Anatomía de una intrusa

Espejos deformados

La luz blanca que emanaba de la habitación de sándalo no era cálida; era, una claridad que no iluminaba, sino que desnudaba. Vane cruzó el umbral protegiéndose los ojos con el antebrazo, sintiendo cómo el perfume de nardos se le metía en la garganta como si fuera polvo de vidrio. A su lado, la silueta de la Intrusa caminaba con una pesadez nueva. Cada paso de ella era un eco del dolor que Vane le había infligido con el escalpelo en el mundo físico.

Cuando sus ojos se acostumbraron a la claridad, Vane se detuvo en seco. El salón no tenía paredes de piedra. Estaba compuesto íntegramente por espejos de marcos de plata oxidada, pero ninguno de ellos devolvía una imagen fiel.

—¿Qué es este lugar? —preguntó Vane, su voz sonando pequeña ante la infinitud de los reflejos.

—Es el lugar donde ella se veía a través de tus ojos, Vane —respondió la mujer. Su forma espiritual empezaba a fluctuar; por momentos se veía como la sombra blanca, y por otros, el cuerpo de Isolde aparecía cubierto de las runas que Vane le había grabado—. Mira bien. Aquí es donde tu "amor" vive.

Vane se acercó al espejo más cercano. En el reflejo, vio a Isolde. Llevaba el vestido de la fiesta de compromiso, pero el corsé no estaba hecho de seda, sino de costillas humanas que se cerraban con una presión visible. En el espejo, Vane aparecía detrás de ella, pero no como un hombre. Era una armadura vacía, una presencia metálica cuyas manos de hierro rodeaban el cuello de la mujer. Cada vez que el "Vane del espejo" susurraba palabras de adoración, las manos de hierro apretaban un poco más, hasta que el rostro de Isolde se tornaba azulado.

—¡Eso es mentira! —rugió Vane, golpeando el cristal con el puño. El espejo no se rompió; vibró con una risa silenciosa—. Yo la protegía. Yo le di todo lo que un hombre puede ofrecer. La elevé por encima de todas las mujeres de este reino.

—La elevaste tanto que la dejaste sin aire —dijo la Intrusa, acercándose a otro espejo—. Mira este. Este es de cuando le pediste matrimonio bajo los rosales.

Vane miró. Vio la escena que él recordaba cómo el momento más puro de su vida. Pero en el reflejo de la psique de la mujer, los rosales tenían espinas largas como puñales que le atravesaban los pies a Isolde. Ella sonreía, sí, pero sus ojos estaban muertos, fijos en un punto más allá de Vane, como si estuviera contando los segundos para que el simulacro terminara.

Lo más perturbador no era la imagen de Isolde, sino la de la Intrusa que empezaba a filtrarse en los espejos. En los rincones oscuros de los reflejos, una figura diferente acechaba. No era la mujer noble. Era una sombra con ojos de hambre, una presencia que observaba la decadencia de Isolde con una envidia feroz.

—Tú... —Vane señaló a la sombra en el espejo—. Tú estabas allí mucho antes del invernadero. Estabas acechándola.

La Intrusa soltó una carcajada que sonó como el crujido de huesos secos.

—¿Acechándola? Vane, yo soy el vacío que ella misma creó. Cada vez que ella sonreía mientras quería gritar, el vacío crecía. Cada vez que tú la tocabas y ella sentía náuseas, yo me hacía más fuerte. Yo no vine de afuera por accidente; vine porque ella dejó la puerta abierta de par en par. Ella prefería que un monstruo habitara su casa antes que seguir siendo tu muñeca de porcelana.

Vane sintió un odio ciego. La compatibilidad forzada hizo que, en ese momento, sintiera una punzada de dolor en el mismo lugar donde le había clavado el escalpelo a la mujer en la torre. El dolor físico lo ancló a su rabia.

—Eres un parásito que se alimenta de la debilidad —siseó Vane—. Me importa una mierda lo que estos espejos digan. Son las mentiras de una mujer que no supo apreciar la gloria que le ofrecí. Si ella quería el vacío, yo se lo daré. Pero tú... tú me vas a entregar sus secretos. ¿Dónde está el núcleo? ¿Dónde guardas tu verdadero nombre?

La Intrusa retrocedió, y por primera vez, hubo un destello de miedo real en su mirada.

—Mi nombre no es para ti.

—Todo lo que hay en este cuerpo es para mí —Vane se abalanzó sobre ella.

En este plano espiritual, el combate era metafísico, pero no menos brutal. Vane no usó una espada; usó su voluntad de hierro. Imaginó cadenas de oro puro —el símbolo de su estirpe y su poder— que brotaban del suelo de los espejos y rodeaban a la mujer. Las cadenas no solo la inmovilizaban; quemaban su esencia.

—¡Dímelo! —gritó Vane, apretando el puño—. ¡Dime quién eras antes de infectar a mi prometida! ¡Dime qué crimen cometiste para terminar en el plano de las almas perdidas!

La mujer gritó, y el sonido rompió una docena de espejos a su alrededor. Los fragmentos de cristal volaron por el aire, cortando la forma espiritual de Vane. Él sintió los cortes en su propio rostro en el mundo real. La sangre de ambos empezó a manchar el suelo blanco del salón.

—¡Fui una nada! —chilló ella entre espasmos—. ¡Fui la hija que nadie quería! ¡Mi crimen fue nacer sin un nombre que pudieras respetar!

Vane apretó más las cadenas. La brutalidad de su interrogatorio estaba deformando el Salón de los Espejos. Las imágenes de Isolde empezaron a derretirse, revelando lo que había detrás: una negrura absoluta, un pozo que conducía a las profundidades de la fortaleza.

—No es suficiente —dijo Vane, su voz volviéndose profunda y aterradora—. Quiero el nombre. Quiero la fecha. Quiero el pecado que te condenó. Si no me lo das, buscaré el nexo y lo arrancaré con mis propias manos, aunque tenga que destrozar esta alma pieza por pieza.

—Entonces baja... —susurró ella, con la mirada perdida—. Baja al sótano, caballero de pacotilla. Baja al lugar donde guardo la caja.

Vane la soltó, y las cadenas se desvanecieron. El suelo del salón empezó a hundirse, convirtiéndose en una escalera de caracol que descendía hacia una oscuridad que no reflejaba luz alguna. El aroma a nardos desapareció, reemplazado por el olor a tierra mojada, a hierro y a algo que Vane reconoció con un escalofrío: el olor de un calabozo.




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