Anatomía de una intrusa

El salón de los nombres olvidados

El puente de piedra que conducía a la fortaleza negra no vibraba con el viento; vibraba con el pulso de la mujer cuya mano Vane seguía apretando en el mundo físico. Cada paso que daba sobre las losas frías de la psique de la Intrusa enviaba una descarga eléctrica a través de su brazo. No era un lugar de sueños; era un lugar de sedimentos, donde el dolor se había compactado hasta volverse mineral.

Vane miró hacia abajo, al foso que rodeaba la estructura. No había agua, sino una brea espesa y burbujeante que exhalaba un vapor con olor a metal oxidado y a ropa vieja sin lavar. Era el olor de la miseria que Isolde jamás habría permitido en su presencia.

—Bienvenido a mi propiedad, caballero —dijo la silueta de la Intrusa. Aquí, su voz no era un susurro quebrado—. No te limpies las botas. Ya es demasiado tarde para cuidar las apariencias.

—Cállate y camina —ordenó Vane. Su mente intentaba imponer el orden militar que lo definía. Necesitaba ver este lugar como un objetivo a conquistar, no como el interior de una persona—. Voy a cruzar ese umbral, encontraré el rastro de Isolde y te borraré de este mapa.

La puerta de la fortaleza no tenía cerradura ni pomo. Era una enorme losa de piedra lisa que se abrió con un gemido sordo, como el de una tumba siendo profanada. Al entrar, el frío los golpeó de frente. No era el frío del invierno de afuera, sino un frío existencial, el tipo de helada que detiene el flujo de la sangre no por la temperatura, sino por el miedo.

El Salón de los Nombres Olvidados se extendía ante ellos. Era una estancia colosal, de techos tan altos que se perdían en una negrura absoluta. Las paredes estaban cubiertas de nichos, miles de ellos, pero en lugar de estatuas o reliquias, cada nicho contenía un pequeño objeto cotidiano: un zapato roto, una costra de pan seco, un mechón de pelo atado con un cordel sucio, una llave oxidada.

—¿Qué es este basurero? —preguntó Vane, su voz perdiéndose en la inmensidad del salón—. ¿Estos son tus recuerdos? Es patético.

—Son las cosas que la gente deja atrás cuando deja de ser persona —respondió ella, caminando hacia el centro del salón—. Cada objeto aquí representa a alguien que conocí. Gente que murió de hambre mientras tu preciosa Isolde elegía qué color le sentaba mejor. Mi nombre también está aquí, Vane. Enterrado bajo los escombros de una identidad que nunca me permitieron tener.

Vane no la escuchaba. Sus ojos buscaban algo que desentonara, algo que brillara con la luz de los Arante. Caminó entre las filas de nichos, sintiendo que el aire se volvía más pesado con cada paso. De repente, se detuvo frente a un nicho que estaba vacío, pero que emanaba un calor tenue.

—Aquí hay algo —dijo Vane, extendiendo la mano.

—No lo toques —advirtió la Intrusa, pero fue tarde.

En cuanto los dedos de Vane rozaron el borde del nicho, el salón entero se transformó. Las paredes de piedra se volvieron traslúcidas y el suelo de obsidiana se convirtió en el barro de un callejón oscuro. Vane sintió el peso de una armadura que no llevaba, y el sabor a sangre en su boca.

Vio a la niña que había visto en el recuerdo, pero ahora era un poco mayor, tal vez de diez años. Estaba de pie frente a un espejo roto en el rincón de una choza que se caía a pedazos. Un hombre estaba detrás de ella, sosteniendo una tijera de esquilar ovejas.

—Si no vas a ser mi heredera, no serás nada —rugió el hombre.

Con violencia, empezó a trasquilar el cabello de la niña, pero no solo el pelo; las tijeras cortaban la piel de su cuero cabelludo, dejando regueros de sangre que le bajaban por la frente. La niña no gritaba. Tenía los ojos fijos en su propio reflejo, unos ojos que luchaban por no volverse grises, que se aferraban a un verde que se desvanecía.

Vane sintió un pinchazo de dolor en su propia cabeza. La compatibilidad forzada por el escalpelo estaba funcionando. El dolor de la niña en el recuerdo era su dolor. Se llevó las manos a las sienes, gimiendo.

—¡Basta! ¡Sácame de aquí! —gritó Vane.

—Tú querías entrar —la voz de la Intrusa sonó a su lado, pero ahora ella tenía la forma de esa niña trasquilada, cubierta de sangre—. Tú querías ver la mansión. Esto es solo el recibidor, Vane. ¿Te duele? A ella también le dolió. A Isolde.

—¡Isolde no estaba allí! —bramó Vane, agarrando a la niña por los hombros y sacudiéndola—. ¡Ella estaba en el palacio! ¡Deja de contaminar su imagen con tu miseria!

—¿Y si el palacio era la verdadera mentira? —preguntó la niña, mirándolo con una fijeza que le heló la sangre—. ¿Y si el Marqués de Arante no la encontró en un bosque, sino que la compró en esta misma choza para sustituir a la hija muerta que nunca pudo salvar? Mira el contrato, Vane. Mira la pared.

Vane se giró. En la pared de la choza, clavado con un puñal, había un pergamino con el sello del marquesado de Arante. No era una fe de bautismo; era un contrato de compraventa. El nombre de la niña había sido tachado con sangre, y encima, con la caligrafía elegante del Marqués, se leía: Isolde.

El mundo de Vane se resquebrajó. La idea de que su aristocrática y pura Isolde fuera en realidad esta niña de los suburbios, vendida como ganado para llenar un vacío noble, era un insulto a todo lo que él representaba. Su amor, basado en la perfección de la estirpe, empezó a revolverse como un animal herido.

—Es un truco —dijo Vane, su voz temblando de rabia—. Eres una ilusionista. Has creado esta farsa para que yo tenga piedad de ti. Pero no conoces mi voluntad. Si Isolde nació en el barro, entonces yo la limpiaré de nuevo. Pero a ti... a ti te voy a aplastar por mostrarme esto.

La escena de la choza se disolvió, devolviéndolos al Salón de los Nombres Olvidados. Vane estaba jadeando, con el sudor corriéndole por la nuca. Miró a la Intrusa, que ahora había recuperado su forma de humo blanco con cicatrices.

—Has cruzado el primer umbral —dijo ella—. Pero el nexo no está aquí. El nexo está en la planta superior, en la habitación donde ella guardaba lo que más odiaba.




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