Anatomía de una intrusa

La piel del espejo

El amanecer no trajo luz a la mansión, sino una neblina espesa que se pegaba a los ventanales como un sudario. Vane no había dormido. Había pasado la noche en la biblioteca, rodeado de libros de heráldica y grimorios antiguos, con una copa de brandy intacta sobre la mesa. El eco de los gritos de la noche anterior todavía vibraba en sus tímpanos, pero lo que más le dolía era esa frase final de la Intrusa: “Odias la fragilidad de tu propia adoración”.

Se puso de pie, ajustándose la levita negra. Sus movimientos eran mecánicos, los de un hombre que ha decidido que su corazón es un estorbo para su deber.

Subió las escaleras hacia la habitación de Isolde. Al llegar, encontró al Erudito fuera, hablando en voz baja con dos criadas que temblaban visiblemente.

—¿Qué sucede? —preguntó Vane, su voz áspera por la falta de sueño.

—El cuerpo ha comenzado a transformarse, mi señor —dijo una de las criadas, bajando la cabeza—. Intentamos vestirla con el conjunto de seda verde que tanto le gustaba a la señorita, pero... ella se resiste. Dice que la tela le corta la piel. Y sus manos... sus manos no son las mismas.

Vane apartó a las mujeres y entró.

La habitación olía a sales de plata y a algo dulce, como fruta podrida. La mujer estaba sentada en el borde de la cama, envuelta solo en una sábana blanca. Al ver a Vane, no se encogió como el día anterior. Lo miró con una fijeza perturbadora. Su cabello dorado estaba enredado, perdiendo ese brillo de oro pulido para tornarse de un rubio cenizo, casi opaco.

Pero lo que detuvo el aliento de Vane fueron sus manos.

Isolde siempre había tenido manos de artista: dedos largos, uñas impecables y una piel que jamás había conocido el trabajo duro. La mujer que tenía enfrente mostraba unas manos cuyas puntas de los dedos estaban enrojecidas, casi en carne viva, y las uñas se habían vuelto cortas y romas, como si hubiera estado rascando las paredes.

—¿Qué le has hecho a su cuerpo? —rugió Vane, acercándose a ella.

—No soy yo... —dijo ella, y esta vez su voz sonó más firme, aunque cargada de una fatiga infinita—. Es ella. Isolde no quiere que yo esté aquí. Cada vez que intento moverme, siento que sus músculos se contraen para detenerme. Es como vivir dentro de una estatua que intenta aplastarte.

Vane la tomó del mentón, obligándola a mirarlo. La cercanía era una tortura. Podía ver los poros de su piel, el pequeño lunar cerca de su oreja que él había besado tantas veces, pero los ojos... esos ojos grises eran un océano de tristeza extraña.

—Hoy vas a salir de esta habitación —sentenció Vane—. El Erudito dice que el aislamiento está fortaleciendo tu delirio. Vamos a bajar al comedor. Vas a sentarte en mi mesa y vas a actuar como la mujer que usurpas. Tal vez, si te enfrentas a la realidad de su vida, tu parásito se sienta lo suficientemente incómodo como para marcharse.

—No puedo... —susurró ella, retrocediendo—. Hay demasiada gente. Sus ojos... me miran como si fuera un cadáver andante.

—Porque lo eres —escupió Vane—. Eres un cadáver que se olvidó de dejar de respirar. Ahora, vístete.

El descenso por la escalera fue un desfile de horror silencioso. Vane la llevaba del brazo, apretando lo justo para que sintiera su dominio. Los criados de Vane, entrenados para el silencio, apartaban la mirada. Al llegar al comedor, la mesa estaba servida para dos. No había más familia; solo ellos y el peso de una traición espiritual.

Vane obligó a la mujer a sentarse frente a un plato de carne de caza, una de las debilidades de la verdadera Isolde.

—Come —le ordenó—. Pruébalo. Demuéstrame que todavía queda algo de ella ahí dentro.

La mujer miró la comida con un asco que no era fingido. Tomó el cuchillo, pero lo empuñó con una rabia fría, una forma de sostener el acero que denotaba una vida de defenderse de las sombras. Al primer bocado, su rostro se contrajo y escupió el trozo sobre el mantel de encaje.

—¡Sabe a sangre! —gritó ella—. ¡Todo en esta casa sabe a muerte y a mentira!

Vane perdió el control. Lanzó la vajilla de porcelana al suelo, rompiéndola en mil pedazos.

—¡Nada en esta casa es muerte excepto tú! —le gritó a centímetros de su rostro—. ¡Este es el lugar donde ella iba a ser feliz! Si no puedes soportar su comida, es porque tu alma es demasiado pequeña y podrida para este cuerpo.

La Intrusa soltó una carcajada seca, cargada de una amargura que Vane no esperaba.

La mujer se levantó, temblando, pero no de miedo. Había una dignidad silenciosa en su postura, una reserva de fuerza que ella no compartía. Guardaba su identidad como si fuera el último tesoro de un reino destruido.

—No te diré nada —respondió ella—. Puedes romper este cuerpo, Vane. Puedes quemar este cuerpo. Pero no puedes obligarme a darte lo que no te pertenece.

—¡Eres una ladrona! —Vane perdió el control. Su mano voló hacia adelante y le propinó una bofetada.

La mujer cayó al suelo, golpeando su mejilla contra los restos afilados de la porcelana rota. Un hilo de sangre roja comenzó a brotar de su labio, manchando el blanco de su vestido. Se quedó allí, en el suelo, rodeada de los escombros de la cena que debía haber sido un regreso milagroso.

Vane respiraba con dificultad, con el pecho subiendo y bajando. Miró a la mujer y, por un instante, vio a Isolde. Pero luego, ella levantó la vista. A través de su cabello enredado, lanzó un ataque que fue más doloroso que cualquier golpe físico.

—¿Quieres saber qué sentía ella? —susurró, limpiándose la sangre con el dorso de la mano—. Estoy viendo sus ecos, Vane. En este comedor, ella se sentía como un trofeo en un pedestal. Ella no te amaba como tú crees. Ella amaba el reflejo de su propia perfección en tus ojos. Se sentía asfixiada por tu adoración. Estabas enamorado de un espejo, no de una mujer.

—¡Mientes! —rugió Vane, aunque la duda, amarga y fría, se instaló en su estómago—. ¡Guardias! ¡Llévensela! ¡Encierren a la bruja en la torre este! ¡Sellen las ventanas con hierro! Si no quiere vivir como la dueña de esta casa, vivirá como la rata que es.




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