirtió el Erudito—. Los demonios del plano de las almas perdidas son imitadores expertos. Engullen los restos del ego del huésped para construir una máscara de familiaridad. Ella no recuerda eso; simplemente está leyendo las cicatrices que el alma de la señorita Arante dejó en su propio cerebro. Es una técnica de supervivencia. Si ella te convence de que es Isolde, dejarás de intentar expulsarla.
Vane sentía que su cordura se deshilachaba. Miró las manos de la mujer: eran las manos que él había besado mil veces, pero ahora las uñas estaban rotas por los forcejeos y los dedos se contraían como garras. El contraste entre la belleza del envase y la supuesta malicia del contenido lo estaba volviendo loco.
—¿Qué pasa si la matas? —preguntó Vane con una frialdad que lo aterró—. Si el cuerpo muere... ¿el alma de Isolde se libera o se pierde para siempre?
—Si el cuerpo muere antes de que recuperemos el nexo, el alma original se disolverá en el vacío —explicó el Erudito, limpiando la aguja con un paño de seda—. Pero si logramos que esta... cosa confiese su origen, podemos realizar el intercambio. El problema es que ella se niega a soltar el palacio. Le gusta demasiado la calidez de la sangre y el sabor del aire.
La Intrusa giró la cabeza hacia Vane. Una pequeña sonrisa, triste y deforme, se dibujó en sus labios.
—Tú también me odias porque no soy perfecta —dijo ella, con una lucidez aterradora—. Me odias porque mi dolor te recuerda que ella no es invencible. Ella era tu diosa, ¿verdad? Y ahora la ves ocupada por una sombra harapienta. No es a mí a quien odias, Vane... odias la fragilidad de tu propia adoración.
Vane perdió el control. Su mano voló hacia el cuello de la mujer, apretando con una fuerza que hizo que ella jadeara por aire. La piel de Isolde se sentía tan suave, tan familiar, que el contacto fue una tortura doble.
—Cállate —siseó él entre dientes—. No te atrevas a usar su boca para analizarme. Eres una plaga. Si tengo que convertir este cuerpo en un infierno para que lo abandones, lo haré con gusto.
Él no la soltó hasta que su rostro se puso de un color violáceo y sus ojos empezaron a girar. Solo entonces la arrojó de vuelta contra el colchón. El Erudito lo observaba con una mezcla de curiosidad y aprobación.
—El odio es un buen conductor para la magia de purificación —asintió el anciano—. Mañana empezaremos con las sales de plata. El proceso será... ruidoso. Le sugiero que duerma en el ala oeste de la mansión. No querrá escuchar cómo el espíritu intenta desgarrar sus pulmones cuando la plata empiece a quemar el sistema circulatorio.
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Editado: 01.04.2026