Anatomía de una intrusa

La jaula de hierro

El sonido de la llave girando en la cerradura de la torre este resonó en el pasillo como el martillazo de un verdugo. Vane permaneció inmóvil frente a la pesada puerta de madera reforzada, escuchando el silencio que emanaba del interior. No era un silencio de paz; era un silencio espeso, cargado de un resentimiento que parecía filtrarse por las rendijas de la piedra. Sus nudillos, todavía enrojecidos por el golpe del día anterior en el comedor, le escocían con un latido rítmico que seguía el compás de su propio corazón acelerado.

—¿Sigue sin probar bocado? —preguntó Vane, sin girarse.

Detrás de él, el Erudito ajustó sus lentes de lectura, sosteniendo una bandeja de plata donde una sopa de caldo claro se había enfriado hasta formar una capa de grasa blanquecina en la superficie.

—Ni una gota, mi señor —respondió el anciano —. Y lo que es más preocupante: el cuerpo está empezando a presentar livideces. No son manchas de muerte, sino de rechazo. Como si la sangre de la señorita Arante se negara a fluir para alimentar a un espíritu que no reconoce. Si persiste en este ayuno de voluntad, el envase colapsará antes de que podamos realizar la extracción.

Vane sintió una oleada de náuseas. La idea de que el cuerpo de Isolde —su santuario, su trofeo, su razón de existir— pudiera pudrirse por el capricho de una extraña lo enfurecía hasta la ceguera. Arrebató la llave de las manos del guardia y abrió la puerta violencia.

La habitación de la torre era circular, fría y apenas iluminada por una saetera que dejaba entrar un tajo de luz grisácea. La mujer estaba sentada en el suelo, en el rincón más alejado de la cama, rodeada por las sombras. Llevaba el mismo vestido blanco, ahora manchado de polvo y con el rastro seco de la sangre en el dobladillo. No levantó la vista cuando él entró. Su cabello rubio ceniza caía sobre su rostro como una cortina de hilos muertos.

—Levántate —ordenó Vane. Su voz rebotó en las paredes de piedra, sonando más autoritaria de lo que él se sentía.

Ella no se movió. Su respiración era un silbido débil, como si sus pulmones estuvieran llenos de ceniza.

—He dicho que te levantes —Vane cruzó la estancia y la tomó por el hombro, tirando de ella hacia arriba.

Al hacerlo, soltó un grito ahogado. El cuerpo de la mujer pesaba mucho menos que el día anterior. Al tacto, su piel no tenía la calidez vibrante de Isolde; estaba fría, con una textura cerosa que le recordó a las estatuas de los cementerios bajo la lluvia. Cuando finalmente la obligó a mirarlo, Vane retrocedió un paso, horrorizado.

Alrededor de los ojos grises de la mujer, unas finas venas negras habían empezado a ramificarse bajo la piel, extendiéndose hacia las sienes. Era como si una tinta invisible estuviera tiñendo su sistema circulatorio desde adentro.

—¿Qué es esto? —le preguntó al Erudito, señalando el rostro de la mujer—. ¡¿Qué le está pasando?!

El Erudito se acercó, examinando las marcas con una mezcla de fascinación y horror.

—Es la necrosis del alma, milord. El espíritu intruso está tan profundamente enterrado en su propio secreto, en su propia oscuridad, que está empezando a "teñir" la carne. Si ella no revela quién es, si no suelta la amarra que la une a su plano original, consumirá el cuerpo de la señorita Isolde como combustible para su propia agonía.

Vane volvió a mirar a la mujer. Ella le devolvió la mirada con una calma aterradora. A pesar de las marcas negras y la palidez cadavérica, había algo en su expresión que seguía siendo inquebrantable.

—Dímelo —siseó Vane, apretando sus mandíbulas—. Dime tu nombre. Dime de quién eres hija, de qué agujero del mundo vienes. Si me lo dices, haré que el Erudito detenga el dolor. Te daré una muerte rápida si es lo que quieres, pero deja de destruir este cuerpo.

La mujer dejó escapar una risa seca, un sonido que pareció rasparle la garganta.

—¿Mi nombre? —susurró ella, y por un instante, el gris de sus ojos pareció agitarse como una tormenta de polvo—. Mi nombre es lo único que no pudiste comprar con tus títulos, Vane. Es lo único que tu "adoración" no puede tocar. Puedes poseer esta piel, puedes encadenar estos huesos... pero mi nombre es mío. Y moriré con él antes de entregártelo para que lo ensucies con tu odio.

Vane sintió que la sangre le hervía. La explosividad de su carácter, esa que lo había convertido en el caballero más joven y condecorado, estalló de nuevo. La empujó contra la pared de piedra, colocando su antebrazo contra su garganta, no para asfixiarla, sino para obligarla a sentir el peso de su furia.

—¡No eres nada! —le gritó al oído—. ¡Eres un error de la naturaleza! ¡Un parásito que se encontró un traje de seda y decidió usarlo! ¡Isolde está ahí dentro, sufriendo por tu culpa! ¡Siento su eco cada vez que me miras! ¡Sé que ella me está pidiendo que te arranque de su carne!

La mujer cerró los ojos, y por un segundo, su cuerpo se relajó bajo la presión de Vane.

—Ella no te pide nada, Vane... —dijo ella, con una suavidad que dolió más que un insulto—. Ella solo quiere el silencio. Yo también lo quiero. Pero tú... tú necesitas el ruido de tu propia importancia. Necesitas creer que eres un héroe rescatando a una princesa, cuando solo eres un niño rompiendo su juguete porque ya no repite las palabras que quieres oír.

Vane la soltó, asqueado de sí mismo y de ella. Se volvió hacia el Erudito, cuyas manos jugueteaban con un incensario de plata.

—Hazlo —ordenó Vane—. Haz lo que dijiste. Entra en su alma.

El Erudito vaciló por primera vez.

—Milord, el "Vínculo de Inmersión" no es un interrogatorio físico. Para que yo pueda ver lo que ella esconde, alguien debe actuar de ancla. Alguien debe entrar con ella en ese caos. Y ese alguien solo puede ser usted, porque es el único que posee un vínculo emocional lo suficientemente fuerte con el cuerpo de la señorita Arante para encontrar el camino de vuelta.

—¿Quieres que entre en esa…podredumbre? —Vane recordó la visión que tuvo, la sensación de vacío absoluto que casi le arranca el juicio.




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