El frío en la torre este ya no era ambiental; era una emanación de la mujer que agonizaba en el suelo. Vane se limpió la sangre de los ojos con el dorso de la mano, dejando un rastro sucio sobre su piel pálida. No sentía lástima. Sentía una presión insoportable en el cráneo, como si los gritos de la niña en la caja de madera se hubieran quedado grabados en sus propios huesos.
—Sal de aquí, Erudito —ordenó Vane. Su voz no era poética, era el ladrido de un comandante en medio de una masacre—. Llévate tus inciensos y tus sales. No sirven para nada.
—Pero milord, el nexo se está cerrando. Si no estabilizamos el recipiente...
—¡He dicho que salgas! —Vane pateó el cuenco de plata, esparciendo las cenizas calientes por toda la piedra—. Esta perra me ha mentido. Me ha mostrado visiones de un pasado que no existe. Isolde no era esa niña. Isolde no era una bastarda escondida en un ataúd.
El Erudito retrocedió, recogiendo sus túnicas con dedos temblorosos, y abandonó la estancia cerrando la pesada puerta tras de sí. El silencio que quedó fue denso, interrumpido solo por la respiración entrecortada de la Intrusa. Ella seguía de rodillas, con el cabello cubriéndole la cara, temblando con una intensidad que hacía crujir las maderas de la cama cercana.
Vane caminó hacia ella. Sus botas resonaban con un peso metálico. Se puso en cuclillas frente a ella y, sin ninguna delicadeza, le agarró el cabello y le echó la cabeza hacia atrás. Los ojos grises de la mujer estaban inyectados en sangre, las venas negras ahora le subían por las mandíbulas como raíces podridas.
—¿Crees que soy imbécil? —le siseó Vane, apretando el agarre—. ¿Crees que voy a aceptar que la mujer por la que he matado y sangrado era solo una estafa del Marqués? Isolde era perfecta. Era mía. Lo que me mostraste ahí dentro... ese asco, ese suicidio... es tu propia suciedad filtrándose en su memoria.
La mujer intentó sonreír, pero sus labios estaban agrietados y sangrantes.
—No puedes... aceptarlo —logró decir ella, su voz era un crujido seco—. Te duele más saber que ella te odiaba... que el hecho de que yo esté aquí. Prefieres que yo sea un demonio... a aceptar que ella era una mujer rota que quería huir de ti.
Vane la soltó con un empujón que la hizo golpear el suelo. Se levantó y empezó a caminar en círculos por la habitación, como un lobo enjaulado. Su obsesión por Isolde no permitía grietas. Si Isolde era una mentira, entonces toda la vida de Vane —sus condecoraciones, su posición, su orgullo— no era más que basura.
—El Erudito dice que el cuerpo te rechaza —dijo Vane, deteniéndose frente a la puerta—. Dice que tu alma es incompatible con la carne de Isolde. Que por eso te estás pudriendo.
—Me estoy muriendo, Vane —susurró ella desde el suelo—. Y me llevaré este cuerpo conmigo. Es lo único justo que ha pasado en esta casa.
Vane se giró bruscamente. Sus ojos brillaban con una luz maníaca.
—No. No te vas a llevar nada. Si el problema es la compatibilidad, la arreglaremos. El Erudito mencionó que para entrar en tu alma de forma definitiva, para explorar ese mundo de la que hablas y sacar a Isolde de su escondite, mi cuerpo y el tuyo deben vibrar en la misma frecuencia. Deben reconocerse.
La Intrusa frunció el ceño, intentando levantarse sobre sus codos.
—¿De qué hablas?
—Hablo de marcar el territorio —Vane se acercó a la mesa de instrumental que el Erudito había dejado olvidada. Tomó un escalpelo de plata, una herramienta quirúrgica fría y afilada—. Si tu alma no acepta este cuerpo, es porque todavía se siente ajena. Vamos a forzar a esta carne a aceptar tu dolor. Y yo voy a ser el que lo administre. Dicen que el dolor compartido crea un vínculo que ni la muerte puede romper. Si voy a entrar en tu mente, necesito que tu cuerpo deje de luchar contra mí.
Vane se quitó la levita, quedándose en camisa. Se desabrochó los puños con una calma aterradora. La Intrusa intentó arrastrarse hacia la puerta, pero Vane fue más rápido. La alcanzó, la subió a la cama de un tirón y la inmovilizó con su propio peso. No había nada de deseo en el movimiento; era la eficiencia bruta de un torturador.
—¡Suéltame! ¡Mátame de una vez, cobarde! —gritó ella, luchando con las pocas fuerzas que le quedaban.
—No eres una persona para mí —le dijo Vane al oído, mientras le sujetaba las muñecas contra el cabezal de madera—. Eres un mapa. Un mapa que voy a abrir para encontrar lo que me pertenece. Si el cuerpo de Isolde te rechaza, le daremos una razón para aferrarse a la vida: el miedo.
Vane hundió el escalpelo en el hombro de la mujer. No fue un corte profundo, pero sí lo suficiente para que la sangre brotara con fuerza. Ella soltó un grito que se ahogó en las paredes de piedra. Vane no se detuvo. Empezó a trazar líneas, runas de vinculación que había visto en los libros prohibidos de la biblioteca. Eran marcas que forzaban la unión entre el portador y el observador.
—Esto no es por placer —decía Vane, su voz monótona, casi clínica, mientras trabajaba—. Es por orden. Tú vas a ser el puente. Tu dolor va a ser la cuerda que me lleve hasta ella.
La mujer dejó de gritar después del cuarto trazo. Se quedó jadeando, con los ojos fijos en el techo, mientras las lágrimas se mezclaban con el sudor. Lo que Vane estaba haciendo era una atrocidad mística: estaba "grabando" su propia firma mágica en el sistema nervioso del cuerpo de Isolde para que la Intrusa no pudiera cerrarle la puerta a su mente.
De repente, algo cambió.
Cuando la sangre de ella manchó la camisa de Vane, él sintió un latigazo eléctrico. No fue una visión, fue una sensación física. Sintió el frío de un lugar en ruinas en su propia piel. Sintió el hambre de la niña en la caja. Pero también sintió algo de la Intrusa: un destello de una resistencia feroz, un odio tan puro hacia la autoridad que lo hizo admirarla por un microsegundo antes de sofocar el pensamiento.
—¿Lo sientes? —susurró ella, su voz era apenas un aliento—. Ahora estás manchado... igual que yo. Ya no eres el caballero de oro... eres el carnicero de una muerta.
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Editado: 01.04.2026